Poemas no recogidos en libro: 11 poemas de José Antonio Mazzotti

[Artículo por: Jesús Lévano]

1981. Acaba de cerrarse con notable éxito la admisión para los juegos florales de la Universidad de San Marcos en la categoría de poesía. El jurado conformado por los escritores Mario Florian, Marco Martos y Washington Delgado piensa detenidamente en sus tres finalistas: Pedro Escribano, Cesáreo Martínez y José Antonio Mazzotti, dando como ganador al poemario Poemas no recogidos en libro, un libro donde el amor, la soledad y la poesía misma estarían marcadamente presente, y que resultó ser de José Antonio Mazzotti, con 19 años.

Más tarde, Pedro Escribano ganaría los juegos florales de San Marcos y destacaría como cronista, mientras que Cesáreo Martínez sería reconocido como una voz importante de los 70.

Poemas no recogidos en libro se publica un año después en 1981, con prólogo de Washington Delgado, donde anota:

El trabajo premiado sorprende por su extraordinaria madurez: la técnica en el manejo del verso libre y la arquitectura total del poema resultan impecables y, al mismo tiempo, estas virtudes estilísticas se hallan al servicio de un pensamiento y sentimiento poéticos poderosos, profundos e implacables. La poesía de José Antonio Mazzotti discurre por cauces así geométricos, pero no se cierra en sí misma sino que abre ante los ojos del lector perspectivas inéditas, alucinantes o turbadoras […] Son los versos, evidentemente, de un poeta hondo, grande y sincero.

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Portada de Poemas no recogidos en libro, de José Antonio Mazzotti. Federación universitaria de San Marcos, 1981.

 

Los amores imposibles, los poemas

 
Mientras te duermes vas oyendo a tus espaldas una puerta que se cierra sin hacer ruido
piensas en un amor imposible de citas clandestinas
y perros que te siguen en la noche
y descubres que un amor y un poema son lo mismo al fin y al cabo
y son lo mismo al fin y al cabo el poema y la puerta que se cierra
sin hacer ruido y son lo mismo esa puerta que se cierra y un amor imposible que hace ruido
estrepitosamente
y tienes que escribir el poema

escribir el poema
escribir el poema

a como dé lugar.

 

Contra el arte poética

 

Y todavía no has escrito el poema
Borges

Has desplegado tu hoja en blanco y apelado a los dioses
y no te han atendido. La demanda
en este tiempo es enorme, más enorme que el papel y que tus días
y no hay palabras para tanto resplandor.
Ni siquiera has logrado conmover a un garabato
y ya hay algo que te cansa (caminar, sentir frío en los pies, acariciarte
los pelos o volver la vista hacia las piedras del camino).
Apenas un juguete entre tus dedos (una Browning 22 tan dulce como un lapicero)
y el silencio te cubre como un perro en celo
o una bala que te quema la frente.

Has apelado a los dioses y no te han atendido.

Y apenas si has logrado conmover a un garabato.

 

Psalmo primero

 
Señor, cuando saliste a mear en los jardines de la Exposición
tú no entendiste al perro que olfateaba tus zapatos buscando una respuesta
a sus gemidos. Sólo
te reclinaste a propinarle una cornada
y regresaste caminando honrosamente al Laberinto.

Señor, gracias te doy por ese pan, por ese vino
amargo, muchas gracias
por las palabras que se desarmaron a la hora de llegar.
Gracias , Señor, por la mirada oblicua, por el puesto de desocupado
gracias por el cigarrillo que nadie fue a comprar.
Gracias, Señor, también, por lo que digas / o lo que no digas
(es lo mismo),
gracias por el silencio de una noche de llovizna tiritando en un parque.
Gracias por las monedas a la salida de los restorantes
y por el gesto de sorpresa sobre tu colchón en el palacio dorado.
Sólo te pido, Señor, que falles la próxima vez
y Lima no sea más tu pueblo elegido
para orinarme en la cabeza como a una planta bendita.
Sólo te pido, Señor, que no salgas de tu Laberinto,
aplaques tu ira / enciendas tu televisor,
y por los siglos de los siglos, oh Señor,
ya nunca más insistas.

 

A un joven poeta activista

 
No me hables
de la Realidad, a mí
hundido en cien batallas,
diez cantinas, una cárcel y tres parques cuatro veces
al año. No me digas
cómo lavar las paredes de Lima,
ni cómo darles vuelta a los relojes de la Catedral.
Si a veces me sorprendes
cargando un libro de poemas, no
me lo reproches: el oficio
exige mil respuestas para cada caminata
y Lima tiene más veredas que tu espesa cabellera.
No me hables
de la Realidad, por Dios, no me la pintes
de negro o rosa o verde o marquesinas.
Cuida tu verbo, que es tu carne, cuida el piso
en que también caminas:

métete la realidad en el poema.

