Una vida con luz negra: las cartas de Caicedo antes de morir

[Artículo por: Jesús Lévano] [Agradecimientos especiales: Crhistian Bafomec]

Viernes 04 de Marzo de 1977. En Cali, Colombia, el joven escritor Andrés Caicedo, luego de recibir por correo el libro impreso de su primera novela ¡Que viva la música! y luego de tener una discusión con su pareja Patricia Restrepo, decide quitarse la vida ingiriendo intencionalmente 60 pastillas de secobarbital, culminando con su vida y su carrera literaria a los 25 años de edad.

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Sin embargo este fatídico acto, en vez de truncar la carrera del prometedor escritor —que también era un apasionado del cine y el teatro— no hizo más que impulsar la divulgación de su obra, reunida por familiares y amigos, mostrando grandes cantidades de páginas inéditas que se reunieron en conjuntos de cuentos, novelas, críticas de cine y más, convirtiéndolo actualmente en una de las voces más originales de la literatura colombiana y un autor de culto en todo el continente.

En el año 2007, a 30 años del fallecimiento del escritor, la editorial Norma —en colaboración con los familiares de Andrés Caicedo— publicó el libro El cuento de mi vida (memorias inéditas), una selección de archivos personales del escritor, donde se encontraban diarios, fotografías y dos impactantes cartas, escritas el mismo día de la muerte de Caicedo, dirigidas a Miguel Marías, amigo y corresponsal de la revista Ojo al cine en Madrid, y a Patricia Restrepo, su novia.

Cartas conmovedoras que nos muestran lo que pasaba por la cabeza del escritor instantes antes de tomar la decisión que acabaría con su vida, y que esperaron tres décadas en mostrarse, debido al luto de sus familiares, quienes tomaron esa decisión.

En el prólogo al libro, la hermana de Andrés, Victoria Caicedo, comenta:

Cuando Andrés murió, la vida de nuestra familia se dividió en dos. Treinta años después las tres hermanas —Vickie, Pilar y Rosario— podemos decir claramente dónde estábamos el día de la noticia, qué hicimos para tratar de proteger a nuestros padres de ese dolor tan intenso, y cómo lo manejamos nosotras mismas. Aunque Andrés ya no vivía en casa de mis padres, la mayoría de sus cosas —libros, manuscritos, cuentos, afiches, guiones, casetes de música, revistas, diarios— estaban en el cuarto que siempre mantuvo y que lo esperaba para sus múltiples regresos. Cuando alguien muere, uno de los procesos más dolorosos para las familias es el arreglo de las pertenencias de quien ya no está, y mi mamá, una mujer tremendamente fuerte y práctica, pero a quien la vida termina por doblegar ante la desaparición de sus hijos, optó por guardar todo en unos arcones y baúles, colocarlos en el sitio que había sido el cuarto de Andrés, y les puso candado.

A su muerte sólo tenía un libro publicado ¡Que viva la música! Hoy tiene cinco, con traducciones en otros idiomas y sus obras se encuentran en todos los países de América Latina. La pregunta lógica es ¿qué pasó? Mi papá, en un proceso solitario y muy valiente, un día cualquiera abrió los baúles y dedicó el resto de su vida a clasificar su obra y a descubrir poco a poco a su hijo Andrés. Sus amigos —esos’pocos buenos amigos’— fueron parte crucial en el proceso cuyo resultado ha sido la divulgación de su obra, el ‘culto’ que se ha creado sobre su vida, y el estudio juicioso que entidades académicas han heho sobre su trabajo literario.

Sin embargo, hubo unas piezas —sus diarios— que yo rescaté de la casa de mis padres tratando de que no las leyeran, y las guardé celosamente durante treinta años. Siempre estuvieron en mi mesa de noche y fueron objeto obligado de lecturas y relecturas; cuando Rosario venía a Colombia las compartíamos, rebotábamos recuerdos, y las volvíamos a guardar, hasta que comenzamos el proceso de clasificación artesanal para la entrega a la Biblioteca Luis Ángel Arango de la llamada Colección Andrés Caicedo y los diarios cobraron vida.

Son cuatro cuadernos argollados, escritos de su puño y letra, ya un tanto desdibujados y con el amarillo del tiempo. Por la claridad de la letra uno puede fácilmente captar si cuando los escribía estaba en una “torcis” —así la llamaba— o si estaba en sus días buenos. En el verano del 2006 tuvimos varias reuniones con la editora, María Elvira Bonilla, quien a su vez lo conoció cuando niña; leímos los textos en voz alta, hicimos una selección de lo que denominábamos inicialmente su “recta-final”, les creamos un hilo conductor, revolvimos álbumes de fotos de la familia para ilustrarlos. Incluímos dos cartas finales: una, la que le escribe a su amigo Miguel Marías, corresponsal de la revista Ojo al cine en Madrid, en respuesta a una suya, recibida el 04 de marzo de 1977. Esta carta se encontraba en el rodillo de la máquina de escribir. La otra es una carta final a Patricia, que siempre guardó Pilar y que recogió de la mesa del comedor del apartamento de Andrés el día de su muerte. Ese es el libro que ustedes tienen en su mano.

Compartimos ambas cartas finales anotando lo siguiente sobre la primera carta: los números al lado de las películas mencionadas por Andrés Caicedo, pertenecen a su calificación personal de las películas, del 1 al 5, según sus propios criterios.

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Portada de El cuento de mi vida, de Andrés Caicedo. Editorial Norma, 2007.

