Ócixot: las crónicas contaminadas de Jorge Castillo

Hormigas perezosas, ratas que hablan, breakdancers, drogas de nativos, diálogos absurdos y una biblioteca que ruega por no morir. Todo esto a la par de un extraño asesinato, probablemente dirigido por un político local, que quiere regresar al poder.

Ócixot>crónicas_contaminadas de Jorge Castillo, es un libro que toma como excusa la crónica del desempleo del autor en la ciudad de Huánuco, para mostrar historias que juegan a ser prosa, poesía y mucho más.

Un libro entretenido que podría declararse afin al realismo atolondrado propuesto por autores como Washington Cucurto, pero que al mismo tiempo —en declaraciones del autor— pretende no etiquetarse en una forma narrativa, sino que busca constantemente la hibridación.

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Portada de Ócixot>crónicas_contaminadas, de Jorge Castillo. C.A.C.A Editores, 2014.

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GUMERCINDO DÍAZ, A QUIEN LLAMABAN cariñosamente Gumi, tenía 26 años y un Toyota station wagon, su herramienta de trabajo, que venía pagando a plazos desde hace dos años, esto gracias a su tío Eladio, quien hizo de aval de pago. Gumi tenía una esposa, dos años menor que él, y dos niños. Jugaba de lateral derecho en el Club Deportivo Los Tigres de Páucar, aunque en realidad era suplente, a veces ni eso, pero siempre estaba con el equipo y cuando era necesario, se ponía la camiseta y los chimpunes para jugar en un campo de tierra contra cualquier rival, que normalmente era los pueblos o caseríos cercanos: Llanco, Jantao, Espitia, Cora, Pacobamba o Cañerías. Gumi tenía un gran corazón, y eso lo reconoció todo el pueblo después del día de su trágico accidente, accidente que se llevó la vida de él y cuatro personas más, incluyendo un niño de 10 meses de nacido que murió ahogado en el río de aguas heladas a diez metros de donde la camioneta de Gumi terminó después de desbarrancarse en la quebrada conocida como Lauchapata. Los expertos calculan que el barranco es de 300 metros. Gumi trabajaba haciendo transporte tipo colectivo desde Páucar a la capital de la provincia. Era un trayecto de aproximadamente una hora porque no hay pista sino una carretera mal aplanada que en temporada de lluvias es una odisea cruzarla. Gumi cubría esa ruta junto con otros compañeros que, turno a turno, movilizaban a la gente entre esas dos ciudades. El día que Gumi perdió el control de su vehículo y se desbarrancó eran las 4 de la mañana aproximadamente, y transportaba a Eladia Quispe (26) que llevaba su niño E.J.Q. (10 meses de nacido), Lucía Coclla (35) y Carnila Soto (69) quien iba con su nieto E.P.S. (10). Todos ellos iban llevando su mercadería, frutas y verduras pero principalmente papas desde su tierra natal al mercado ferial que, sábado a sábado, se ubicaba en plena avenida. La disposición fue dictada por el alcalde provincial anterior, hoy preso, acusado de corrupción y tráfico de influencias. Esta disposición le permitió ganarse unos votitos en la futura reelección en la que no llegó a participar porque está en la cárcel.

Gumi trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche. El día del fatal accidente, Gumi había trabajado desde las 5 de la mañana hasta la 1 de la mañana del día siguiente, con el intervalo de dos horas en que tuvo que llevar a su hermano, víctima de un fatal cólico estomacal, a la posta de salud más cercana. Trabajó muchas horas porque había fiesta patronal en un pueblo entre las rutas previstas y ahí abundaba pasajero, y, Gumi, sabido, no dejó escapar esa oportunidad. Se acostó muy tarde y muy cansado. Tomó una sopa fría más por costumbre que por hambre y se acostó sin decir buenas noches a nadie. Gumi tenía un corazón amoroso y siempre se despedía de sus niños con besos y rezos, y con su esposa, si no estaba peleado (lo que era usual), tenía siempre una caricia para ella; incluso, en ocasiones, le palmeaba el poto en señal de complicidad y picardía. La señora Carnila le tocó la puerta a las 3 de la mañana para pedirle que la llevara a la ciudad porque la feria abre temprano y quien temprano llega pues escoge los mejores puestos, es decir «a quien madruga dios lo ayuda», y ese fin de semana pensaban vender hasta la última papita de la reciente cosecha y regresar, muy tarde y bien comidos, de vuelta a Páucar. Gumi somnoliento atendió la puerta y no se hizo rogar, claro, claro, dijo, ya voy. Se puso su chompa hasta el cuello, se mojó la cara con agua helada de un lavatorio rojo y fue por las llaves. Olvidó su gorra habitual. Afuera esperaban las demás señoras. En la camioneta, iban adelante Eladia y su bebé, atrás Lucía, Carnila y su nieto de 10 años. Arrancó el motor y partieron. Iban conversando para matar el aburrimiento y para mantener la temperatura del auto pues más cálida. No había bromas, solo comentarios. Gumi preguntaba y las demás respondían. Tal vez así se me quita el sueño, pensaba él. Que fuerte la neblina hoy, ¿no?, decía Gumi. Las demás asentían, comentaban. Cerca a la quebrada Lauchapata, Gumi pestañeó un segundo demás, y a la siguiente pestañeada estaba volando rumbo al río abajo que sería la sepultura final de todos los pasajeros.

