Vallejo en París: ¿La última entrevista a César Vallejo?

A finales de 1937 o inicios de 1938 —no se tiene precisión en la fecha— se reunieron en un célebre café de París, por un lado el escritor español y funcionario de la embajada republicana en París; Antonio Ruiz Vilaplana, y por otro lado; el poeta peruano César Vallejo. El asunto: realizar una entrevista guiada por los impulsos del entrevistador y los escritos del poeta: “Todas las preguntas las debería él de contestar usando sus escritos. Yo, por mi parte, debería preguntar sin tener preparado ningún cuestionario”.

El resultado de este ejercicio es probablemente una de las entrevistas más impresionantes a Vallejo, llena de imágenes que evocan a Picasso, el dadaísmo, la guerra española, Eisenstein y muchos personajes más, rastreada casi 60 años después de haber sido realizada, y recopilada en el libro Vallejo al café; entrevistas ilustraciones y cronología, de donde recogemos la entrevista. 

Dos datos curiosos se puede reconocer en esta conversación: la entrevista es realizada probablemente en los últimos meses de vida del poeta César Vallejo en Montparnasse, lugar al que finalmente se destinó el cuerpo del poeta, enterrado hasta el día de hoy.

Además, Antonio Ruiz Vilaplana escribió el libro Doy fe, un estremecedor testimonio de cuando fue secretario judicial en Burgos, durante el alzamiento militar franquista. En estos documentos se refirió a la terrible represión ejercida en la ciudad y sus alrededores en los primeros meses de la contienda, de donde escaparía para publicar estos testimonios en París, 1937. En Doy Fe , Vilaplana hablaría de Pedro Rojas, ferroviario de Miranda de Ebro, al que le hallaron en los bolsillos una cuchara y un papel en el que trataba de advertir al resto de los compañeros de la demencia desatada, personaje del que hablaría más tarde César Vallejo —«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»— en el capítulo tres de su famosa obra póstuma España, aparta de mí este cáliz. Compartimos la entrevista a continuación.

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Ilustración de César Vallejo, por Pablo Picasso, año 1938 (meses después de la muerte del poeta).
Ilustración de César Vallejo, por Pablo Picasso, año 1938 (meses después de la muerte del poeta).

Vallejo en París

Intuyó González Ruano a Vallejo como si “duros y picudos soles le [hubieran] acuchillado el rostro hasta dejarlo así: finalmente racial, como el de un caballero criollo del Virreynato, […]. Este hombre, muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo, cuya risa tortura en cicatrices el rostro, habla con la misma precisión que escribe”. Habría que añadir que la nariz no es exactamente como dice don César, sino débilmente afilada. Jamás vi a César Vallejo con presencia desaliñada, aunque en ocasiones, abandone sobre la silla su chaqueta y desabotone su camisa. Mi relación con Vallejo data de meses, aunque bien se puede afirmar que vividos con tal intensidad, dadas las dramáticas circunstancias en las que España se encuentra, que tengo la impresión de conocerle desde hace mucho más tiempo. El cargo que ocupo en la embajada republicana en París me permite tratar con todos los intelectuales antifascistas que siguen con enorme intensidad el desarrollo de la guerra. César Vallejo es uno de ellos. El más asiduo y ansioso. Para él la guerra de España significa algo de muy difícil catalogación. No es sólo una contienda fratricida sino la lucha de lo mejor contra lo peor del género humano. Hace días quedamos en encontrarnos en Le Dome (“Mallarmé” le llama Vallejo) y sólo puso una condición para acceder a esta entrevista. Todas las preguntas las debería él de contestar usando sus escritos. Yo, por mi parte, debería preguntar sin tener preparado ningún cuestionario. “Dejándose llevar por la emoción del momento”, me había dicho. Mi educación desde que ingresé en el año 1928 por oposición en el Secretariado Judicial es ajena a improvisaciones. Pero Vallejo tiene tal capacidad de convicción y pone tanto amor en las cosas que una negativa por mi parte hubiera sido interpretada como un acto de descortesía. Y nada más alejado de mi ánimo que ofender lo más mínimo a Vallejo. Así que acepté sus presupuestos y he de confesar que conforme transcurría la conversación, cada vez con mayor alegría, ya que me ha permitido conocer unos textos que no sé bien si alguien más alcanzará a leer.

