En los extramuros del mundo: 5 poemas de Enrique Verástegui

[Artículo por: Jesús Lévano]

Año 1971. Ha pasado un año desde la fundación del movimiento poético Hora Zero, grupo que participa del antioficialismo literario peruano y que empezó a tener repercusión mediática gracias a su manifiesto Palabras urgentes, escrito por Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel, un manifiesto que generó polémica entre los escritores de la época, ya que prácticamente decía que salvo Vallejo y un par de nombres, todo lo demás producido en Perú no era digno de comentar.

Sin embargo, lejos de promover un rechazo generalizado, escritores de diversas partes del país decidieron unirse a la propuesta de este movimiento, entre los que se encontraban Carmen Ollé, Mario Luna, Tulio Mora, Ángel Garrido, Eloy Jáuregui y Enrique Verástegui.

Ha pasado un año y ya se han publicado dos libros importantes del movimiento: Kenacort y Valium 10 de Jorge Pimentel, y Un par de vueltas por la realidad de Ramírez Ruiz, y a estos dos libros se uniría En los extramuros del mundo, escrito por el más joven de los integrantes: Enrique Verástegui, publicado a sus 21 años.

En los extramuros del mundo sorprendería por su calidad poética y su originalidad, siendo considerado por críticos como Ricardo González Vigil: el mejor poemario, artísticamente hablando, de la primera fase de dicho movimiento.

Este primer libro, escrito —según cuenta Verástegui— entre las calles y el Centro federado de Economía de la Universidad de San Marcos, fue presentado al editor Carlos Milla Batres [de 36 años entonces] quien lo publicó bajo su propio sello y realizó el prólogo del libro, anotando:

La biografía de Enrique Verástegui Peláez es asaz breve, pero a partir de este gran libro se magnifica por su revelador talento poético. Verástegui nació en Lima en abril de 1950, su niñez y adolescencia las vivió en la vecina ciudad de Cañete hasta 1969 en que regresó a la capital para hacer estudios en la universidad de San Marcos.

En 1970 Verástegui ingresó al movimiento poético Hora Zero, participando del antioficialismo de este grupo a toda cultura oficialmente patrocinada y condenando abiertamente el aburguesamiento de los intelectuales peruanos.

Pero de la protesta intelectual de los manifiestos y de las agresivas hojas contra el mercadeo de los congresos, Verástegui ha pasado a la insurrección creadora como lo testimonia verdaderamente este valiosísimo libro revolucionario de una singular vitalidad por su aportadora originalidad a la poesía peruana y latinoamericana.

En 2011, para una antología consultada de poesía peruana que comprendería el periodo 1968-2008, el crítico Abelardo Oquendo realizó una encuesta a más de 130 representantes calificados de las letras peruanas, para determinar qué poemarios debían integrar dicha lista, logrando En los extramuros del mundo el primer puesto, como el libro más solicitado para participar en la recopilación, seguido por Noches de adrenalina de Carmen Ollé.

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Portada de En los extramuros del mundo, de Enrique Verástegui. Caja negra, 2012.

 

Primer encuentro con Lezama

Llevo un sol en mis bolsillos
pero ya no tengo nada en mí
no puedo soñar cantar pensar en cosas concretas
no puedo soñar cantar escribir ese poema para ti mi gatita

arañándome el hombro

y mis vecinos me tienen controlado
me ven llegar como una peste
y hablan de mí
entre comillas soy el ocioso el paria el que llega tarde en la noche
y corro por estas calles de Lima
buscando recordando a Vivian
cayéndome en pedazos consumido por mí mismo y tu no hacías nada

por mí, viejo Lezama, estás ya viejo, pero te guío por estos
sitios

Vivian solía aparecer desnuda con sus enormes muslos de cedro
y mira acá esta foto: es Jericó devastada por el mal uso de los sebos,

por la droga, las flores de plástico

y sal un poco de tus paginas, de esos aires, Lezama, sé que el asma es
tu paraíso
pero comparando nuestros árboles, nuestra sana manera de tendernos
en la yerba
yo habito más que el infierno
y debo caminar pudriéndome por quedar bien contigo mientras
vamos paseando por Tacora
entre prostitutas y ladrones
que no logran robarnos nada porque nada tenemos pero tenemos