Se salvó de morir el niño de diez años que viajaba con su abuela. Él, que iba más dormido que todos terminó vivo pero con la pierna rota, la clavícula fracturada y todos los dientes rotos. Debía ser operado de emergencia pero por no contar con su DNI se demoraron en el trámite burocrático hospitalario. Felizmente la operación fue un éxito y se pronostica una pronta y saludable recuperación. Cuando lo conocí, parecía un niño muy despierto y consciente de todo sin tener, por un momento, un aspecto fúnebre o de lamento tardío. Yo esperé encontrar a alguien traumado, o resentido, o molesto, en el mejor de los casos. Además, tiene razón y motivos. Pero no, él parecía haber superado todo y se sentía apto para continuar con sus días. No podía hablar claramente (no tenía dientes y estaba vendado), pero por sus balbuceos se podía reconocer lo que decía. En el pasadizo del hospital hablé con su madre, y antes con su tío en la comisaría. Hay tres teorías esbozadas por el pueblo por las que el niño se salvó: la primera, el niño salió disparado por la ventana trasera en su esfuerzo por salvarse queriendo ayudar a su abuela antes de que el auto se impactara contra las piedras del río; la segunda, el niño salió disparado por la ventana trasera, impulsado por su abuela antes de que el auto se estrellara contra las piedras del río; la tercera, un ángel (¿el ángel de la guarda?) rompió los cristales delanteros, detuvo el auto un segundo, sacó al niño de un tirón (el tirón fue el que le ocasionó las fracturas), lo lanzó a un lado, y dejó que el auto se desbarrancara hasta que se estrellara contra las piedras del río.

En cualquier caso, es un milagro, ahora el niño es casi un héroe para el pueblo. Él todavía no parece saberlo y, hasta cierto punto, es mejor. Quiero decir que la presión para un niño de saberse héroe o hijo de un milagro debe ser incómodo para su vida cotidiana; pero, sin embargo, tengo ciertas dudas, porque él parece muy bien repuesto y no esquiva en ningún momento las preguntas que le hace la prensa local. Hay otras teorías más alucinadas sobre su salvación, pero nadie parece darles importancia: en una, la abuela protege a su nieto con su cuerpo mientras el auto se vuelca sobre el precipicio hasta el río, después del impacto el niño está convaleciente pero vivo, sale poco a poco y se pone a buen recaudo hasta que llega la ambulancia; en otra, el niño se protege bajo el asiento cubriéndose, en su inocencia, con las mantas que lleva la abuela para el frío, después del estruendoso impacto, el niño sale ileso, sin nada, ni un hueso roto, camina buscando ayuda pero al rato se cae él mismo y se hace daño produciéndole las fracturas antes mencionadas; en otro (poco creíble), el niño se sujeta de las trenzas de su abuela y salen volando los dos, caen sobre unos árboles que han crecido torcidos al borde del barranco, los troncos sujetan por sus trenzas a la abuela, por un lado, y del otro al niño que se aferra fuertemente, lo jodido es que las largas trenzas de la abuela han rodeado su cuello y la están ahorcando, el niño no sabe si soltarse o no, soltarse significa la muerte para él, no soltarse significa la muerte de la abuela, lo piensa unos segundos (los segundos son vitales, cuestión de vida o muerte), y se suelta: la abuela ya murió asfixiada por sus propias trenzas y el niño cae mal y se fractura la pierna. El pueblo inventa esas cosas, el folklor popular. En la que sí todos están de acuerdo es que, de una u otra manera, la abuela salvó a su nieto, con sus trenzas o sus manos, salvó la vida de un niño de diez años.