Sintomáticamente, sin saber muy porqué, le pregunto:
-¿Qué es para usted la historia?
Vallejo busca en su voluminosa carpeta y sobre un poco de café que ha pedido. Finalmente me lee:

-Hay gente a quienes les interesa Roma, Atenas, Florencia y otras ciudades antiguas, no por su pasado -que es lo estático e inmóvil-, sino por su actualidad -que es movimiento viviente e incesante. Para estas gentes, la obra del Greco, los mantos verdes y amarillos de sus apóstoles, su casa, su cocina, su vajilla, no interesan mayormente. ¡Qué les importa la catedral primada de Toledo, con sus cinco puertas, sus siete siglos, sus frescos claustrales, su coro de plata y su encantada capilla mozárabe! ¡Qué más les da la Posada de la Sangre, donde Cervantes escribiera La ilustre fregona! La historia en texto, en leyenda, en pintura, en arquitectura, en tradición, les deja a tales transeúntes en la más completa indiferencia.

Mientras el guía les explica en el puente de Alcántara, la fecha y circunstancias de su construcción, he aquí que uno de los turistas se vuelve como escolar desaplicado y se queda viendo a un viejo toledano, que a la sazón entra, montado en un burro, a su casa. El viejo se apea trabajosamente, en mitad de su sala de recibo. ¡Ah! … bufa el viejo y empieza a llamar a voces al guardia de la esquina para que le ayude a desensillar el burro. Esto sucede en la calle que lleva por nombre “Travesia del Horno de los Bizcochos” o en aquella otra, un poco más ardua, que se llama “Bajada al Corral de don Pedro”.

Tal vez para reflexionar, Vallejo pide un nuevo café acompañado en este caso de una copa de coñac. La mirada con la que observa al garcon resume sus sentimientos. Pareciera que quisiera bañarlo en un halo de ternura sin límite y de agravios dolorosos, como si le dijera que ahora mismo en el mundo los dos realizaban el mismo papel con distintas interpretaciones. Vallejo ahora le pedía el café y el coñac, y él se lo servía, para más tarde, ser Vallejo el camarero y él a quien sirviera. Continuó leyéndome:

Estas escenas son las que interesan a ciertas gentes: la actualidad histórica de Toledo y no su pasado. Quieren sumergirse en la actualidad viajera, que a la postre, es la refundición y cristalización de la historia pasada. Ese viejo, montado en su burro, resume en un bufido al Greco, la Catedral, el Alcázar, la Mezquita, la Fábrica de Armas. Es una escena viva y transitoria del momento, que sintetiza, como una flor, los hondos fragores y las faenas difuntas de Toledo.

Lo mismo puede afirmarse de todas las ciudades antiguas, ruinas y tesoros históricos del mundo. La historia no se narra, ni se mira, ni se escucha, ni se toca. La historia se vive y se siente vivir.

Ansioso de demostrarle que no llevaba preparado ningún cuestionario, le pregunto:

R. V. –¿Cuándo empieza todo?
C. V. –Todo empieza por el principio.
Anonado inquiero, intentando dejarle sin respiración:
R. V. –¿Qué ama más de las plantas?
Pero es inútil:
C. V. –Yo amo a las plantas por su raíz y no por la flor.

Por las cristaleras de Le Dome un aire tibio nos rodea. Casi sin querer, olvidándome por un instante de la tragedia en que España se encuentra digo “Es bonita la vida”. Vallejo busca entre sus papeles y con una risa fraterna me mira y lee:

Si no ha de ser la bonita la vida, / que se lo coman todo.

R. V. –¿Qué siente en este momento?
C. V. –Je m’aperçois bien qu´en ce moment on mange dans mon coeur.
R. V. –¿Y …?
C. V. –Siento cómo crecen mis uñas. Siento cómo crecen mis barbas en sueño. Hace un frío teórico y práctico.
R. V. –¿Cúal es la diferencia entre el arte y la naturaleza?
C. V. –La naturaleza crea la naturalidad de la sustancia. El arte crea la eternidad de la forma.
Otea la mesa, para añadir después:
Las artes (pinturas, poesía, etc.) no son sólo éstas. Artes son también comer, beber, caminar: todo acto es un arte…

Me mira como buscando complicidad y con una sonrisa irónica me dice:
Resbalón hacia el dadaísmo.

