La casa de cartón: el poema hecho novela por Martín Adán

Martín Adán es uno de los escritores más destacados de la literatura peruana. A los 16 años – según cuenta Martín como un ejercicio de gramática – comenzó a escribir el que sería uno de los libros más leídos en Perú: La Casa de Cartón.

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Compartimos algunos fragmentos de este libro.

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Portada de La casa de cartón de Martín Adán. Editorial Peisa 2015.

 

*

Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento, con barbas, anteojos y carteras, con incidentes súbitos, con doce idiomas, con acecho de la policía, con problemas de muchos lados. Ella me decía, al ponerse en sexo: Eres un socialista. Y su almita de educanda de monjas europeas se abría como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal.

Mi primer amor se iba de mí, espantada de mi socialismo y mi tontería. “No vayan a ser todos socialistas…”. y ella se prometió darse al primer cristiano viejo que pasara, aunque éste no llegara a los doce años. Sólo ya, me aparté de los problemas sumos y me enamoré verdaderamente de mi primer amor. Sentí una necesidad agónica, toxicomaníaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones, el olor de ella; olor de escuelita, de tinta china, de encierro, de sol en el patio, de papel del estado, de anilina, de tocuyo vestido a flor de piel –olor de la tinta china, flaco y negro–, casi un tiralíneas de ébano, fantasma de vacaciones… Y esto era mi primer amor.

Mi segundo amor tenía quince años de edad. Una llorona con la dentadura perdida, con trenzas de cáñamo, con pecas en todo el cuerpo, sin familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente femenina… Fui rival de un muñeco de trapo y celuloide que no hacía sino reirse de mí con una bocaza pilluela y estúpida. Tuve que entender un sinfín de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas perfectamente indecibles. Tuve que salir bien en los exámenes, con veinte –nota sospechosa, vergonzona, ridícula: una gallina delante de un huevo–. Tuve que verla a ella mimar a sus muñecas. Tuve que oirla llorar por mí. Tuve que chupar caramelos de todos los colores y sabores. Mi segundo amor me abandonó como en un tango: Un malevo…

Mi tercer amor tenía los ojos lindos, y las piernas muy coquetas, casi cocotas. Hubo que leer a Fray Luis de León y a Carolina Ivernizzio. Peregrina muchacha… no sé por qué se enamoró de mí. Me consolé de su decisión irrevocable de ser amiga mía después de haber sido casi mi amante, con las doce faltas de ortografía de su última carta.

Mi cuarto amor fue Catita.

Mi quinto amor fue una muchacha sucia con quien pequé casi en la noche, casi en el mar. El recuerdo de ella huele como ella olía, a sombra de cinema, a perro mojado, a ropa interior, a repostería, a pan caliente, olores superpuestos y, en sí mismos, individualmente, casi desagradables, como las capas de las tortas, jenjibre, merengue, etcétera. La suma de olores hacía de ella una verdadera tentación de seminarista. Sucia, sucia, sucia… Mi primer pecado mortal.

 

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Lulú vestía una batita fresca y dura como una hoja de col. Su rostro, de muñeca de solterona, tenía los colores demasiado vivos. Había sin duda que dejarla envejecer, descolorarse. Daba ganas de colgarla al sol, de la trenza. Lulú era el terror de las beatas parroquiales –regaba tachuelas en las bancas del templo; llovía el agua bendita sobre las fieles; enamoraba al sacristán, desconcertaba el coro; pisaba todos los callos, apagaba todas las velas… y era buena: una almita pura que sólo quería alegrar a Dios con sus travesuras. Lulú era una santa a su manera. Y en medio de aquel rebaño apretado y terco de santas a la manera eclesiástica, la santidad salvaje y humana de Lulú descollaba como una zarza sobre un sembrío de coliflores.

 

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Murió Ramón cuando ya no le quedaba sino el rastrero placer de mirar por debajo de los asientos en los lugares públicos –cine, tranvía, etc. Un día, hondo y vacío, donde rueda uno de hora en hora inconsciente, comatoso, como en un barranco de piedra en piedra, de roca en roca. La copa sucia del cielo se llenaba lentamente de azúcar, agua helada y zumo de limón –una nube sedienta chasqueaba la lengua–; Ramón murió. Mira por debajo de los asientos… Ramón se volvió un fumador viciosísimo. Apagar el cigarrillo, arrojar la ceniza, burlar al viento, extender el brazo, todo ello le facilitaba celestinescamente el gozo de sorprender a los zapatos, casi en paños menores, o de sobremesa, o matando un domingo. Domingo de los zapatos, penumbra debajo de los sillones, con un sábado a las espaldas, media luz debajo de una mesa… Sobremesa de los zapatos, siestecilla: las cañas se aflojan los pasadores; una capellada bosteza, el mediodía arruga el cuero, cansado de caminar toda la mañana; el zapato derecho se echa de lado y ronca. Zapatos en paños menores, las orejuelas, de tela amarilla, se ven fuera, íntimas como una camisa… Zapatos, viejo silenciosos, en parejas, como esposos desencantados, juntos por los tacos, separados por las puntas. Lo pasado, la vida marital los une para siempre y los aleja en esta hora en que quisieran tener veinte años él y ella, el zapato derecho y el izquierdo, el macho y la hembra, el esposo y la esposa –tener veinte años y casarse mal o amancebarse bien… Las botinas y los zapatines de los niños se juntan por arriba, por las puntas, por el rostro, casi en besos, detrás de un pliegue del delantal de la nodriza. Zapatos adolescentes, elegantes, lacios, locos, siempre descaminados, nunca decentemente paralelos… –zapatos en la mala edad, en la edad peligrosa, los pulmones débiles y las inclinaciones robustas… Zapatos viejos, un alma sola en dos cuerpo y este no amarse… Ramón dejó los versos que ven arriba, escritos a máquina por el índice de un libro suyo que heredé con las páginas todavía sin cortar.