Mientras el niño se recupera en el hospital, voy a Páucar. El diario Mañana, donde trabajo, me envía a cubrir la noticia del entierro de los fallecidos en el accidente. El pueblo ha decidido honrar a sus muertos con una ceremonia en la que participará todo el pueblo. Desde la esquina del mercado de la ciudad tomo un colectivo (como el que manejaba Gumi) hacia Páucar. El pasaje normalmente está 3 soles pero hoy, porque todos quieren irse a Páucar (una versión fúnebre de la ley de la oferta y la demanda), está 5 soles. En los asientos, donde debe viajar uno viajan dos (el asiento del copiloto) y donde deben viajar tres(asientos traseros) viajan cuatro. Atrás, en la maletera también viajan si no hay bultos, pero ahí el pasaje ya vale 50 céntimos menos. Mientras el auto asciende esa carretera hecha jirones, es inevitable pensar en cómo no es posible que sucedan accidentes así si ni siquiera el chofer puede maniobrar bien la palanca de cambios porque parte de mi culo y mis brazos están estorbando su comodidad. La ruta no es larga pero se convierte en una así porque las carreteras están destrozadas; entre el poco interés de las autoridades y la lluvia han terminado por destrozarlas. Cruzar por ese fango, bordeando precipicios y evitando huecos, hace que llegar al pueblo de Páucar sea un milagro.

El pueblo está vacío, no hay nadie por los alrededores, todos están en la Plaza Mayor llevando a sus muertos, los muertos de Páucar. Todo el pueblo está ahí y se han dividido en tres grandes grupos que llevan los féretros de los tres fallecidos. El que más concurrencia tiene es el de Gumi. Todos quieren cargan su ataúd, se nota, todos quieren estar cerca por última vez quien fuera una persona de gran corazón, amigo, y servicial con todos. En las comparsas fúnebres, adelante van los que llevan el estandarte del pueblo, o de otros pueblos aledaños que han venido por solidaridad, luego van las sahumadoras esparciendo su sahumerio por todo el trayecto, luego viene el grueso de la gente y en el medio el ataúd del finado, más atrás la banda musical que, al compás del bombo, cargado y tocado por un niño vestido de riguroso luto, los trompetistas, saxofonistas, trombonistas, tocan una marcha fúnebre que hace enjuagar los ojos y sentirte parte de un sentimiento colectivo. El grupo que lleva a Gumi es el mayor, el que convoca más gente. Se detienen cada cierto tramo y cantan algunas canciones, algunos tocan guitarra, u otros oran. Los familiares son muertos que caminan porque tienen pies; en realidad parece que flotaran, les faltan lágrimas para llorar y sus ojos están rojos y secos. No duermen hace días.

La comparsa que acompaña a Gumi se detiene, el plantel entero del Club Deportivo Los Tigres de Páucar ha pedido permiso para llevar el ataúd. Están todos los jugadores y el comando técnico vestidos con sus camisetas del club, todos están visiblemente conmovidos. El capitán del equipo pide la palabra, dice: «Amigo Gumi, ahora te vas pero te quedas en nuestros corazones. Siempre fuiste bueno con nosotros, nos llevabas a cualquier lugar para que jugáramos el partido y solo nos pedías que te pusiéramos la gasolina, nunca te negaste a un favor, a una ayuda, a mi hermana la llevaste la hospital para que diera a luz una madrugada, a todos nos ayudó, todos tenemos un recuerdo de ti, querido Gumi, ¿no es cierto? (todos asienten, algunos gritos, casi todos lloran). Yo como capitán del equipo, que es también tuyo, te despido, hermano, con dolor, con pena, como nos sentimos todos aquí, todo tu equipo, el Marlon, el Jhonny, Jesús, Lucho, Paco, todos, de todos, en nombre mío, te despedimos pero nunca te olvidaremos». Todos aplauden, y el equipo de fútbol, incluido el comando técnico, carga el ataúd de Gumi. La marcha se reanuda, la banda comienza de nuevo otra misa fúnebre, las lágrimas no paran rumbo al cementerio del pueblo.

