El rey pálido: el tedio máximo en una novela de David Foster Wallace

[Artículo por: Roberto Valdivia]

David Foster Wallace fue un escritor norteamericano aparecido a finales de los años 80s, probablemente el más importante representante de la etiqueta “Nueva Sinceridad” acuñada en el 2001 para englobar el trabajo de varios jóvenes escritores norteamericanos que rechazaron la “ironía por la ironía” de los autores posmodernos de los años 60s en ese país.

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Foster Wallace alcanza el status de escritor reconocido con la publicación en 1996 de su novela La broma infinita, un clásico instantáneo para la literatura norteamericana, ampliamente reconocida y un best seller al mismo tiempo de ser una novela experimental y de intrincada estructura en sus más de 1200 páginas.

La vida de David Foster Wallace concluiría prematuramente en 2008, mientras trabajaba en su último libro El rey pálido, que sería publicado póstumamente en 2011. El rey pálido es un esfuerzo monumental por escribir sobre desde el aburrimiento en su acostumbrado estilo minucioso y maximalista. Esta novela se centra en La Agencia, la oficina nacional de impuestos de los Estados Unidos y cómo las vidas de una multitud de personajes son afectadas por su relación con esta.

Para esta última novela Wallace le contó a algunos de sus amigos que se había inscrito en cursos de estadística avanzada  y finanzas para conocer más el mundo de sus personajes. En este libro Foster Wallace propone un nuevo paradigma de héroe en el capitalismo tardío, un héroe que tiene el poder de obrar en un mundo estático, tedioso y solitario. En sus propias palabras: Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

El siguiente es un fragmento del capítulo 6 de la referida novela.

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Portada de El rey pálido, de David Foster Wallace. Editorial Debolsillo.

 

Capítulo 6

 

Fragmento

Estaban encima de una mesa de picnic en aquel parque que había junto al lago, en la ribera del lago donde había parte de un árbol caído en los bajos, medio escondido por la orilla. Lane A. Dean Jr. y su novia, los dos llevaban vaqueros y camisas de botones. Estaban encima de la mesa y tenían los zapatos en el banco donde la gente se sentaba y celebraba picnics en sus momentos de ocio. Habían ido a institutos distintos pero al mismo centro de primer ciclo universitario y allí se habían conocido en los servicios espirituales del campus. Era primavera, la hierba del parque era muy verde y el aire estaba impregnado tanto de la madreselva como de lilas, lo cual resultaba casi excesivo. Había abejas, y el ángulo del sol hacía que el agua de los bajos se viera oscura. Aquella semana se habían producido más tormentas, que habían derribados árboles y habían hecho que sonaran las motosierras por toda la calle de sus padres. Los dos estaban sobre la mesa en la misma postura inclinada hacia adelante, con los hombros encorvados y los codos sobre las rodillas. En aquella postura, la chica se mecía ligeramente y en una ocasión se tapó la cara con las manos, pero no estaba llorando. Lane estaba muy quieto e inmóvil y se dedicaba a mirar más allá de la orilla, en dirección al árbol caído en los bajos y a su bola de raíces al desnudo que iban en todas direcciones y a la nube de ramas del árbol, todo medio hundido en el agua. El único otro individuo que había cerca estaba solo, a media docena de mesas bien espaciadas de donde estaban ellos y de pie. Mirando el agujero desgarrado del suelo donde el árbol había caído. Todavía era temprano y todas las sombras rodaban hacia la derecha y se acortaban. La chica llevaba una camisa de algodón a cuadros vieja y fina con botones de color perla y las mangas largas sin remangar y siempre olía muy bien y muy limpio, como esas personas en las que se puede confiar y a quienes se puede querer mucho aunque no estés enamorado. A Lane Dean le había gustado su olor desde el principio. A la madre de él le parecía que era una buena chica que tenía “los pies en el suelo” y le caía bien, la consideraba buena gente, se le notaba: lo dejaba ver en los detalles. Los bajos lamían el árbol desde direcciones distintas, casi como si lo estuvieran royendo. A veces, cuando estaba solo y pensativo o bien pugnando por contarle algún asunto a Jesucristo en sus oraciones, Lane se sorprendía a sí mismo metiéndose el puño en la palma de la otra mano y girándolo ligeramente, como si todavía estuviera jugando y dándose golpes en el guante para permanecer despierto y alerta y centrado. Ahora no lo hacía, sin embargo, seguir haciéndolo sería cruel e indecente. El individuo mayor estaba plantado al lado de su mesa de picnic, al lado de la misma pero sin sentarse, y también se lo veía fuera de lugar con su americana o chaqueta de traje y esa clase de sombreros de hombre mayor que el abuelo de Lane llevaba en las fotos cuando era un joven vendedor de seguros. Daba la impresión de estar mirando al otro lado del lago. Si se estaba moviendo, Lane no lo veía. Parecía más una pintura que un hombre. No había ningún pato a la vista.