Zapatos viejos, un alma –una sucia capa de cola entre la plantilla y la suela– un alma en dos cuerpos –dos hinchados y reumáticos cuerpos de cuero rugoso–, una sola alma en dos cuerpos… Él y ella no quieren verse la cara.

 

*

Una cholita tira el ronzal de una mula inmensa; y la cholita no tiene todavía quince años; y la mula se enterca en no moverse; y la cholita tensa más y más el arco de su cuerpo fragilísimo; y la mula se afirma en las patas delanteas; y yo quiero raptar a la cholita y fugarme con ella en la mula, a la sierra, tan próxima, que su cimbros e arañan la piel de la nariz, haciéndome bizquear cuando la miro fijamente. Yo descendería, con la cholita en mis brazos y la mula entre mis piernas, a una sima sombría llena de cactos, con una sonámbula seguridad en la pesadilla feliz… Y la mula ha hecho escapar el ronzal de las manos de la cholita, y ahora corre, bruta, gacha, curva, en un rápido y sordo pateo, por el camino, pegado a la tapia, sin saber a dónde ir… Y el ronzal que se arrastra hundiéndose en el polvo es la pulcra y perversa ironía de un rabo de rata…

 

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Él cogía una de sus manos de ella. Ella encajaba una pierna gorda, cualquiera, casi ajena, bajo la derecha de él, contrariada como en un puntapié. El rostro de él se encendía de rojo como un farol de tráfico o botica de turno en la noche. De pronto, giraba éste y aparecía un rostro idéntico al anterior pero amarillo. Era la señal de detención. Ella permanecía impasible como una ramera. Sonreía cándidamente, hundía más la pierna y se mordía el labio inferior sin pestañear. Ramón enflaquecía. Ella engordaba. Ramón era una bestia que empezaba a hacer ideas. Ella era una mujer que principiaba a bestializarse. Súbitamente el sol se encendía de una terrible, carmínea luz de alarma. Pasaba atronando el ferrocarril de la noche, Ramón y ella subían al último vagón. A un triste y oscuro vagón de carga.

 