Tengo que volver a la ciudad y no hay movilidad disponible, no hay colectivo. Todo los colectiveros, la mayoría quiero decir, son de este pueblo y acompañan a las comparsas fúnebres. Otros, los menos, esperan a que haya suficiente pasajeros, más de cuatro, para volver. Yo me quedaría aquí pero tengo que redactar mi nota de prensa para la edición de mañana del diario Mañana. Unos chicos con pinta de pícaros me ofrecen llevarme de vuelta a la ciudad, me piden 30 soles. No tengo, les digo. Ah, bueno, esperaremos nomá pue, me dicen. De vuelta de Páucar no puedo evitar sentirme conmovido. Sin ser uno de ellos, me siento un poquito de aquí. He soltado unas lágrimas y he aplaudido a rabiar después del último discurso. Me siento al lado del camino, pegado a una chacra donde siembran repollo, me parece, hay un pasto semihúmedo. Más allá hay unas gallinas y pollos que pían y me miran con sus ojotes de incredulidad; sobre el rellano hay unos puercos con manchas negras. Me echo sobre el pasto, mirando al cielo, saco mi cuaderno e intento escribir sobre lo que vi, sobre Gumi, su noble corazón, sobre la gente que lo quiere, y pienso también en todas las cosas que dejé de hacer a personas que me eran cercanas o queridas, y pienso en todas esas cosas que dejamos de hacer por otros, sin darnos cuenta nos terminan marcando, como cuando conocemos a alguien que lo entregó todo, sin nada a cambio, y no podemos evitar sentirnos tocados. Cierro los ojos, escuchó el muuuuu de una vaquita en algún lugar y me quedo dormido. Sueño que estoy bailando un ritmo frenético y muy rápido, mis pies se mueven como poseídos por el ritmo, pero yo, en mis pensamientos, voy lento. Veo que todos los demás bailan igual de rápido y descuajados, y yo también, pero mis pensamientos van lentos. Observo cómo en cámara lenta se acerca una chica muy hermosa y me toma del brazo y me lleva a una esquina, luego me entrega un vaso y me hace el ademán de que debo beberlo, yo lo bebo y ella me pregunta sin preguntarme nada, ¿qué sientes? ¿Qué siento? Siento que ya no puedo seguir viviendo ese frenesí, que quisiera detenerme, que quisiera tener algún bastón de apoyo y que la locura menguara un poco, necesito serenidad, necesito estar solo, necesito que alguien me abrace y me deje tranquilo, necesito un poco del agua de los lotófagos, le digo sin decirle nada. Ella se ríe. Habla con alguien a su lado. Bebe más, me dice sin decirme nada, bebe.

Un poderoso rrrruuuumm rrrruuumm de una motocicleta me despierta. A 20 metros, un señor ha encendido su moto y está calentando motores. Le silbo. ¿Va al pueblo, me puedes llevar? Ven, sube, me dice. Me trepo detrás de él y ya sobre la moto nos vamos de vuelta a la ciudad. Mientras vamos descendiendo hacia la ciudad me entero que se llama Eloy, tiene 40 años, es agricultor y trabaja solo de lunes a jueves. Está separado y vive solo en su casita de campo, donde produce papas y otros tubérculos. ¿Y no siembras marihuana?, le pregunto. Detiene la moto en seco. ¿Por qué, consumes?, me dice. A veces, le digo. Tengo un poco aquí, cosecha de mi chacra, me comenta. Dale, le digo, yo tengo rizla. Apeamos la moto hacia el lado de una quebrada, y armamos el porro. Fumamos mirando las montañas verdes y el cielo celeste. De rato en rato, pero muy en rato, pasan algunas aves, yo las miro extasiado, en silencio. A Eloy le dio por parlanchín, y me cuenta que también conoció a Gumi, buen tipo. Fumaba su ganya también, buena onda, me dice. Se ha hecho tarde. Eloy ya no quiere continuar a la ciudad. Me despido de él con un fuerte abrazo y me voy. Camino solo entre los campos de maíz hacia la ciudad. No ha pasado mucho tiempo y aparece un Tico con dos personas. Me llevan por un sol. Estoy en la sala de redacción de diario escribiendo mi nota de prensa.

 

DIÁLOGO #__. Parque Pedro Ruíz. Lince. 23:23 h.