hambre y comemos ciruelas

y corremos fugándonos sin cancelar la cuenta
y otra vez estamos en la plaza San Martín frente al caballo inmovilizado
por las cámaras de los turistas
sin saber dónde ir ni qué ómnibus tomar
sin saber cómo ni cuándo apareciste en Lima sorpresivamente como
esas pocas lluvias que llegan para lavamos de la duda
y ahora estamos contigo en el café Palermo
ahora ya puedo decir que tus palabras huelen a manzano y los

manzanos son gente sencilla que ignora el uso de la palabra
gente que ignora el mal uso de la palabra

ahora sé que nada se perdió
y aprendí que el verso más claro está garabateado sobre la pared
de los baños
y voy recitándolo con voz sonora en medio de la calle
mientras me alejo y llevo a Lezama prendido como un laurel sobre
el ojal de mi camisa

yo no quiero brillar con esa intensidad de aviso Phillips
yo tengo un brillo en las pupilas

tan claro como el verso más claro que ahora voy gritando por estas
páginas sórdidas
y somos arrojados uno al lado de otro sobre esta gran ciudad caminan
un par de iguanas
reptando y comiéndose la luna

uno más joven que el otro

uno más flaco y pálido y callado y con las alas cortadas por la
rutina de estar continuamente dando batallas a la rutina
dando vueltas

y más vueltas encima de los cables

otra vez solo

sin nadie con quien cruzar unas palabras, una idea,
y los ojos están ardiéndote,
todo lo que miras es alcanzado por el fuego,
como en la hora del Juicio Final,
he llegado a mí después de haber gritado en las praderas porque

todos huían de ti pero ya tu habías huido de todos

y el corazón te quema más que un buen vaso de brandy en el
estómago
más que todos los fogones ardiendo juntos de noche sobre los campos,

el corazón es mi palabra y más que mi palabra soy yo ardiendo de
noche sobre los corazones que aún no han conocido el
amor

y están desesperados gimiendo arrancándose los cabellos.

 

Para María Luisa Rojas de Peláez

muerta el 21 de agosto de 1969 en Cañete donde moran, a las cinco de la mañana en el estanque los ángeles de Jericó

 

Ya puse estos versos como ramas de olivo sobre tu tumba oh mi
abuela y me tendrás aquí
para siempre – gritando, dando alaridos, llamándote, prosternado
a tus maneras,
levantándome, maldiciendo a pesar de las prohibiciones y de que no
debo hablar con locos
o pillar frutas en los mercados.

Estaré silencioso estos días como cuando hacia las 4 de la tarde
cogías tu alfombra
para continuar tejiéndola con yerbas y ángeles de Jericó y rojos y
verdes y dorados.
No fumaré ni saldré ahora a caminar con Mario hablando de Marx
de la victoria.

Llegué hasta la tumba donde duermes y duerme una parte de mis
años, de mi sueño
y permanezco como brasa bajo la lluvia o bajo el jazz de las discotecas
escuchando cantar a Odetta.
meciéndome como la brisa como un murmullo de mariposas sobre
mis rodillas,
sobre mi soledad.

Y no quiero estar solitario, no quiero ni puedo.
Tú viajas junto a mí a mi lado y soy la yerba por donde vas caminando
sin que se noten tus ojos y tu canto
—en el patio deliro conversando con lo que eran tus pasos trazados
sobre la noche
como por la constelación de mis labios sobre la frialdad del vidrio
que daba a tu rostro en el ataúd.
y eso era todo o casi todo; yo volando por la ciudad con mis juguetes,
enardecido como un ángel, con mis palabras de ángel.

Vi cómo te despediste de mí por última vez aquel día de agosto
en Tigre cuando te trajeron a Lima a Neoplásicas y yo recién tanteaba
mi ingreso en la universidad que ahora desprecio.

Toda la mañana de aquel día viajé en ómnibus, sudando, abochornado,
desmayándome en los semáforos,
con una sensación de muerte en los labios, con el llanto.