*

Ella era una brava catadora de mozos. Todos nosotros hubimos de rodar la cabeza por sobre su pechito duro y redondo. Así, de este amor inevitable; hacíamos una era–: “Cuando yo me enamoraba de Catita”… Pero era Catita quien nos enamoraba a nosotros. Al mirar, guiñaba ella los ojos sin advertir. Sus ojos, redondos como toda ella… Y el nombre no la decía bien. Esa “i” antepenúltima la alargaba, la ensombrecía, la alejaba –a ella, próxima, redonda, alegre. Y, sobre todo, enamoradiza. Catalina es un nombre gótico; hace pensar en ojivas lívidas de crepúsculo, en fuentes de bronce musgoso, héticos burgos renanos, en moñosos cinturones de castidad… Y Catita era una ventana rubia de melodía, una pila de cemento blanco, moderna, pulcrísima; un sombrillón de trapo para la playa; un lazo loco de colegiala… Lalá, he aquí su nombre de ella. Pero Lalá era una chica desvelada y rápida. Lalá, Lalá, Lalá… Corazón blando, y ojos de muñeca, y cara de risa. Ramón se arrojó en Catita como una nadadora en el mar–; de abajo arriba, primero las manos; después, la cabeza; por fin, los pies, flexionados, destalonados. En el plano del mes de enero –ensebado todavía con sucias nubes frías– quedó Ramón en cielo, en aire, en medio, en equilibrio, en ropa de baño, a la punta, con cien muchachos trémulos detrás que le apuraban, sobre Catita, mar. Ramón cayó mal–, de barriga, de bruces, esperándonos a todos nosotros, desprevenidos, observadores. Catita, mar para bañarse a las doce del día con el sol tontonazo en la cabeza –mariposa disecada, serojo de ictericia o amarillo gorro de jebe. –Catita, mar con olas porque no haya viejas, porque haya muchachos… Catita, mar redondo encerrado en un muelle semicircular, embanderado de ciudades… Catita, límite sutil entre la mar alta y la mar baja… Catita, mar sumiso a la luna y a los bañistas… Catita, mar con luces, con caracoles, con botecillos panzudos, mar, mar, mar… O amor también en que no había viejas, ni sombrerazos de paja, ni consejos, ni persignaciones… Catita, amor, con esperanzas lentas y gordas, amor que con la luna baja y sube, amor redondo, amor próximo, amor para sumergirse en él con los ojos abiertos, amor, amor, amor… Catita, mar de amor, amor de mar. Catita, cualquier cosa y ninguna cosa… Catita–, todas las vocales, apareciendo ella, cabal, íntegra, en cuerpo y alma en la a y desapareciendo poco a poco, rasgo a rasgo, en las otras–; en la e, tierna y boba; en la i, flaca y fea; en la o, casi ella, pero no…; Catita es honesta y bonita; en la u, cretina, albina… Catita, –algunas consonantes–, parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio, a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe… Catita, campo redondo en el mar, beso redondo en el amor… Catita, sonido, signo… Catita, una cosa cualquiera y la contraria precisamente. .. Catita, al fin y al cabo, una linda muchacha, verdadera, viva, coqueta como ella sola… Cogerla era tan imposible como comprimir con la yema del índice el chorro de agua en la boca de un caño grande–; carne dura al tacto por la presión, carne que se escapaba por los resquicios de la uña, por las rayas de la piel; que nos saltaba a la cara; que, si se deposita en un recipiente, quieta, era sino luz densa, agua que se podía beber y en la que se podían echar barquillos de papel. Agua, agua, agua. Y, al fin y al cabo, una linda muchacha enamoradiza, catadora de mozos, Catita…

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Martín Adán y Raúl Porras Barrenechea.

Ramón Rafael de la Fuente Benavides: Martín Adán (Lima, Perú, 27 de octubre de 1908 – 29 de enero de 1985) considerado una de las figuras centrales de la poesía peruana.

Ha escrito La casa de cartón, De lo barroco en el Perú, Sonetos a la rosa, Travesía de extramares, Escrito a ciegas, La mano desasida, La piedra absoluta, entre otros.

Probablemente su destino literario empezó a marcarse con su llegada al Colegio Peruano Alemán Alexander von Humboldt, donde tuvo como compañeros de clase a otros representantes de la literatura peruana como Emilio Adolfo Westphalen, Xavier Abril y Estuardo Nuñez. Y como profesores a Emilio Huidobro y Luis Alberto Sánchez, quienes apoyaron su vocación literaria y la de sus compañeros.

Es en este colegio donde empieza a escribir con 16 años su libro La casa de Cartón, que publica cuatro años después, en 1928. El libro muestra una serie de estampas poéticas que evocan el balneario limeño de Barranco y la adolescencia del autor, y actualmente es considerado un clásico de la literatura peruana.

Tras terminar el colegio empieza a colaborar en la revista Amauta, dirigida por José Carlos Mariátegui, quien auspició la publicación de La casa de cartón, además de escribir el colofón del libro.

A partir de 1935 —tras la ruina de su familia y sumido en el alcoholismo— Martín Adán comienza una serie de internamientos en hospitales psiquiátricos, con un régimen libre que le permitía salir de vez en cuando de los sanatorios. Es en este periodo que escribe Travesía de extramares, una serie de sonetos con temas de música de Chopin con el que ganó el Premio de Fomento a la Cultura de 1946.

En 1960, Allen Ginsberg (emblema de la generación beat) visita Perú en busca de la Ayahuasca, se reúne con Martín Adán y le dedica el poema A un viejo poeta en el Perú, publicado en su libro Sándwiches de realidad.

En 1961, tras un silencio de más de una década, Adán vuelve a publicar un extenso poema ganador del Premio Nacional de Poesía, el poema Escrito a ciegas, al que le siguió La mano desasida, canto a Machu Picchu en 1964.

En estos años se interna de forma permanente en una clínica psiquiátrica, donde permanece alrededor de 20 años.

A partir de 1984 empieza a visitar hospitales por problemas médicos, donde recibe diversas operaciones.

El martes 29 de enero de 1985, fallece Martín Adán en el hospital nacional Arzobispo Loayza debido a un paro cardiaco. Años más tarde se revelaría que la causa fue un shock postoperatorio, debido a que no recibió a tiempo la atención médica requerida.

De Adán diría el poeta César Toro Montalvo:

A Martín Adán se le ha catalogado como poeta complejo y hermético. La suya es la aventura personal –casi solitaria– de una veracidad auténtica que lo coloca como uno de los fundadores de la poesía peruana del siglo XX a lado de Eguren, Vallejo y Oquendo.

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