Una de las cosas que Lane Dean hizo fue volver a asegurarle que la acompañaría y que estaría allí con ella. Era una de las pocas cosas seguras o decentes que podía decir. La segunda vez que lo repitió ella negó con la cabeza y soltó una risa infeliz que era más bien como soltar aire por la nariz. Su risa de verdad era distinta. Él se iba a quedar en la sala de espera, dijo ella. Sabía que él estaría pensando en ella y sintiéndose mal por ella, pero no podía entrar con ella. Aquello era tan obviamente cierto que él se sintió como un memo por haber estado dando la tabarra con el tema, y supo lo que ella había pensado cada vez que él lo había soltado, y se dio cuenta de que no la había reconfortado ni tampoco se había aliviado su carga para nada. Cuanto peor se sentía, más quieto se quedaba, allí sentado. Todo daba la impresión de estar precariamente apoyado sobre un cuchillo o un cable; si él se movía para levantar el brazo o tocarla, todo se podía desplomar. Se odiaba a sí mismo por estar tan petrificado en su asiento. Casi se podía visualizar a sí mismo andando de puntillas a través de explosivos. Unos pasos de puntillas exagerados y de aspecto estúpido, como en los dibujos animados. Toda la terrible semana anterior había sido así y eso no estaba bien. Él sabía que estaba mal, sabía que se requería algo de él y sabía que no era aquella terrible cautela petrificada, y sin embargo fingía ante sí mismo que no sabía que era lo que se requería. Fingía que era algo sin nombre. Fingía que era por ella que no decía en voz alta lo que él sabía que era lo correcto y la verdad, que era por consideración a las necesidades y sentimientos de ella. También trabajaba haciendo descarga y elección de rutas para UPS, además de ir a la facultad, pero después de lo que habían decidido juntos se había cambiado el turno con alguien para tener el día libre. Dos días antes, se había despertado muy temprano para intentar rezar pero no había sido capaz. Cada vez estaba más petrificado, o por lo menos esa era la sensación que tenía, pero no había pensado en su padre ni en la inexpresividad pétrea de su padre, ni siquiera en la iglesia, que tanta lástima le había dado en el pasado. Esa era la verdad. Lane Dean Jr. sintió el sol en un brazo mientras se formaba interiormente con la mano de algo que se iba volviendo más y más pequeño a medida que el tren se alejaba. Su padre y el padre de su madre tenían el mismo cumpleaños, eran los dos cancer. Sheri llevaba el pelo teñido de un rubio casi color del maíz, y muy limpio, y la piel de la raya en el medio se le veía rosa allí donde le daba el sol. Llevaban tanto rato allí sentados que ahora solamente tenían el lado derecho a la sombra. Él podía mirar la cabeza de ella, pero no a ella. Notaba las distintas partes de sí mismo desconectadas entre ellas. Sheri era más lista que él y los dos lo sabían. No solamente por los estudios, Lane Dean estudiaba contabilidad y empresariales y no le iba mal, iba tirando. Ella era un año mayor, tenía veinte, pero también era más… A Lane siempre le había parecido que se llevaba bien con su propia vida de una manera que no se explicaba simplemente con la edad. La Madre de él le había explicado diciendo que ella “sabía lo que quería” que era ser enfermera y no estar haciendo una carrera fácil en el Peoria Junior College. Además trabajaba de camarera  en el Embers y se había comprado el coche ella sola. Era seria de una manera que a Lane le gustaba. Tenía un primo que había muerto cuando ella tenía trece o catorce años, a quien ella quería y con quien había tenido una relación estrecha. Ella solamente había hablado del tema una vez. A él le gustaban su olor y el vello suave que tenía en los brazos y la forma en que soltaba una exclamación cuando algo la hacía reír. A él le había gustado el mero hecho de estar con ella y hablar con ella. Ella se tomaba en serio su fe y sus valores de una manera que a Lane le había gustado en el pasado pero que ahora, sentado con ella sobre aquella mesa descubrió que le daba miedo. Era espantoso. Estaba empezando a creer que tal vez él no se tomaba en serio su propia fe. Tal vez fuera un poco hipócrita igual que los asirios de Isaías, lo cual sería un pecado mucho más grave que la cita con la clínica; él había decidido  que se creía esto. Estaba desesperado por ser buena persona, por ser capaz de sentir todavía que era bueno. Hasta entonces no había pensado casi nunca en la condenación y en el infierno, aquella parte del asunto no apelaba a su espíritu, y cada vez que en los servicios religiosos salía a colación el infierno él se desconectaba y simplemente lo toleraba, igual que uno tolera el trabajo que está obligado a hacer para poder ahorrar. Las zapatillas de tenis de ella tenían muchos dibujitos que se dedicaba a hacer cuando se distraía en clase. Ella mantenía la cabeza gacha. Pequeñas notas o tareas de lectura hechas con bolígrafo Bic y con su caligrafía pulcra y redonda en las partes de goma que rodeaban el borde de la zapatilla. Lane A. Dean miró los pasadores para el pelo en forma de mariquitas azules que ella llevaba en los costados de la cabeza gacha. La cita con la clínica no era hasta la tarde, pero cuando había sonado el timbre tan temprano y la madre de él lo había llamado desde el piso de abajo, él lo había sabido, y una terrible vacuidad había empezado a invadirlo.