Y eso era todo o casi todo, o nada.

Llegué hasta tu tumba cruzando amplios jardines —perdido entre
otras tumbas
y chocándome a cada instante con viejos conocidos de cabellos de
neón— amigos suicidas
—parientes parientes venidos a menos después de la lluvia— devorando
frutas y palabras extrañas en los manicomios,
en el fondo de cuartos que ya nadie recuerda.

Este es Jarry que retorna a tu álbum de recuerdos, a tu gusto;
cargado de soledad
y sin sentido, hablando de cosas ininteligibles, blasfemando

—recíbeme abuelita soy yo el más engreído.

Agitaste tu mano desde dentro del automóvil, tu último saludo
para mí —adiós al nieto que más querías
y a quien continuaste lavándole pañuelos y camisas aún cuando ya
te sentías enferma
a 28 días de tu muerte y mírame colgado en la percha en la sala
junto al estante de libros
entre la yerba y los ángeles de Jericó.
Hoy me levanté temprano y corrí a saludarte porque también toda
palabra es un parque de sueños
y aquí estoy para siempre a tu lado, como las ramas de olivo que
te puse ayer en la tumba.

 

Datzibao

De pronto perdí todo contacto contigo.
Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu

casa que no conocí.

Ya no pude volar sobre ti como todos los días a las tres de la tarde

estas pobres alas no dieron más

y aquí me tienes ideando estas líneas que reflejan mis ojos cansados

de ir caminando con la mente y las manos repletas de
yerba.

Yo fui el primer sorprendido.
La extrañeza de ser dos aves hurgándose el pecho y corriendo uno
detrás del otro entre las matas y bancas del parque.
y éramos arrojados fuera de nosotros mismos y por esto fue que
conocí tu ciudad
y me apreté contra ti buscando desesperadamente encontrarme en
tus ojos y amé todas tus cosas
y tu mirada angustiada y esa seriedad para responderme a ciertas

preguntas y cuestiones que nos diferenciaron para
siempre de las personas nacidas antes de 1950

tu maravilloso instinto agresivo desarrollado contra los males del
tiempo y portándote como en la más furiosa embestida
en la batalla por un lugar en el taxi que nos alejó miles de cuadras

más cerca de la pasión de la vida

hoy miércoles y no otro día.
Porque ya es hora de ir poniendo las cosas en claro y más que nada

empezar a ser uno mismo

un solo obstinado bloque de rabia.
tú por todo lo que para mí reflejabas lo más claro eres mi sopor
antes de echarte a gritar por estos sitios malditos
aún después de haber transformado esa palabrita bestialmente lúcida
en una flor obsesiva
que yo no quiero acariciar ni comprender el suicidio mi amiga es
una espera maldita.
como puede ser aguantarnos un par de horas más en el parque en

medio de un viento furioso que pugna por arrancar de
raíz lo más nuestro de nosotros

y tú junto a mí convertida en mi aliento escuchándote aprendiendo

de ti a la Molina no voy más esa canción negra arde en
mi pecho, me aplasta, levanta, avienta a decir no contra
todo.

Cada uno recuerda su primera caída.
Cada uno recuerda paso por paso los pasos que fue dando y los

que no dio porque en uno mismo está el propio enemigo.

Y yo me levanto para luchar contra mí – y me tengo miedo.
Lo perfecto consiste en desabotonarnos el torso mientras vamos
salvajemente penetrando en esta selva de arenas movedizas
y tu vida o mi vida no ruedan como esas naranjas plásticas que

eludimos porque tú y yo somos carne

y nada más que un fuego incendiando este verano.
La vida se abre como un sexo caliente bajo el roce de dedos reventando
millares de hojas tiernas y húmedas,
y no dijimos nada pero exigíamos a gritos destruir la ciudad, esta

ciudad ese monstruo sombrío escapado de la mitología
devorador de sueños.