J.— Ese perro se llama Thor.

Ó.— ¿Cuál?

J.— Ese de color gris.

Ó.— ¿Cómo sabes que se llama Thor?

J.— Lo sé, vengo a este parque todas las noches. Hace un par de noches, Thor se peleó con otro perro un poco más pequeño. Lo mordió del pescuezo y no lo soltaba, el perrito pequeño lloraba y el dueño de Thor no podía hacer nada para soltarlo, le gritaba, lo golpeaba, pero Thor seguía prendido del cuello del perro pequeño. El perrito pequeño gemía de dolor. Hasta que no sé cómo lo soltó y el perrito pequeño huyó corriendo.

Ó.— Pobre.

J.— Cuando todo parecía muy calmado vino el dueño del perrito pequeño con un revólver. Apuntó a Thor para matarlo y el dueño de Thor, que también tenía pistola, apuntó al dueño del perrito pequeño y las cosas se pusieron tensas.

Ó.— ¿Qué sucedió?

J.— Ambos guardaron sus pistolas y deciden agarrarse a trompadas para salvar la honra de un perro o defender la vida del otro.

Ó.— Qué idiotez, ¿y?

J.— Pues que se fueron a los golpes. El dueño de Thor llevaba las de ganar porque era, como su mascota, más grande. Finalmente lo venció. El dueño de Thor ganó la pelea.

Ó.— ¿El otro aceptó la derrota?

J.— No le quedó de otra.

Ó.— ¿Fue en este mismo parque?

J.— Sí, ahí mismo (señalando una esquina del parque).

Ó.— Peores cosas se han visto.

J.— ¿Como qué?

Ó.— Como esa pareja de primos que se dan sexo oral en las madrugadas.

J.— ¿Cómo sabes que son primos?

Ó.— Porque se tratan con mucho cariño de noche y en el día ni se hablan.

J.— Los prejuicios.

Ó.— Ajá.

J.— ¿Dónde se dan sexo oral?

Ó.— En los matorrales de esa esquina.

J.— Vaya, ¿tú lo has visto?

Ó.— Sí, pero de lejos.

J.— ¿Quién se la chupa a quién?

Ó.— La prima al primo.

J.— ¿Y el primo que dice?

Ó.— Uh, uh, uh.

J.— ¿Eso es todo?

Ó.— Sí.

 

*

ME HE VUELTO A SENTAR A LA RIBERA derecha del río Huallaga, he encontrado un lugar tranquilo y que no huela a meada para quedarme un rato aquí. No llueve, el cielo está despejado y la bravura del río impecable. Me siento cómodo aquí, el viento que corre agita mi camisa y mis oídos zumban ligeramente. Una rata blanca se ha acercado a hacerme compañía y hemos hablado plácidamente. Ha sido un diálogo como los que me gustan: distendidos, sin prisa, sin atropellarse, sin tema ni rumbo, no hablando para ganar algo sino para perderlo todo, incluido argumentos. La rata se llama César Aira lo que me ha sorprendido enormemente porque así se llama el narrador argentino que me gusta mucho. Se lo he dicho al César Aira rata, y ha optado por un silencio soberbio como diciéndome eso ya lo sé, eso me dicen siempre, aquí y en Coronel Pringles, pero ya me cansé de responderles objetiva-racionalmente. Siempre me han dado miedo las ratas pero esta, al ser blanca, como que el color la hace más pacífica, más cercana, como que pierde ese sentido de rata salvaje, violenta y voraz.

César Aira tiene una calmada y despreocupada paz interior, y me habla sobre la nueva traducción que está haciendo de La metamorfosis de Franz Fafka. La escucho interesadísimo. Le digo que debería hacer una nueva traducción también de El castillo y me dice que luego, porque ahora está ocupadísimo con La metamorfosis y que la sola traducción del título lo tiene así varios meses sin decidirse. Tiene tres opciones: La mezclamorfosis, La mutamorfosis y La licuamorfosis. El principal problema, me dice, es que el prefijo. Todos estamos de acuerdo que morfosis es incambiable porque, efectivamente, el cambio sucede en la forma, porque el pensamiento de Gregorio Samsa no cambia, su neurosis se acrecienta pero en esencia es el mismo; en cambio, su forma sí. Entonces, el problema es el prefijo, dice César Aira, a quien llamo ya atrevidamente, pero con cariño, Cesitar, si es «meta» como se ha traducido habitualmente significa un estadio superior, como un peldaño más arriba en la escala evolutiva o metafísica, pero ¿eso considera Gregorio Samsa que es un insecto, un estadio superior? El prefijo «mezcla» no está mal excepto porque el tránsito a insecto no es un mezcla, el destino final de Gregorio Samsa no es mezclarse sino ser otro, completamente otro.