Él le dijo que no sabía qué hacer. Que sabía que si él era el vendedor de aquello y la estaba forzando a hacerlo, estaría espantosamente mal. Pero estaba intentando entenderlo, los dos habían rezado por el tema y lo habían hablado desde todos los puntos de vista. Lane le dijo que ella ya sabía lo mal que él lo estaba pasando, y que por favor le dijera si él se equivocaba al creer que había sido realmente una decisión conjunta de los dos lo de concretar la cita, porque él pensaba que sabía cómo se debía de haber sentido ella a medida que la fecha se acercaba más y más y también cuánto miedo debía de tener ella, pero que era incapaz de saber si era más que eso. Estaba totalmente quieto salvo por los movimientos de su boca, o esa era la impresión que daba. Ella no respondió. Que si necesitaban rezar más por aquello y hablarlo más, pues, caray, él estaba allí, y estaba dispuesto, dijo. Dijo que la cita con la clínica se podía aplazar, que solamente con que ella lo dijera podían llamar y retrasarlo y así tendrían más tiempo para estar seguros de la decisión. Todavía estaban al principio de la cosa, eso lo sabían los dos, dijo. Y era cierto, él se sentía así, y sin embargo también sabía que al mismo tiempo estaba intentando decir cosas que la hicieran abrirse y contestarle lo bastante como para que él pudiera verla y leerle el corazón y saber qué tenía que decir para conseguir que ella terminara por hacerlo. Él lo sabía sin admitir ante sí mismo que era aquello lo que quería, porque eso le convertiría en un hipócrita y un mentiroso. Él sabía, en algún recoveco confinado de su interior, por qué no había acudido a nadie para abrirse y buscar consejo vital, ni al pastor Steve ni a sus compañeros de oración de los servicios espirituales del campus, ni a sus amigos de UPS ni a la orientación espiritual que había disponible en la vieja escuela de sus padres. Sin embargo no sabía por qué Sheri tampoco había acudido al pastor Steve; era incapaz de leerle el corazón. Ella se mostraba inescrutable y cerrada. Él deseaba con fervor que todo aquello no hubiera sucedido nunca. Ahora tenía la sensación de saber por qué era un verdadero pecado y no una regla que había perdurado de la sociedad del pasado. Tenía la sensación de que aquella cosa lo había rebajado y lo había humillado y que ahora entendía y creía que las reglas tenían una razón de ser. Que las reglas estaban dirigidas a él personalmente, como individuo. Le había prometido a Dios que ya había aprendido la lección. Pero ¿qué pasaba si también aquello era una promesa vacía, hecha por un hipócrita que solamente se arrepentía de las cosas después, que prometía sumisión pero en realidad lo único que quería era el indulto? Puede que ni siquiera fuera capaz de conocer su propio corazón ni de leerse y conocerse a sí mismo. No paraba de pensar también en 1 Timoteo 6 y en los hipócritas de aquel paisaje que “disputaban meras palabrerías”. Sentía una terrible resistencia interior, pero no sabía qué era aquello a lo que se estaba resistiendo tanto. Esta era la verdad. Ninguno de los distintos enfoques y puntos de vista que habían entrado en juego en la decisión conjunta incluía para nada aquella palabra; porque si él la hubiera dicho una sola vez, si todo se habría transformado, habría sido solamente la posición o ángulo lo que cambiaba, pero ya sería distinta la cosa en sí por la que estaban rezando y sobre la cual estaban tomando una decisión conjunta. A veces habían rezado juntos por teléfono en una especie de lenguaje medio en clave, por si alguien levantaba por accidente otra extensión. Ella continuaba sentada como si estuviera pensando, en esa pose de pensar que era casi como la de la estatua aquella. Seguían sentados encima de la mesa. Él era quien estaba mirando más allá de ella, hacia el tronco del agua. Pero él no podía decir que la quería, porque no era verdad.