R.V. –¿Qué es la amargura?
C.V. –Mi amargura cae en jueves.
R.V. –¿Qué persigue ahora?
C.V. –Una nueva poética: transportar al poema la estética de Picasso. Es decir: no entender sino a las bellezas estrictamente poéticas, sin lógica, ni coherencia, ni razón. Como cuando Picasso pinta a un hombre y, por razones de armonía de líneas o de colores, en vez de hacerle una nariz, hace en su lugar una caja o vaso o naranja.
Yo quiero –me sigue leyendo– que mi vida caiga por igual sobre todas y cada una de las cifras (44 Kilos) de mi peso.
Mi metro está midiendo dos metros; mi kilo pesa una tonelada.
No es poeta el que hoy pasa insensible a la tragedia obrera. Paul Valéry, Maeterlinck, no son.
R.V. –¿Cuál es la diferencia entre un hombre y un animal?
C.V. –Al animal se le guía o se le empuja. Al hombre se le acompaña paralelamente.
R.V. –¿Qué es la revolución?
C.V. –Existen preguntas sin respuestas, que son el espíritu de la ciencia y el sentido común hecho inquietud. Existen respuestas sin preguntas, que son el espíritu del arte y la conciencia dialéctica de las cosas.
R.V. –¿Realmente, cómo explica al ejército rojo?
Vallejo ahora mira hacia adentro. Revisa sus escritos una vez más y me lee, después de apurar el coñac que quedaba en su copa:
C.V. –Un hombre cuyo nivel de cultura –hablo de la cultura basada en la idea y la práctica de la justicia, que es la única cultura verdadera– un hombre, digo, cuyo nivel de cultura está por debajo del esfuerzo creador que supone la invención de un fusil, no tiene derecho a usarlo.
R.V. –¿Qué ha producido la América de habla española?
C.V. –Cuánto de intelectual se ha producido en América con posteridad a la colonización española, inclusive la poesía de Gabriela Mistral, no ofrece más que un mediocre interés para Europa. Toda la producción hispanoamericana –salvo Rubén Darío, el cósmico– se diferencia poco o casi nada de la producción exclusivamente española.

La versión que hay que hacer es de obras rigurosamente indo-americanas y precolombinas. Es allí donde los europeos, podrán encontrar algún interés intelectual, un interés, por cierto, mil veces más grande que el que puede ofrecer nuestro pensamiento hispanoamericano. El folklore de América, en los aztecas como en los incas, posee inesperadas luces de revelación para la cultura europea. En artes plásticas, en medicina, en literatura, en ciencias sociales, en lingüística, en ciencias físicas y naturales, se puede verter inusitadas sugestiones, del todo distintas al espíritu europeo. En esas obras autóctonas si tenemos personalidad y soberanía, y para traducirlas y hacerlas conocer no necesitamos de jefes morales ni patrones.

Introspectivamente observo a Vallejo y le pregunto por lo que en ocasiones él llama “literatura de puerta cerrada” y también de “pijama”.

R. V. –Vallejo, ¿quiere decirme qué significan estas expresiones?
Le miro de frente aceptando ya que le pregunte lo que le pregunte, él tirará de sus escritos y encontrará alguna respuesta.
C. V. –El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida.
La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones contrarias de la realidad, nada de esto sucede personalmente al escritor de puerta cerrada. Producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas, hacia una célula estéril y neutra de museo. Es una momia que pesa, pero no sostiene.

Frente a esta literatura de pijama, que como el aire confinado de las piezas cerradas tiende actualmente hacia arriba, pero para evaporarse, también, como ese aire, muy pronto se agolpa ante los pulmones naturales del hombre, la inmensidad de la vida. Y mientras se puja para sacar un nuevo símbolo poético, el equipo francés de rugby vence, bajo el cielo y con el sudor del músculo, al equipo británico en Colombes.
La vida ha de desquitarse por algún lado.

R. V. –¿Qué sintió la primera vez que fue a España, allá, creo, por 1925?
C. V. –Al revés de lo que ocurrió a Wilde –me lee, mientras yo picado por la curiosidad descubro que se trata de un trabajo titulado “Entre Francia y España”– la mañana en que iba a morir en París, a mí me ocurre amanecer en la ciudad, siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo; estoy en el mundo con el mundo, en mí mismo conmigo mismo: llamo e inviolablemente me contestan y se oye mi llamada: salgo a la calle y hay calle; me pongo a pensar y hay siempre pensamiento. Mas ahora no. Heme por fin libre de calles, de rieles, esquinas, telégrafos, torres, teatros, periódicos, escritores, hoteles, peine, jabón, de todo esto que, de una u otra manera, es camino; heme libre hasta de pensamientos. Sí –ah, mi querido Vicente Huidobro– , no he de transigir nunca con usted en la excesiva importancia que usted da a la inteligencia en la vida. Mis votos son siempre por la sensibilidad.
R. V. –Hace tan sólo unas semanas estuvo de nuevo en España. Concretamente en Valencia. ¿Qué es ahora España?

