12 consejos de Augusto Monterroso para escritores

Cuando ya era considerado el maestro del relato breve y la minificción, y habían pasado casi 20 años desde la publicación de El Dinosaurio —su relato breve más popular, publicado en Obras completas (y otros cuentos)— Augusto Monterroso publica la novela Lo demás es silencio.

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Una crónica sobre la vida y obras del escritor ficticio Eduardo Torres, que incluía ensayos sobre el Quijote, Góngora, cartas a editores, testimonios de amigos y colegas, dibujos de animales para celebrar el Día mundial del animal viviente, refranes, su propia biografía, y muchas cosas más.

Y donde se encontraba el Decálogo del escritor una lista de 12 consejos escritas por Eduardo Torres, donde el autor daba la posibilidad al lector de suprimir dos consejos y aceptar los 10 que más le simpatizaban.

Lo demás es silencio se convertiría en la primera y única novela de Augusto Monterroso, un libro que juega todo el tiempo y un documento muy interesante para acercarse al Monterroso más allá del relato breve y la minificción.

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Portada de Lo demás es silencio, de Augusto Monterroso. Editorial Plaza & Janés.

 

Decálogo del escritor

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

 

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Los escritores Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso.

Augusto Monterroso Bonilla (Tegucigalpa, Honduras, 21 de diciembre de 1921 — Ciudad de México, 7 de febrero de 2003) fue un escritor hondureño, considerado el maestro moderno del relato breve.

Aunque nació en honduras, pasó su infancia y adolescencia en Guatemala, país que consideró clave en su etapa de formación, y donde se nacionalizó años después.

Ha escrito Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra y demás fábulas, Movimiento perpetuo, Lo demás es silencio, Viaje al centro de la fábula, La palabra mágica, Los buscadores de oro, Pájaros de hispanoamérica, entre otros.

Ha recibido los premios Magda Donato 1970, Premio Xavier Villaurrutia 1975, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances México 1996 y en el año 2000 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, donde el jurado menciona:

«su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor. (…) Su obra narrativa ha transformado el relato breve».

Quizá su relato más popular es El dinosaurio: 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Considerado durante mucho tiempo el microrrelato más breve de la literatura universal. Se ha hablado mucho sobre los misterios y posibilidades de historias que pueden derivarse de este relato, que tiene incluso una edición crítica por Lauro Zavala titulada El dinosaurio anotado.

Monterroso fallece el 07 de febrero de 2003, a causa de un paro cardiaco, en Ciudad de México.

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Escribir es una de las ramas del arte que vuela de acuerdo con la mente, el sentimiento, el conocimiento de lo que quieres decir. Pero lo mas inportante son los que estan consustanciados con tu mensaje. Sean miles, cientos, o uno solo. Si tú me leyeras y comprendieras mi escrito, aún si fueras el unico que lo hace en este mundo, Yo seria feliz. No estaria solo en mi universo.
Recuerdo yo tenia un amigo con ciertas deficiencias mentales, y ademas era un niño criado en la calle, en mi pueblo natal lo llamaban Lorenzo. El pretendia llegar a la comunidad a traves de sus escritos. Y en una oportunidad sabiendo que yo era adicto a las letras me invito a la vieja parada de micros de mi pueblo Sanrafaelino, donde el reunio a seis o siete vagabundos como el, que rodaban por allí. Donde me pidio que les recitara algunas de mis poesias, a lo que accedí gustosamente. Cuando termine mi recital no pude ver en los rostros de los allí presentes ninguna expreción ni de aceptación ni de desacuerdo, nada. Seguidamente Lorenzo saco un sucio papel del saco que le regalaron en una sastrería cercana llamada Campo, y comenzó a leer un escrito que pretendia ser una poésia dedicada a su padre. Y ante mis hojos vi cambiar la expreción apatica de los allí reunidos. Los que con gestos y aplausos asistieron a su Poéta.