Y, sin embargo, tampoco se abría nunca y le decía directamente que no la quería. Tal vez aquella fuera su “mentira por omisión”. Tal vez fuera aquella la resistencia petrificada: porque si él la miraba a los ojos y le decía que no la quería, ella mantendría su cita con la clínica y acudiría. Él lo sabía. Algo dentro de él, sin embargo, una terrible debilidad o una falta de valores, no se lo quería decir. Él notaba como que le faltaba aquel músculo. No sabía por qué, simplemente era incapaz de hacerlo e incluso de rezar para hacerlo. Ella creía que él era bueno y que se tomaba en serio sus valores. Y si había una parte de él que parecía dispuesta a más o menos mentir a alguien que hacía gala de aquella fe y de aquella confianza, ¿en qué le convertía aquello? ¿Cómo podía rezar siquiera un individuo de aquella calaña? La sensación que aquello le producía era la de estar probando un poco de la realidad de eso que la gente llamaba el infierno. Lane Dean nunca había creído que el infierno fuera un lago de fuego ni un Dios lleno de amor que mandaba a la gente a un lago de fuego en llamas; él sabía en su corazón que esto no era verdad. En lo que él creía era en un Dios vivo de la compasión y el amor y en la posibilidad de una relación personal con Jesucristo, a través de quien ese amor se representaba en el tiempo humano. Pero allí sentado al lado de aquella chica que ahora le resultaba tan desconocida como el espacio exterior, esperando lo que fuera que ella pudiera decirle para deshacer su petrificación, ahora tenía la sensación de que podía ver el borde o el contorno de algo que podría ser una visión real del infierno. Era la visión de dos ejércitos enormes y terribles que estaban dentro de él, opuestos y enfrentados entre sí, en silencio. Habría batalla pero no vencedor. O bien nunca habría batalla: los ejércitos permanecerían así, inmóviles, mirándose entre ellos y viendo en el otro algo tan distinto y ajeno a sí mismo que no serían capaces de entender, no serían capaces de descifrar lo que decía el otro en forma de palabras ni tampoco de leer nada del aspecto de sus caras, de manera que seguirían igual de petrificados, enfrentados y sin comprender, durante todo el tiempo humano. Dividido, y en cualquiera de ambos casos, un hipócrita consigo mismo.