Me mira con lluvia desde su mirada. España le sobrecoge el alma y casi me arrepiento de recordarle su tragedia en estos momentos tenues en los que ya anochecido existe en Montparnasse, curiosamente, una extraña calma. Sé bien que Vallejo en este momento ya no está en París. Con fluida dejadez me lee:

C. V. –Se ha hablado, sin duda, del “soldado desconocido” del héroe anónimo de todas las guerras. El drama más hondo y agudo del soldado en 1914, la tragedia que concreta y resume todas las disyuntivas del destino, no es la que emanaba del dolor y del peligro del combate, sino del drama del deber, la tragedia de su inexorabilidad. En las horas críticas del peligro, ya no sabe el combatiente por qué lucha; un solo problema y una sola preocupación le obseden: cumplir con su deber, evitando, en lo posible, el dolor y la muerte. Y es así que trata de encauzar su arrojo en el sentido de alcanzar el máximo de ofensiva con el mínimo de sacrificio. Táctica enseñada o resultante de resortes educativos remotos, ello es que ésta es la norma de conducta de un soldado.

El heroísmo del soldado del pueblo español brota, por el contrario, de una impulsión espontánea, apasionada, directa del ser humano. Es un acto reflejo, medular, comparable al que él mismo ejecutaría, defendiendo, en circunstancias corrientes, su vida individual.

Los primeros meses, señaladamente, de la guerra española reflejaron este acento instintivo, palpitante de prístina pureza popular, que hiciera exclamar a Malraux: “En este instante, al menos, una revolución ha sido pura para siempre”.

(Tengo la impresión de que Vallejo me lee de forma parecida a cómo debió de escribir su trabajo. Sin perder su proverbial seriedad, la tristeza se le vuelve un poco más blanda, como si quisiera acariciar a España).

Hombres y mujeres se lanzaban por las rutas de Somosierra y de Extremadura, en un movimiento delirante, de un desorden genial de gesta antigua, al encuentro de los rebeldes. Un estado de gracia –así podríamos llamarlo– pocas veces dado a pueblo alguno en la historia y sí muy explicable en la naturaleza sensible, directa y como adánica del pueblo español, hizo posible que este pueblo recibiera desde el primer momento, certeramente, los objetivos reales de la insurrección fascista, que eran los de acabar en España con los pocos derechos recientemente conquistados por las clases laboriosas, para luego extender al resto del mundo el imperio de la fuerza al servicio de la reacción organizada. De ahí que, al solo anuncio de esta agresión en carne viva a sus más caros y entrañables intereses, la masa popular no espera, para contrarrestarlo, la iniciativa siempre lenta y papelista del Gobierno y ni siquiera las arengas y llamamientos de la prensa y de los partidos del pueblo; en fin, nada de lo que pudiera suscitar en ella la noción y el sentimiento del deber, sino que se echa huracanadamente a la calle, exige armas y toma la delantera en la ofensiva, arrastrado a remolque suyo los cuadros dirigentes y sectores oficiales a los que, hasta ahora, en conflictos parecidos, ha tocado tradicionalmente la iniciativa y el impulso original.

(Vallejo ha leído golpe, como viviendo los momentos que en Madrid le hicieron exclamar: “El día de mayor exaltación humana que registrará mi vida, será el día en que he visto Madrid en armas, defendiendo las libertades del mundo”. No quiero interrumpir su lectura, pues a todas luces él quiere continuar).

Al origen de las expediciones más populares de los griegos, ciertos factores psicológicos y políticos especiales restan frenesí multitudinario al movimiento bélico. Cabeza de éste es siempre un gran hombre, legislador, tribuno o general, amén de que la decisión del pueblo de hacer la guerra es habitualmente el resultado de debates, sumarios, es verdad, pero desenvueltos dentro de ese rigor dialéctico académico, propio de una sociedad apolínea. (Lo dionisíaco estuvo siempre desterrado de la República). En cuanto a la muchedumbre romana, la elocuencia de los tribunos populares la mantuvo siempre domesticada y con llave en la antesala del Foro, cuando no la maculaba el apetito del botín en perspectiva. Pasando, finalmente, a las guerras de Francia y de Rusia, baste recordar que ellas se hicieron al impelente grito de los Marat y de los Lenin y en el clima creado de antemano por jacobinos y bolcheviques.