Y el musgo creció como un verso clarísimo en tus ojos.
Tú querías leer mis poemas aferrarte a ese instante de dulzura donde
jamás hubo límites entre uno y otro ser
y fuiste sólo una muchacha que pasó por mis ojos silenciosamente

pegada a mí a mi secreta manera de enredarme en las
cosas de explicar un mundo indeciso sembrado con piedras

yo que creí que nada era nada en cualquier lugar de este mundo
y de pronto me di con tus sueños como con un golpe de mar sobre el
rostro
y luego adiós porque todo y nada puede explicarse en el amor y
porque todo y nada se explica en nosotros y con nosotros.

 

Si te quedas en mi país

En mi país la poesía ladra
suda orina tiene sucias las axilas.
La poesía frecuenta los burdeles

escribe cantos silba danza mientras se mira

ociosamente en la toilette

y ha conocido el sabor dulzón del amor

en los parquecitos de crepé

bajo la luna
de los mostradores.

Pero en mi país hay quienes hablan con su botella de vino
sobre la pared azulada.
Y la poesía rueda contigo de la mano

por estos mismos lugares que no son los lugares

para filmar una canción destrozada.
Y por la poesía en mi país

si no hablaste como esto

te obligan a salir

en mi país

no hay donde ir

pero tienes que ir saliendo

como el acné en el cascarón rosado.
Y esto te urge más que una palabra perfecta.
En mi país la poesía te habla

como un labio inquietante al oído

te aleja de tu cuna culeca

te filma tu paisaje de Herodes

y la brisa remece tus sueños

—la brisa helada de un ventilador.

Porque una lengua hablará por tu lengua.
Y otra mano guiará a tu mano
si te quedas en mi país.

 

Una cita con Sonja / En los extramuros del mundo

Estoy siendo lavado en los maceteros de la suciedad.
Hace mucho deseo poner todo en su sitio y largarme de aquí

—para siempre.

Y pintar y cantar mi verdad —fresca y mojada.
Yo te construyo, con mis palabras, te doy los ojos, te doy la voz,

te doy un poder tan fresco en el poder de soñar despierta
mientras vienes envuelta en un manto de hojas

vivas, tú lavada entre mis brazos,

ya te alejas como una palabra mal tecleada o pronunciada,
como un murmullo,

entre las voces: un lapsus en el concierto de Joan Báez.
Y ya nada me pertenece que no sea el poder de llevarte dentro de mí

y lo que bien o mal no quiero.

Ya nada me pertenece ni me retiene como un colibrí

en los pétalos de la muerte.

Y morir es alcanzar 10 mil indulgencias (S/.) en el centro

de la sociedad opresiva: American Way of Life.

Y me gritaron salvaje por no saber caminar en parquet.

Porque yo soy más salvaje de lo que pude parecer.
Y más libre. Y más limpio.

Y pienso esculpir una gota de lluvia.

Y pintar un cuadro con un árbol lleno de fuego

con ese ramaje tan parecido a mí cuando es otoño

y salgo de noche a caminar por allí con bruma

y con la lluvia lavándome el alma.
Son más de las doce —y todo está solitario.

Grito, llamo, me desgarro. Pero nadie acude a mi lado.

Nadie posee ese don de ser para mí una tinaja con agua de lluvia:

una tinaja de palabras que estallen

como una molotov en los muslos de la poesía.
Esta es la hora de los más grandes deseos.
Y hora de los ratones saliendo desnudos a morder naranjas violetas
entre los sótanos más cochinos de la belleza.
Y pienso en ti mi querida Sonja en tus labios que muerden
canciones barrocas del Siglo XII

porque mis dedos solo han aprendido a tocar
como una sonata
tus senos pequeños

mientras continúas leyéndo “Túpac Amaru, Amarup Churin, Apu Salqantaypa….”