Cuando movió la cabeza, el sol arrancó un destello en la parte más lejana del lago; ahora el agua más próxima ya no era negra y se podía ver el interior de los bajos y también se apreciaba que el agua se movía solamente un poco, a un lado y a otro, y de esa misma manera suplicó regresar a sí mismo mientras Sheri movía la pierna y empezaba a volverse hacia él. Vio al hombre de traje y el sombrero gris plantado inmóvil en la ribera del lago, sosteniendo algo debajo del brazo y contemplando la orilla opuesta, donde había una serie de figuritas diminutivas sentadas en sillas de camping puestas en fila de una manera que significaba que tenían hilos en el agua para pescar la mojarra, que era algo que prácticamente solo hacían los negros del East Side, y la diminuta forma blanca que había al final de la fila era una cesta de espuma de poliestireno para guardar el pescado. En el momento o instante junto al lago que estaba justo por venir, Lane tuvo la sensación primero de que podía percibir todo esto en su conjunto; todo parecía nítidamente iluminado, puesto que la sombra del roble de los pantanos ya había cerrado su rotación circular y ahora estaban los dos al sol con sus sombras convertidas en una criatura de dos cabezas proyectada sobre la hierba que quedaba a la izquierda de ellos. Él volvía a estar mirando o escrutando el lugar donde las ramas del árbol caído parecían doblarse abruptamente justo por debajo de la superficie de los bajos cuando le fue dado saber que durante todo aquel silencio petrificado que tanto había despreciado, en realidad durante todo aquel tiempo había estado rezando, o por lo menos una pequeña parte de su corazón que él era incapaz de conocer o de oír había estado rezando, porque ahora recibió a modo de respuesta una especie de visión, lo que el llamaría más adelante para sus adentro una visión o un “momento de gracia”. No era un hipócrita, simplemente estaba quebrado y roto igual que todos los hombres. Más adelante, él creería que lo que le había pasado era que durante un momento había estado a punto de verlos a los dos como podría verlos Jesús: como dos seres que eran ciegos y sin embargo avanzaban a tientas, deseosos de complacer a Dios pese a su naturaleza innatamente caída. Porque en aquel mismo momento vio, rápido como una centella, el interior del corazón de Sheri, y le fue dado saber lo que iba a ocurrir allí mientras ella terminaba de volverse hacia él y el hombre del sombrero contemplaba a los pescadores y el olmo caído vertía sus células en el agua. Aquella chica con los pies en el suelo que olía bien y quería ser enfermera iba a cogerle una de sus manos con las dos de ella para deshacer su petrificación y obligarlo a mirarla a ella, y le iba a decir que no era capaz de hacerlo. Que sentía mucho no haberlo sabido antes, que no había tenido intención de mentir, que había aceptado porque quería creer que era capaz, pero no lo era. Que lo iba a llevar dentro e iba a tenerlo, que no le quedaba más remedio. Con la mirada clara y firme. Que la noche anterior se la había pasado entera rezando y buscando dentro de sí misma y que había decidido que aquello era lo que el amor exigía de ella. Que Lane tenía —por favor por favor cariño— que dejarla terminar. Que escuchara… que aquella era su decisión y que no lo obligaba a él a nada. Que ella sabía que él no la quería, no de esa manera, que lo había sabido desde el principio, y que no pasaba nada. Que así eran las cosas y que no pasaba nada. Que ella lo iba a llevar dentro y tenerlo y quererlo y que no le iba a pedir nada a Lane salvo sus buenos deseos y que respetara lo que ella tenía que hacer. Que ella lo liberaba de toda responsabilidad y confiaba que él terminara sus estudios en el Peoria Junior College y en que le fuera bien en su vida y solamente experimentara placeres y cosas buenas. La voz de ella sería clara y firme, y estaría mintiendo, porque Lane había recibido el don de leerle el corazón. De verla. Uno de los negros de la otra orilla levantó el brazo tal vez a modo de saludo, o bien para alejar a una abeja. Se oía una podadora cortando césped en algún lugar lejano por detrás de ellos. Sería una jugada terrible a vida o muerte, nacida de la desesperación que había en el alma de Sheri Fisher, del hecho de saber que no podía hacer aquella cosa de hoy ni tampoco llevar un embarazo ella sola y avergonzar a su familia. Sus valores le impedían ambas cosas. Lane se daba cuenta, y tampoco le quedaban más opciones ni margen de decisión, aquella mentira no era pecado. Gálatas 4,16: “¿Acaso me he convertido en tu enemigo?” Ella estaba jugándoselo todo a la carta de que él era bueno. Allí en la mesa, ni petrificado ni tampoco moviéndose, Lane Dean Jr. vio todo aquello y lo conmovió la piedad y también algo más, algo carente de nombre que él supiera, algo que no se le había ocurrido ni una sola vez durante toda la larga semana de pensar y estar dividido. ¿Por qué estaba él tan seguro que no la quería? ¿Por qué era distinta aquella forma en concreto del amor? ¿Y sí él no tenía ni la más remota idea de qué era el amor? ¿Y qué haría Jesucristo? Porque justo ahora sintió las dos manos suaves, pequeñas y fuertes de ella sobre la suya, conminándolo a que se volviera. ¿Y si simplemente tenía miedo? ¿Y si la verdad no era más que aquello? ¿Y si no era para pedir amor para lo que hacía falta rezar, sino simplemente para pedir valor, valor para mirarla a los ojos mientras ella lo decía y confiaba en el corazón de él?

