Vida y muerte: la maternidad en un cuento de Juan Rulfo

[Artículo por: Estefanía Yetzel Navarro]

Considerado uno de los narradores mexicanos más talentosos del siglo XX, Juan Rulfo es reconocido internacionalmente por libros como la novela Pedro Páramo, y El llano en llamas —libro que conjunta y le da vida a los cuentos de Rulfo, algunos llevados a la pantalla grande como Macario.

De El llano en llamas, cuentos como Diles que no me maten o No oyes ladrar a los perros son lecturas que se encuentran en el colectivo de los mexicanos por accidente o por gusto. Tal acontecimiento se debe a que Rulfo construyó una narrativa profundamente popular; algunos describen a la misma como fantástica y poética.

En los años 40 —mucho antes de publicar El llano en llamas— Rulfo empezaría a publicar sus primeras obras en revistas, y es así como publica La vida no es muy seria en sus cosas, primero en la revista literaria de Guatemala Pan, en 1942, y luego en la revista América, en 1945.

La vida no es muy seria en sus cosas es una muestra de aquel talento que tenía Rulfo para narrar eventos que cualquier otro podría pasar como sucesos alejados de su propia naturaleza, por ejemplo el de dar vida. Compartimos este cuento recopilado en Diles que no me maten y otros cuentos, del Fondo de Cultura Económica.

Podría Interesarte►El viejo y el mar: un inolvidable libro de Ernest Hemingway

Portada de Obra de Reunida de Juan Rulfo. Editorial Cavalo de ferro.

 

La vida no es muy seria en sus cosas

Aquella cuna donde Crispín dormía por entonces, era más grande para su pequeño cuerpecito. Él sin conocer todavía la luz, puesto que aún no nacía, se dedicaba sólo a vivir en medio de aquella oscuridad y a hacer, sin saberlo, más y más lentos cada vez los pasos que daba su madre al caminar por los corredores, por el pasillo y, a veces, en alguna mañana limpia, yendo a visitar el corral, donde ella se confortaba haciendo renegar a las gallinas robándoles los pollitos, y escondiéndose dos o tres abajito del seno, quizá con la esperanza de que a su hijo se le hiciera la vida menos pesada oyendo algo de ruidos del mundo.

Por otra parte, Crispín, a pesar de tener ya ocho meses ahí dentro, no había abierto ni por una sola vez los ojos. Hasta que se adivinaba que, acurrucado siempre, no había intentado estirar un brazo o alguna de sus piernitas. No, por ese lado no daba señales de vida. Y de no haber sido porque su corazón tocaba con unos golpecitos suaves la pared que lo separaba de los ojos de su madre, ella se hubiera creído engañada por Dios, y no faltaría, ni así tantito, para que llegara a reclamarle aunque sólo fuera en secreto.

—El Señor me perdone— se decía; Pero yo tendría que hacerlo, si él no estuviera vivo.

Con todo, él estaba bien vivo. Cierto es que se sentía un poco molesto de estar enrollado como un caracol, pero, sin embargo, se vivía a gusto ahí, durmiendo sin parar y sobre todo, lleno de confianza; con la confianza que da el mecerse dentro de esa grande y segura cuna que era su madre.

La madre consideró la existencia de Crispín como un consuelo para ella. Todavía no descansaba de sus lágrimas; todavía había largos ratos en los cuales apretábase al recuerdo del Crispín que se le había muerto. Todavía, y esto era lo peor para ella, no se atrevía a cantar una canción que sabía para dormir a los niños. Con todo, en ocasiones, ella le cantaba en voz baja, como para sí misma; pero en seguida, se veía rodeada por unas ganas locas de llorar, y lloraba, como sólo la ausencia de “aquel” podía merecerlo.

Luego se acariciaba su vientre y le pedía perdón a su hijo.

En otras, se olvidaba por completo de que su hijo existía. Cualquier cosa venía a poner frente a ella la figura de Crispín el mayor. Entonces entrecerraba los ojos, soltaba el pensamiento y, de ese modo, se le iban las horas correteando tras de sus buenos recuerdos. Y era en aquellos momentos sin conciencia, cuando Crispín golpeaba con más fuerza en el vientre de ella y la despertaba. Luego a ella se le ocurría que los latidos del corazón de su hijo no eran latidos, sino más bien, era una llamada que él le hacía como regañándola por dejarlo solo e irse tan lejos. Y se ponía en seguida a conseguir un montón de reproches hasta sentirse tranquila y sin miedo.