y yo te escucho aquí sentado abrazándote junto al árbol

bajo la luz de un poste en el jirón Cuzco
parecemos un par de locos gritando en medio de la noche
en la hora de las más graves verdades:

tú y yo Sonja y Enrique son un buen ángel que vuela

llevando escondido en la mirada

un paraíso de horror hermosura lucidez

y pinchados de miedo cruzando una y otra vez los campos

Porqué y el Paraqué y el Conqué y el Dequé

volteando sobre esta memoria estirada sobre una porción de jalea

y pasando por Lampa como por una boca
oscurísima en Azángaro o Camaná y Colmena
con toda la mierda sintetizada en sus calles

con Hamlet caminando entre delirios y sombras

y el callado estudiante —admirador de Marcuse

y Laurita y Sofía y Susana y Rosina y también tú caminabas
con mucha premura y con la vista alta o baja como una

marea que sube y que baja huyendo de qué

y para qué en tu casa rodabas como este planeta sobre las autopistas
del universo y yo te conduje a mi cuarto barato
entre hongos y pinturas y visiones de neurosis

y Boch con sus pinceles en vuelo

y Chopin en brazos de la Sand

enloquecidos con el estremecimiento de la noche

y conocí a Dante —de lejos yo lo veía

conocí a Shakespeare

—los almacenes Shakespeare S. A.

y vi a Sade y a Sade y a Li Po o Li Taipo

y estuve con Leoncio y Carlos y Peña celebrando 100 años
de Lautreámont —una kola fue suficiente
y un solo vaso— una sola palabra

pero nunca fue suficiente lo que tuvimos a la

mano y junto a mí detrás del lenguaje ardía como una flor sobre
la arena nuestra sensibilidad extraviada
entre estos lugares de porquería sucios ya por el continuo rozar
nuestro en el polvo nuclear bajo el instante
lluvioso anduvimos como Inkarri en lo hondo del ojo

—ojo que araña

trotando de aquí para allá entre Colmena y esas calles oscuras
con sus cafés y sus animales de espanto
y porque como lo hemos leído al empezar el primer canto

“a mitad
del viaje de nuestra vida, me encontré en una selva oscura”

como tantos de nosotros
yo por ejemplo que ahora estoy recurriendo a hablarte de esto

148 Km. al sur de tus ojos

cuando ya nada importa más como nosotros mismos
que somos a última hora el reflejo de un universo más vasto.
Y esto es (más que un atado de versos)

la asunción perfecta de tu cuerpo lleno de naves

y oleajes más frescos que luz
de pergaminos forjados el tres mil a. de J.C.
y hallados 20 siglos después

cierta noche parecida a ésta en el cauce
de un río amargo.

Esto es como el amor todo y nada a la vez:

una batalla entre tu alma y la mía

y en la que indefectiblemente salimos siempre perdiendo
y con el alma más limpia como un rostro
recién mojado en las tormentas de seguir perdidos
en un alfabeto extraño en las tribus secretas del Oriente.
Pero estás tú —vivita y coleando. (Y culeando.)
Y estamos todos en la misma brega con el corazón

como un mar furioso a las 4 de la mañana

y con el mismo vigor
y los sueños que ahora están ampliándose
como un murciélago con alas de berenjena:

esta imagen breve e intensa de la vida

y trasponiendo la noche irreal

en la bella noche de la poesía.

Porque esto es lo real.
Lo único real que ha ido quedando en nosotros.
Y lo que hemos podido rescatar
a ese inmenso naufragio de nuestra civilización:
tu sexo riquísimo.
Y el furor de tus mejillas: conciencia era esa yerba

que ahora hemos cogido para lavarnos de la neurosis

—la angustia— ángeles de yeso arrebatándonos los ojos
y prendidos del aire cayéndonos en despeñaderos

con flor de furia

y tú más pálida que una tarde con bruma en María Angola

porque somos y huimos perseguidos
más acá o más allá

de nuestra furiosa manera de vivir o decidir
qué vamos a soñar o construir en los territorios de la poesía:
Icarus navegando como un ogro en un mar de Esperanto

y con tu nombre: Sonja echada contra mí.

Sonja en una canción de agosto.

Sonja cántaro de barro. Sonja cántaro.

Sonja y yo sobre esta vida con la voz y los sueños deshechos por el
miedo.

Sonja arrojándome del lecho / apestando / desnuda.

Dos mil años la rompieron.
Dos mil lenguas como una soga ardiente enervándose alrededor
del cuello.

No me hagas daño / te odio.