 

Nocturno continuo con lluvia afuera

 
A la hora triste de los desengaños, a la hora
de los extraños desconciertos prevenidos de toda aspereza,
siendo el silencio un charco de agua sobre tus colchones
y lamentando locamente los aspectos más triviales de la Gran Jornada,
qué hacer sino dormirte sobre el escritorio, almacenarte como un libro en el tablero sin fin
y amar / reír / gritar / morderte
patear / llorar / oír / mirar
por la ventana y empaparte / acariciar
alguna idea inútil como un hongo sobre el pasto,
pensar no es venenoso, con amor
llevarlo a casa y endulzarlo, conocer
ese sabor maravilloso, y encontrarte
de pronto con las dos de la mañana, a la hora triste
de los desengaños, a la hora
de los extraños desconciertos prevenidos de toda aspereza, etcétera.

 

Canto a mí mismo

 

José Antonio, José Antonio,
por qué me dejaste aquí…
Conocido vals

Nada has perdido, amén de un par de lapiceros
y algunos años persiguiendo los poemas hasta más no poder.
Sólo supiste atesorar esos desnudos en los almanaques, José Antonio,
y caminar por La Colmena puesto que el día y la noche apenas si te eran propicios
para buscar el amor. Y sólo hubiste gruesos callos y el placer de haber corrido
entre los poros de Lima como un turista asombrado
o de encumbrarte por jornadas en la punta de tu dormitorio
sabiendo que los sueños te llevaban a un badajo rebotando y rebotando.
Nada has perdido, José Antonio, nada,
sino esas monedas habidas en un parque / útiles
como un caballo para huir de mí.
Ahora los días son tan claros como cualquier noche
y las uñas te crecen como el pasto en el aire limeño
y hay cosas que se empeñan en aparecer
en el bolsón del tiempo: dos borrachos orinando al pie de San Martín, una muchacha
de flores en el cuerpo y caminando al fin del mundo, noches
y noches de vigilia sobre el tren de la locura, y todo
metido en tus orejas como los fantasmas.
Pero nada has perdido, José Antonio, y ya no reconoces
a los amigos que te publicitan como una nueva hoja de afeitar.
Sólo caminas como un árbol desteñido
y escuchas a lo lejos una radio con un disco repitiéndote
cosas que quieres olvidar, un vals llorando sobre tu cabeza
y unas palabras para arrepentirte de tu reciente defunción.

 

Me despido del silencio

 

Canto la gran alegría de cantarte
la gran alegría de tenerte o no tenerte
P. Eluard

Me despido del silencio como de una casa querida
y me ladran los perros y me alegro
sin rumbo vagando por el espacio inmenso
puedo reír ahora sin temer
un corazón partido un labio roto
caminando por las veredas desteñidas
de esta ciudad enorme como la molicie
los párpados son densos y no dejan
marchar sin contratiempos por el día
ah y sin embargo el cansancio
es más hermoso que el sueño
dime muchacha si no es cierto el tiempo
dime si no es mejor andar hacia la muerte distraído
y odiar la poesía como a una cucaracha
nocturna en cuyo lomo el pie no acierta
dime si fuera de la calle hay otra calle
si atrás de la muchacha hay otra
muchacha con los mismos ojos
verdes como la tarde
en que te escribo si es mejor
tenerte entre papeles
o entretener mi cuerpo con tu cuerpo / contingencia
y gloria del mortal que habla contento
de perseguirte sin fortuna por ser cierta y viva.

 

Yegua es la hembra del caballo

 

(después de una lectura de R. Jakobson)

Yegua es la hembra del caballo y yegua
es mi mujer impronunciable por el resto de mis días, la frescura
de su sudor y de sus patas duras como un diente
y el lomo en que cabalgo rodeado de metrallas y sirenas anunciando un bombardeo.

Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer
de suave relincho a cien violines cuatro flautas dos trompetas
y un músico olvidado y legañoso / a media barba /
y noches de terrible claridad.

Ella se mueve por los parques hinchando sus ancas
(yo hincho mis pulmones)
salta y patea y no conoce a los flemáticos
desnuda una sonrisa / como quien abre una bolsa de arroz
sabe y no sabe siente y no siente grita y no grita
y esparce el arroz entre los novios.