En la España de 1936 no se descubre al origen del empuje guerrero del pueblo hombre alguno de talla, orador, general u organizador; los trabajadores que se lanzan a la toma del cuartel de la montaña o del de Atarazana no han celebrado antes junta alguna tribunicia en las plazuelas, ni salen de catacumbas de conspiración en que han ardido lenguas de iluminados a cuya vibración fuera tocada con la sagrada chispa el alma de las masas.

Desde estos puntos de vista, la epopeya popular española es única en la historia.

Ahora, los dos no sabemos muy bien como continuar. Nuestra España se ha sentado en las sillas de Le Dome y nosotros querríamos abrazarlas. Sé bien que Vallejo no va a romper el silencio, porque éste es silencio sonoro. Lo mejor será cambiar de tema y pedir otro coñac. Llamo al garcon y le pido. Vallejo asiente ante la oferta. Encendemos unos cigarrillos y entre las volutas le pregunto para sacarlo del ensimismamiento, ¿Y Eisenstein? Lentamente toma su libro Rusia en 1931 y me lee:

Lo que trae Eisenstein es una estética del trabajo (no una estética económica, que es una noción disparatada y absurda). El trabajo se erige así en sustancia primera, génesis y destino sentimental del arte. Los elementos temáticos, la escala de imágenes, el decoupage, la cesura de la composición. Todo en la obra de Eisenstein parte de la emoción del trabajo y concurre a ella. El trabajo, el gran recreador del mundo, el esfuerzo de los esfuerzos , el acto de los actos. No es la masa lo más importante, sino el movimiento de la masa, el acto de la masa, como no es la materia matriz de la vida, sino el movimiento de la materia (desde Heráclito a Marx). El trabajo es el padre de la vida, el centro del arte. Las demás formas de la actividad social no son más que expresiones específicas y diversificadas del acto primero de la producción económica: el trabajo. Eisenstein, que va a llevar en estos días a la pantalla la teoría del materialismo histórico, se ha ceñido en La línea general y en El acorazado Potemkin al leit-motiv del trabajo, movilizando, para realizarlo, el aparato social entero: el Estado –recaccionario y revolucionario–, el ejército, el clero, la burocracia, la marina, la burguesía, la nobleza, el proletariado, la fábrica, el agro, la ciudad, el tractor, el aeroplano, la riqueza, la miseria. Porque estos diversos factores sociales no son más que creación del trabajo. Sin él, la sociedad humana es imposible.

Vallejo ha bebido de golpe su coñac. Y sin saber muy bien por qué, los dos sabemos que ahora nos vamos a sumergir en la tristeza. Las noticias de España que han llegado de mañana y que le comuniqué antes de nuestra conversación, no eran muy alentadoras. Le he comunicado la muerte en la guerra de Julio Gálvez, sobrino de su gran amigo Antenor Orrego, y que con él partiera desde el puerto de El Callao en aquel lejano año de 1923. La familia de Negrín ya ha salido de España, así como la de otros dirigentes políticos. Los dos sentimos una profunda soledad.

El poeta peruano César Vallejo.
El poeta peruano César Vallejo.

César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, 16 de Marzo de 1892- París 15 de Abril 1938) Considerado el poeta más importante de la literatura peruana. Escribió Los Heraldos Negros, Trilce, Escalas Melografiadas, El Tungsteno,  Rusia en 1931, Poemas Humanos, España aparta de mí este  cáliz, entre otros.

En 1923, luego de publicar Escalas Melografiadas en Lima, decide viajar a Europa para instalarse finalmente en París (sin imaginar que no regresaría jamás a Perú). Allí inicia amistad con escritores como Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Tristan Tzara. Conoce a quien sería su esposa: Georgette Filippart y produce sus más grandes obras hasta que fallece un viernes 15 marzo -viernes santo- de 1938, víctima de la reactivación de un paludismo (malaria) que sufrió de niño.

Su cuerpo fue enterrado en el cementerio Montrouge pero el 03 de abril de 1970 su viuda Georgette Filippart decide trasladarlo al cementerio de Montparnasse, donde reside hasta el día de hoy. Escribiendo Georgette en su epitafio: He nevado tanto para que duermas.

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