 

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Jonathan Franzen y David Foster Wallace en la fiesta de lanzamiento de La broma infinita, 1996. Foto Marina Garnier.

David Foster Wallace (21 de febrero de 1962 — 12 de septiembre de 2008) fue un escritor estadounidense, muy conocido por su novela La broma infinita (Infinite Jest, 1996), considerada por la revista Time como una de las 100 mejores novelas en lengua inglesa del período comprendido entre 1923 y 2006. David Ulin, editor de libros para Los Angeles Times, calificó a Wallace como uno de los escritores más influyentes e innovadores de los últimos 20 años.

La influencia de su trabajo en la cultura norteamericana actual es bastante considerable. Varios de los guionistas de series norteamericanas muy populares  como Rick and Morty, Community, Parks and Recreation o Bojack Horseman se han declarado decisivamente influidos por el trabajo de Foster Wallace. Parte de esa influencia se debe también a su famoso ensayo E Unibus Pluram, publicado originalmente en 1993 en The Review of Contemporary Fiction. En este ensayo Foster Wallace proponía que:

“Los próximos «rebeldes» literarios verdaderos de este país podrían muy bien surgir como una extraña banda de antirrebeldes, mirones natos que, de alguna forma, se atrevan a retirarse de la mirada irónica, que realmente tengan el descaro infantil de promover y ejecutar principios carentes de dobles sentidos. Que traten de los viejos problemas y emociones pasados de moda de la vida americana con reverencia y convicción. Los nuevos rebeldes pueden ser artistas que se expongan al bostezo, a los ojos en blanco, a la sonrisita de suficiencia, al golpecito en las costillas, a la parodia de los ironistas y al «Oh, qué banal». A las acusaciones de sentimentalismo y melodrama.”

Una gran cantidad de artistas emergentes o de culto en este momento son englobados como esos nuevos rebeldes e influidos por las ideas de Wallace. Algunos de ellos son los norteamericanos Tao Lin, Steve Roggenbuck, Jonathan Safran Foer o Jonathan Franzen.

Luego de haber sufrido de depresión durante buena parte de su vida, decidió acabar con su vida el 12 de Septiembre de 2008. Se le han hecho homenajes en todo el mundo y su libro Entrevistas breves con hombres repulsivos fue llevado al cine en 2009, con la participación del reconocido actor John Krasinski.

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