Yegua es la hembra del caballo y yegua es mi mujer impronunciable
divina metalengua que pronuncio y no decoro
y salto y pateo y relincho y ya no sigo
sé que ella viene como un pasto dulce a perdonarme estas palabras.

 

Palabras

 
Detrás del amor, las palabras oscuras,
y detrás del silencio, las palabras oscuras,
y detrás de tu cuerpo, las mismas palabras
oscuras como los días, tercas como los besos
disparados sin remordimiento, las palabras
que bajan, ríen, corren como lobos en celo
y destrozan tus cabellos, saltan
y no regresan, y se desparraman, o no llegan
y lanzan un grito estridente, sin dejar de ser oscuras,
y llenan de burbujas esta habitación,
hasta que locas se tienden donde el sueño las alcanza
y son para colgártelas al pie de la mañana,
limpias.

 

Bye bye love

 
Nosotros no inventamos el amor. Setiembre rojo.
No fuimos los primeros en remar bajo los puentes.
Ni siquiera en escribir sobre boletos de autobús
que luego haríamos zarpar
sobre las piedras amarillas de la gran ciudad.
Nosotros no inventamos el amor. Y sin embargo
por ese tiempo no hubo pasto limpio
ni taxi ni ambulancia que fungieran de alcancía de la niebla
ni pájaro que tal como en películas
volara para el Sur.
Nosotros no inventamos el amor. Ya lo decía.
Y no pudimos evadirnos de las olas
y la corriente que arrastra al que se mira entre los ojos de la gente
y los atajos de los parques desbordando
y tú y yo como un niño
desnudo tras una pelota.

Qué tiempo el de setiembre cuando muere setiembre.
Qué tarde la del ciego cuando el sol se apaga
como un carbón mojado.
Qué pobres los poemas
cuando no hay nada por saber, ya lo decía:

nosotros no inventamos el amor.

 

De ti me separa un planeta

 
De ti me separa un planeta poblado de siete mares
y de animales de distinta especie que se entusiasman haciendo el amor,
y me separan de ti todas las cosas que se dicen en los viajes arriesgados
alrededor de ese mundo colmado de palabras o poemas o caricaturas
de los animales de distinta especie que miramos hacer el amor.
De ti los árboles que cubren con sus sombras a las sórdidas parejas
y los parques enrejados donde se filtra el humo de las fábricas
y el humo de los autos y las voces de los edificios donde también se hace el amor
y me separan de ti los poemas que te dije en cualquier lugar del tiempo
y los poemas que no sé escribir, y los que pienso escribir, aunque no sepa,
y los poemas que no escuchas que no miras que no dices
porque eres sabia como un mono, lejana como un mono
en la ciudad llena de fábricas y parques y edificios
donde no hacemos el amor / donde no haremos el amor
porque de ti me separa un planeta poblado de siete mares,
un planeta con sus sombras sobre el que giro y me alejo
y estoy volviendo, todavía.

Raúl Mendizabal, José Antonio Mazzotti y Eduardo Chirinos. Foto: Paolo de Lima.

José Antonio Mazzotti (Lima, 1961 — ♥) poeta y crítico literario. Ha escrito los poemarios Poemas no recogidos en libro, Fierro Curvo, Castillo de popa, El libro de las auroras boreales, Señora de la noche, Declinaciones latinas, entre otros.

Así como los libros de investigación, ensayos y antologías como Coros mestizos del Inca Garcilaso, Asedios a la heterogeneidad cultural y El bosque de los huesos.

En los años 80, Mazzotti se convertiría en aliado importante del movimiento poético Kloaka, colectivo de poetas, músicos y artistas plásticos donde se encontraban figuras como Domingo de Ramos, Guillermo Gutiérrez, Frido Martin, Mariela Dreyfus, Carlos Enrique Polanco, Fernando Bryce, Dalmacia Ruiz Rosas, Roger Santivañez (los dos últimos también integrantes del mítico movimiento Hora Zero), entre otros.

Aunque su permanencia en el grupo sería a la distancia, ya que entraría a las universidades de Pittsburg y Princeton en EE.UU para seguir con sus estudios en literatura y dedicarse a la investigación y la docencia a la par de su labor poética.

En 2018 José Antonio Mazzotti gana el premio José Lezama Lima por El zorro y la luna, antología que reúne su obra poética de 1981 a 2016, premio obtenido por su relevante conjunto de una trayectoria poética singular en el ámbito hispanoamericano.

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