Me gusta más «mutan» porque las verdaderas transformaciones son imperceptibles y estas se dan mutando, que es una virtud del personaje, quiero decir que horrorizado en un principio, asimila luego su alienación, con temor primero y resignación humilde después. Es una mutación, pues, un cambio que sucede porque las cosas se van dando así. «Licua» le parece muy tecnológico y tiene algo de artefacto que creo lo va a descartar. Continúa Cesitar y me siento feliz de tener interlocutores así, tan inteligentes y arriesgados. Han venido dos sapos más, dos lagartijas, un perro flaco y tres ornitorrincos. Todos en paz, felices. Hemos hecho una media circunferencia alrededor de Cesitar que continúa parlamentando.

 

*

00:36 h. Lauri me llama al teléfono, me dice que tiene nuevas noticias sobre la muerte de su padre. Lo dice apurada, atropelladamente. No me mientas, Lauri, dime por qué me llamas, le digo, se trata de las drogas de los nativos de Cotaras ¿no? Lauri: Sí, bueno sí, estoy en el Centro con mi primo en su moto y queremos ir allá, a Cotaras, pensé que querías venir con nosotros. Yo: Pero ¿eso no es lejos, no es muy lejos para ir allá a estas horas? Lauri: Es la hora perfecta, a esta hora los nativos de Cotaras salen del monte y se reúnen frente a una laguna a fumar sus pipas, quiero decir a fumar sus drogas en sus pipas, vente, vamos.

00:37 h. Me alisto, me pongo otra chompa y me cierro el saco hasta el cuello. Paro mi mototaxi y me voy para allá.

00:40 h. Lauri está con su primo (o eso dice ella), otro chico un poco mayor, como de 20 años que se presenta como Javier. Lauri me dice gracias por venir, en realidad sé que gustará, cuando vamos con alguien mayor me hace sentir más segura. Lauri, le digo, ¿tú has probado esas drogas? No, pero tengo curiosidad, me dice. ¿Tu madre sabe que estás aquí?, le pregunto un poco angustiado y sintiéndome pedófilo. No, no, ella está llorando por mi papá el muerto, me dice, sin ninguna pizca de sentimiento mientras sube a la moto, que ya Javier ha encendido. Se sube detrás de Javier y yo detrás de Lauri.

00:48 h. Siento las nalguitas de Lauri quien abraza a su primo y yo los abrazo por detrás a los dos con miedo a caerme de la moto. El camino es sinuoso y Javier maneja muy bien.

00:56 h. La moto toma un cerro (no sé cuántos han pasado ya), subiéndolo muy rápido. Estoy totalmente desubicado. La oscuridad es total y solo la luz de la rápido moto de Javier guía el camino. De vez en cuando una ligera llovizna nos moja el rostro.

01:13 h. Después de haber llegado a la cima del cerro, hemos descendido un poco (creo) y ahora vamos por una especie de loma. La oscuridad es negrísima como el carbón y, tengo que confesarlo, siento un poco de miedo, aunque se supone que no debería: soy el mayor de los dos y ellos se sienten, por lo menos Lauri, más seguros conmigo.

01:21 h. Hemos llegado a una especie de ensenada. Es una bonita imagen. Una laguna que parece un espejo trasluce hasta el vuelo de los mosquitos con la luz de las estrellas. Pero no es aquí, sino unas lagunas más allá, me dice Javier, que normalmente está mudo. Lauri parece contenta y curiosa. Caminamos los tres. Javier va un poco más adelante, como guiándonos. ¿Es en verdad tu primo?, le pregunto a Lauri. Sí, me dice. Lauri, le digo, si vamos a ser cómplices en esto, o en algo, quiero que me digas la verdad porque si no me voy. Es cierto, exclama Lauri, es cierto, es mi primo, y él, dice, ha venido con unos amigos antes pero no ha probado la droga de los nativos de Cotaras. Bueno, está bien, le digo, vamos, ¿falta mucho? No sé, me dice, es la primera vez que vengo, ¿no es emocionante?, ¿no te parece hermoso el brillo de las estrellas y la tímida luna? Sí, Lauri, le digo, claro, ¿sabías que esas tres estrellas juntas pertenecen a la constelación de Orión y les dicen, por esas mitologías astrales, las Tres Marías? No, no sabía, me dice Lauri.