Sonja. Sonja. Metiéndome en sus piernas.
Soy la serpiente mordiendo los sesos de la muerte
y muerdes manzanas de fuego en la noche cuando nada nos salva
ni nada te salva. Porque aún
escribes con tintura de sauce sobre papiro

como cuando creciste cubierta

de arroz / de poesía

con los espasmos de Lesbos
mientras bebíamos guinda

y nada hacía deslumbrar nuestro destino.
Llegué un poco antes de las 10 p.m.: tú ya te habías desnudado
y dormías como una cicatriz sobre mi hombro.
Sonja. Sonja. No soy otro ni nadie.

Yo soy el que no quiso ser lo que ahora o nunca

pudo dejar de haber sido un furioso lucero

trasponiendo los límites

entre la noche y la poesía. Quiéreme / te amo
—no podía haber escrito otro verso

ni un algo parecido a la sensación de encender

nuestra bella costumbre ni la alegre frescura
de no caer absorbidos en los terrenos eriazos.
Yo adoré tus cabellos mojados como una hoja de olmo después
de la lluvia.
Oh sí yo sí adoré tus palabras de estambre

y tu palabra precisa en tu boca dorada.

Yo adoré ese lecho de versos y hojas y vientos
que nacían o venían contigo
como un ángel descendiendo a estos versos

en la tarde cuando tú encendías

frutos de oro
lamiéndome el falo y lamiendo la rueda de los espasmos
porque el estío era luz y era flor

y la flor esa luz que embellece

la terrible soledad en los mundos del Boch.

Y la memoria se abre el silencio la luz los frutos
y a la larga estamos

otra vez empezando porque toda muerte
pare una vida y tú pariste otra muerte
o una vida que es como dormir sobre algún párpado de la muerte

y vas caminando toda vestida de negro

corriendo corriendo con un sudor en tu frente

con fiebre y las mejillas pálidas

como un remolino tragándose a la vida
ssscrrr — sscrrr —cantó el pájaro del deseo.

ssscrrr — ssscrrr — ssscrrr.

¿Muerte es un verso cuyas ramas se tuercen como un lago seco?
Y estamos otra vez aquí sobre la noche
mirándonos y no mirando a otra parte que no sea

a ese fantasma salido de tu promesa de lavar

con fiebre esos trozos resecos de la sangre
del que se alejó cantando como Juan en el desierto.
Y sin embargo ¿quién brotará más cerca de la vida
de un tiro en la sien frente al espejo o colgando de un semáforo
como de sus propios presentimientos? ¿ha llegado mi hora?
¿es ésta tu hora? ¿tu hora? ¿tu hora? ¿la hora?

¿What time is it?

Y también tú bellísima Sonja intentabas hallar tu identidad
por el suicidio: feb./71.

Y yo leí tus viejos cuadernos de poemas.
yo leí tu poemita de la soledad con zapatos

—escrito cuando cumpliste los 12 años.

Y hemos caminado mucho entre estos semáforos violetas

-—y ya no puedo contener mi furiosa belleza.

Sonja. Sonja. Cántaro de barro.
El amor crecía como un grito con olas de laurel

sobre este lecho cubierto con tu poesía.

Y el amor la lucidez la entrega el vigor: eran el Himno
que entonamos con nuestros labios frescos.
Y el amor la lucidez la entrega el vigor: son nuestra señal
en los días de guerra.
Y nada de lo heredado por la sangre pudo resistir a la belleza.
Y nada ha podido alejarnos de la frescura de un pensamiento
espléndido.
Y ya no puedo contener mi furiosa belleza.
Todavía espero esa tabla con diablos e inválidos pintados

como una gacela sobre el cielo de Lima:

una luz sobre otra es la señal:

una luz en el rostro: señal de este siglo.

Y nadie más sino tú y yo esperamos coger la revelación
en su más libidinoso y secreto esplendor.
Fuimos conducidos al patíbulo
Y degollados sobre una bandeja de plata en las cortes de Herodes.

Cortes de casimir.

Cortes marciales: II zona judicial de policía en Perú
para los que crearon belleza creando molotovs

y creando revueltas entre los jóvenes.

Y somos pateados vejados jodidos.