Porque eso sí, tenía un miedo muy grande de que algo le sucediera a su hijo, mientras ella se la pasaba sueñe y sueñe con el otro. Y no le cabía en la cabeza sino desesperarse al no poder saber nada. “Acaso sufra”, se decía. “Acaso se esté ahogando ahí dentro, sin aire, o tal vez tenga miedo de la oscuridad. Todos los niños se asustan cuando están a oscuras. Todos.  Y él también. ¿Porqué no se iba a asustar él? ¡Ah!, si estuviera acá afuera, yo sabría defenderlo; o al menos, vería si su carita se ponía pálida o si sus ojos se hacían tristes. Entonces yo sabría cómo hacer. Pero ahora no, no donde él está. Ahí no.” Eso se decía.

Crispín no vivía enterado de eso. Sólo se movía un poquito, al sentir el vacío que los suspiros de su madre producían a un lado de él. Por otra parte, hasta parecían acomodarlo mejor, de modo de poder seguir durmiendo, arrullado a la vez por el sonido parejo y repetido que la sangre ahí cerca, hacía al subir y bajar una hora tras hora.

Así iba el asunto. Ella, fuera de sus ratos malos, se sentía encariñada a los días que vendrían. Y era para azorarse verla hacer los gestos de alegría que todas las madres aprenden tantito antes, para estar prevenidas. Y el modo de cuidar sus manos, alisándolas, con el fin de no lastimar mucho aquella carne casi quebradiza que pasearía hecha un nudo sobre sus brazos.

Así iba el asunto.

Sin embargo, la vida no es muy seria en sus cosas. Es de suponerse que ella ya sabía esto, pues la había visto jugar con Crispín el mayor, escondiéndose de él, hasta dar por resultado que ninguno de los dos volvieron a encontrarse. Eso había sucedido. Pero, por otra parte, ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo: Tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; mas sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo. Así se imaginaba ella la muerte, porque más de una vez la vio acercarse. La vio también Crispín, su esposo y, aunque al principio no le fue posible reconocerla, al fin y al cabo, cuando notó que todo en él se maltrataba, no dudó que ella era.

Así pues, ella bien se daba cuenta de lo que la vida acostumbra a hacer con uno, cuando uno está más descuidado.

Aquella mañana, ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: “Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo nos sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos ¿quieres?” Luego, tratando de adivinar en qué lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: “Te llevaré de la mano todo el tiempo”. Esto  le dijo.

Abrió la puerta para salir; pero en seguida sintió un viento frío, agachado al suelo, como si anduviera barriendo las calles. Entonces regresó por un abrigo, ¿pues qué pasaría si él sintiera frío? Lo buscó entre las ropas de la cama; lo buscó en el ropero; lo halló allá arriba, en un rinconcito. Pero el ropero estaba mucho más alto que ella y tuvo que subir al primer peldaño, después puso la rodilla en el segundo y alcanzó el abrigo con la puntita de los dedos. En ese momento, pensó que tal vez Crispín se habría despertado por aquel esfuerzo y bajo a toda prisa…

Bajo muy hondo. Algo la empujaba. Debajo de ella, el suelo estaba lejos, sin alcance…

Los escritores Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Foto de Rogelio Cuéllar, 1973.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917  Ciudad de México, 7 de enero de 1986) Es uno de los narradores más representativos de México, su novela  Pedro Páramo y cuentos como Diles que no me maten, la vida no es muy seria en sus cosas, No oyes ladrar a los perros, Acuérdate —entre otros— reflejan el paisaje de un México que tiene raíces en sus pueblos indígenas.

Además de ser escritor, también se desarrolló como fotógrafo y guionista, creando una geografía literaria que sigue viva y que muestra una poética de la tierra.

Conocida es su amistad con Juan José Arreola, escritor mexicano de su generación. Tras la muerte de Juan Rulfo el dramaturgo y periodista Vicente Leñero escribió la obra teatral ¿Te acuerdas de Rulfo, Juan José Areola? la cual está basada en una entrevista que la revista Proceso le hizo a Arreola dos semanas después de la muerte de Rulfo. Lo que esta obra revela es la amistad que Arreola y Rulfo compartieron por años, además que narra aquellas confidencias literarias que forjaron dos voces mexicanas como Rulfo y Arreola.

Podría Interesarte►Recuerdo de un pájaro: El Cardenal que conoció Augusto Monterroso

 

Comparte tu opinión, te responderemos 😍