01:25 h. Lauri me ha tomado del brazo. Javier camina cada vez más rápido.

01:27 h. Hemos llegado. Los nativos de Cotaras están reunidos en un círculo cerrado y hablan entre ellos, parecen no darse cuenta de que estamos aquí. Somos los únicos, fuera de los nativos. ¿Y ahora qué hacemos?, le digo a Lauri. Tenemos que esperar, están reunidos todos juntos orando, cuando terminan se ponen a fumar, me informa Lauri. ¿Y nosotros cuando fumamos?, le digo. No lo sé, me dice Lauri, depende de ellos, si quieren nos invitan y si no, no; depende de ellos. ¿De qué depende?, le digo. No sé, ya te dije, depende de ellos, de cómo se sientan o de si les caes bien, me dice Lauri. ¿Qué tipo de drogas son esas de los nativos de Cotaras?, le pregunto a Javier. El único, me responde.

02:03 h. Los nativos de Cotaras han encendido sus pipas. Son gigantes, como del tamaño de un cucharón de olla, y se las van pasando de lado. Unos le dan una calada, larga, o dos pequeñas, y se la pasan al de lado izquierdo. Si quieren, me ha comentado Lauri, nos llamarán y podremos fumar con ellos; si no, nos quedamos quietos aquí. Pon cara de necesitado, de angustiado pues, para que así nos tengan lástima y nos inviten, me dice Lauri pícara, que me confunde porque el momento es un poco místico.

02:05 h. Los nativos hacen un ademán hacia nosotros y nos acercamos. Dicen algo como «beban» y me da la pipa a mí. Huele a leña húmeda pero no es un olor feo. Le doy una calada larguísima, inundo mis pulmones con ese humo. No lo expulsaré, pienso, rápidamente, me tomaré todo el tiempo del mundo para que me haga efecto. Lauri lo hace a su turno y Javier igual. Se lo devolvemos al nativo de Cotaras, quien se lo lleva al primero de su derecha.

02:06 h. No siento nada. No sé los demás, pero yo no siento nada. Nunca he sido un tipo dado a las drogas místicas, religiosas o sanadoras. He probado algunas y mi experiencia ha sido normal. Me gustaron los hongos mexicanos, pero ni tanto. Con otras ni bien ni mal, nada que valga la pena contar: en realidad, tengo, creo, un espíritu poco religioso o místico, bastante chato. Creo que lo más lógico sería decir ahuecado pero ahora mismo no sé cómo explicarlo. Lauri está mirando detenidamente a los nativos de Cotaras y Javier la punta de sus pies.

02: 15 h. Sigo sin sentir nada. Los nativos de Cotaras repiten el ritual anterior, exactamente igual, y me vuelven a ofrecer su pipa. Acepto. Esta vez le doy caladas más largas que la anterior. Le ofrezco a Lauri pero no quiere, a Javier ni le pregunto, está colgado con la punta de sus pies.

02:17 h. Tengo un pequeño temblor detrás de mi oreja izquierda y una comezón bajo la rodilla. Por lo demás no siento nada.