Y el que transita a mi lado voltea el rostro

y escupe y siente asco y vergüenza de mí.
¡Estupendo! ¡Estupendo! “Los perros ladran,
señal de que avanzamos Sancho”

Porque ya no puedo contener mi furiosa belleza.

Y ya no puedo seguir como un verso que huye de la memoria.
Y cada noche al regresar a nuestras páginas

a nuestra soledad
nos cuestionamos / nos lavamos

y pensamos y vemos que ya este acto furioso
de aprisionar a la tormenta
y caminar libremente por el espacio abierto

en el espacio de unas líneas
es una victoria que no todos saborean.

Y entonces tuvimos que andar buscando nuestra propia

y amarga manera de entender estas cosas:

una lenta y amarga experiencia: hermosa como un ave silvestre.

Años 70. El periodista César Lévano entrevistando a Enrique Verástegui y Jorge Pimentel.

Enrique Fidel Verástegui Peláez (Lima, Perú, 24 de abril de 1950 — ♥) poeta, narrador, filósofo, ensayista, dramaturgo, matemático.

Entre sus más de cincuenta libros publicados destacan En los extramuros del mundo, la tetralogía Splendor (integrada por Monte de goce, Taki onkoy, Ángelus novus I y II, y Albus), Ensayo sobre ingeniería, El modelo del teorema, Teorema del anarquista ilustrado y Tratado sobre la yerbaluisa.

En los años 70 perteneció al movimiento literario Hora Zero, al lado de Jorge Pimentel, Juan Ramirez Ruiz, Carmen Ollé, Tulio Mora, Ángel Garrido, Eloy Jauregui, entre otros escritores de todas partes del país, llegando a tener aliados internacionales.

En 1976 gana la prestigiosa Beca Guggenheim, que le permite viajar por toda Europa y fundar en 1977 Hora Zero Internacional. Empieza a escribir en diversos medios peruanos, además de formar el comité de redacción Realidad aparte de New York, junto a Lou Reed, Anne Waldman, Pere Gimferrer, entre otros.

Sobre Verástegui comentaría el escritor chileno Héctor Hernández Montecinos:

Sin duda, la obra del poeta peruano Enrique Verástegui es la que ha llegado más lejos, la que más ha tensionado el poema hasta sus invisibles límites con la ciencia, la mística, el arte. Toda la sabiduría humana se puede encontrar en uno de sus escritos, si es que pudiéramos entender desde la literatura lo qué es la sabiduría y lo qué es lo humano. En cada uno de sus libros una extraña forma entender el mundo se conjuga con un lirismo devastadoramente sublime, que hace que cada uno de sus excesos sea a la vez una mínima gota de ese mar que es su mente. El desborde total de su imaginario es quizá la comprobación de hasta donde puede llegar la poesía, e incluso más allá de la propia palabra, la propia voz, porque en la obra de Verástegui se oye no sólo a una generación de poetas latinoamericanos de avanzada, no sólo por su inicial fliación con Hora Zero o con los Infrarrealistas, sino que también con las más nuevas poéticas que han hecho de la radicalidad un estandarte a los nuevos desórdenes de los sistemas mundiales. Tanto su monumental Ética, como la genialidad irreverente y certera de su trabajo ensayístico, son un giro anómalo que no ha podido ser superado hasta el día de hoy. La profundidad de su visión responde a cuestionamientos que seguramente se harán el día de mañana.

En 2009 gana el Premio Luces por su libro El motor del deseo. En 2010 la feria del libro Ricardo Palma le ofrece un homenaje y llama a los pasadizos de la feria como alguna de sus obras: En los extramuros del mundo, Monte de Goce, Ángelus Novus y El Motor del deseo.

En 2013, es homenajeado junto a los integrantes de Hora Zero en la Antisemana de Literatura, organizada por la revista Mutantres y otros colectivos en la Universidad de San Marcos.

Se han hecho tesis sobre En los extramuros del mundo y el libro de ensayos en homenaje a su obra Poesía y psicoanálisis. Falo/Escritura en Enrique Verástegui, por Paul Guillén.

Actualmente Enrique Verástegui es considerado uno de los mejores poetas peruanos vivos y uno de los más importantes escritores peruanos del siglo XX.

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