03:03 h. Estoy conduciendo la moto de Javier por caminos y trochas hacia ninguna parte. Solo sigo de frente. La luz de la moto que ilumina el camino se extiende hacia el infinito, donde parece competir con el brillo de las estrellas, me ciega la luz, es enorme, astral, cierro los ojos y la moto vuela, el ruuumm de la moto es suave, como si se deslizara una mosca sobre un plato de porcelana fina. La luz inunda valles, quebradas, las piedras parecen frágiles como si fueran algodones de azúcar o senos de quinceañeras enamoradas, el espacio parece acortarse y tengo la sensación de que estamos a punto de llegar a nuestro destino pero no llegamos sino es la luz que se sigue extendiendo, la luz sale de mi boca o de mis ojos y toca como un firmamento nuevo, un firmamento en que la más grande estrella es un lenguaje que no descifro pero que me dice que el paso que debo dar es un paso que debo dar con cuidado. La música es solo el ruuummm del motor de la moto que vuela. La ciudad debe estar detrás de esa luz pero no hay ciudad sino más luz, como si esa luz fuera la que emiten  ciertos alienígenas de otras circunferencias cuando nos quieren abducir. Mis orejas se estiran y mis dedos también, las piernas sujetan algo que no alcanzo a ver y algo me sofoca y todo tiene el aliento de ser inmediato pero nada ocurre en el mismo segundo, sino en constantes cambios de luz, en el tránsito de tiempo, de espacio aletargado. Sudo pero mi sudor no me cansa, estoy agitado pero con ansias de seguir navegando. Una tenaza aprieta los lados de mi pecho por mi espalda. Volteo. Es Lauri. Viajo con ella en la moto que vuela y el sinfín que dejamos detrás es el espacio que ganamos cuando no pensamos en el tiempo ni en las monedas de cambio que utilizamos para presentarnos los fines de mes, cuando auscultamos nuestras penas y miserias, pero la nuestra es azúcar, nuestros penes y nuestras vaginas son azúcares que derramamos sobre nuestra piel para hundirnos en un océano de peces y bailar y bailar…

(Antes de las 04:30 h) Lauri está llorando, muy fuerte, grita, grita como si quisiera devolverle la audición a un sordo a puro grito. Lauri llora y sus llantos nada tienen de amargos, sino algo parecido a la desventura, pero también al aburrimiento. Lauri llora y en cada aullido algo se estremece en ella, algo bifurca su cuerpo y tiemblan sus extrañas. Lauri llora sola, quiero abrazarla, quiero relacionar su llanto a algo que la trascienda, pienso, y comentarle después que la luz y el llanto tienen algo de sagrado, pero mi lengua es un nudo que desenredo en las cuevas mudas, donde los labios no hablan y trinan algunos duendes melodías astutas. Lauri llora y ahora no hago nada para calmarla.

(Antes de las 05:30 h). Estoy caminando por unas carreteras húmedas. Me duelen los brazos y las piernas. Recuerdo el llanto de Lauri y que me dijo que quería ser una yegua blanca.

Jorge Castillo presentando la revista Mutantres en la FIL Arequipa, 2014.

Jorge Antonio Castillo (Lima, 1980 — ♥) Poeta, narrador y editor independiente. Ha escrito Ócixot>crónicas_contaminadas (2014) y Starfuckers (2017). Es popularmente conocido por ser el editor de la revista Mutantres, literatura mutante y de la editorial P.B.C. Además, fue fundador de la editorial C.A.CA al lado de Kevin Castro, Fernando Huaroto y Jesús Lévano.

En la contraportada de la primera edición de Ócixot, podemos encontrar unas palabras sobre el libro, escritas por el propio autor:

Extender los límites. Extrapolarlos para contar lo que no hay nada que contar. Otra vez: extender los límites para borrar los límites de la literatura (en minúsculas, por favor). Extrapolarlos a la vida diaria para insertarlos en su lógica, es decir, la sintaxis del hombre común, que come, caga y duerme. Pero también sueña, ambiciona y se desespera. Otra vez: extender los límites para encontrar el núcleo, el centro. El centro vacío. Extrapolarlos para perder la noción de centro, núcleo, y recrear un nuevo horizonte, el horizonte del sinsentido. Otra vez: extender los límites sin que el lenguaje sea la herramienta sino excusa. Extrapolarlos hacia espacios que pertenecen a las drogas y su extensión máxima: la neurosis y la paranoia. No es la experiencia, sino el fin, la nada. Experimenta, ócixot>crónicas contaminadas, incluirlo todo con un fin que no queda claro, difuso en el mejor de los casos. El periodismo, ensamble que  vincula la ficción y el hecho periodístico (el hiperlink como pie de página) desvirtuándolo, perdiéndolo. Y se vale de este género, la crónica, para insertar, como en la vida misma, ese sinsentido donde se permite y se permea todo, o casi todo. Crónicas contaminadas de diario, de diálogos absurdos, testimonios, prosas absurdas, prosas protopoéticas, reportaje periodístico, ordenados con un criterio informe y dispar.

Textos suyos también aparecen en antologías como Ese puerco existe, Las batallas del desierto, entre otros.

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