Carta a Miguel Marías

Cali, 4 de marzo de 1977

Querido Miguel:

Te respondo a vuelta de correo, y con una prisa demente, pues mi mujer se acaba de ir (una vez más, y nunca sé para dónde), vengándose de algo que le he hecho y que ignoro. Me alegra tu carta. No vaciles en escribir (favorablemente) sobre Taxi Driver, ya que la revista se va a demorar un poco más de lo que pensamos. Este año no voy a Cartagena, y aunque en El pueblo, no me aceptaron el presupuesto que pasé por la corresponsalía, y yo no le voy a trabajar gratis a los millonarios. Tampoco lo lamento mucho. Considero que realizo un acto de rebeldía. Espero también (ansiosamente) tu crítica a Family Plot, como se te dé la gana hacerla. Acepto alargues Alfredo García y que hables de Killer Elite, y, de ser posible, referencias a sus primeros films: para ver si podemos meter al texto en calidad de artículo. No he leído el libro de Spoto (Esputo) en su totalidad, pero se me hace, en general un tanto mal escrito y exageradamente complaciente. La traducción tiene algunos errores, y además la hice antes de ver la película.

De Baroja (que es uno de mis escritores predilectos) he leído Las inquietudes de Shanti Andía, El laberinto de las sirenas, Los pilotos de altura y La estrella del Capitan Chimista. Adoro los libros que tratan sobre el mar. Últimamente he leído toda la obra narrativa de Gombrowicz y tres novelas de Virginia Woolf, además de algunos capítulos de la autobiografía de su esposo; releo cada vez que puedo, apartes del magnífico Oficio de tinieblas 5. He visto The Great Sinner, de Robert Siodmak (5); Dial M of Murder (5), Fantasma del paraíso (B. de palma, 0), Jules et film (5), Reed, de Paul Leduc (1), El padre de la novia, Minelli, 0, Un americano en Paris (1), Cantando bajo la lluvia (5: el mejor film sobre el cine que se haya hecho nunca); The Hireling, Alan Bridges (3); The Big Scout & Cathouse Thursday, Don Taylor (2); Cannonball, Paul Barter (1), y varias revisiones, varias. Aquí te mando un esbozo de artículo a The Mossouri Breaks, que espero sea de tu agrado.

Un abrazo. Tú También contesta rápido. Pronto te voy a mandar un paco de libros y algunos discos de los Stones. Ya me llegó el primer ejemplar de mi novela ¡Que viva la música! Con suerte, espero estarte enviando el tuyo en unos ocho días. Adiós.

Andrés.

 

Carta a Patricia Restrepo

Cali, 4 de marzo de 1977

De nuevo te llamo Patricita, mi amor único, mi vida entera, mi redención y mi agonía:

Con el horror y la expectativa de que ésta sea la última carta correspondiente al último día de vivienda juntos, después de que a lo largo de dos años hemos intercambiado, modificado por el gozo o por el sufrimiento nuestras vidas, después de que he llegado a un grado de dependencia de tu cuerpo, de tu alma, que difícilmente podría haber llegado a imaginar en años más tempranos de mi existencia Patricia, te espero; ya hice todas las vueltas correspondientes al día de hoy; con el corazón en vilo me vine hasta acá, corriendo, pendiente de la alternativa de la dicha, el alivio, que hubiera significado verte, mas veo solo tu ausencia, o si no de que ya te hubieras marchado del todo, de que (una vez, una vez más) hubieras empacado libros (hay, tantos que aún no he leído) y equipaje, dejándome, para mi eterna tristeza y vergüenza, la camiseta en cuyo frente está inscrito mi nombre. Mas no lo has hecho; he llamado insistentemente a la casa de Ospina a ver si estás allá; unas veces me ha contestado Eduardo (¿te has negado?), otras veces no me contesta nadie (¿te has negado a contestar el teléfono?); y he llamado también a mi mamá, y ella, como siempre, ha quedado de nuevo preocupada, al sabernos en otro acceso de nuestra continua pugna. Finalmente he recorrido la Sexta de arriba abajo, el centro, y partes de la Quince. Oigo sonido de llaves y creo, faltándome la respiración, que eres tú, mas no, es la bruja de al lado. He pensado, se me ha ocurrido la loca idea de llevarme todo tu equipaje para mi casa (mi mamá dice que nos ha preparado un almuerzo rico), pero pensándolo mejor he creído que eso te ofendería y que entonces mayores serían tus motivos para abandonarme. No lo hagas. He recorrido las líneas de aviación, pero en ninguna están autorizadas para dar nombres de las personas que han reservado pasaje, así que, Patricita, vida mía, ¿dónde estás? Veo que te has llevado la plata que había en el escritorio ¿Qué estás haciendo con ella? ¿Has podido desayunar? ¿Estás comprando pasaje para Bogotá? ¿Estás en Telecom hablando con el hombre a quien aborrezco con toda mi alma? ¿Estás en la imprenta Gutiérrez pagando la deuda de los afiches? Vida mía ¿dónde, dónde estás?

No creas que la satisfacción de haber recibido hoy el primer ejemplar de mi novela pueda compararse a la absoluta infelicidad que siento por el desprecio que has alcanzado a tenerme. “¡Te aborrezco- me has dicho- , no sabes el asco que te tengo!” Mi amor, ¿es eso verdad? Ay, apenas son las once y media y quién sabe que clase de actividad será buena para ti a estas horas. Por favor, ven, ven a verme, aunque sea para decirme que has aceptado la propuesta del hombre que odio, que te vas esta misma tarde a dormir con él y que le vas a decir a tu mamá lo degenerado que soy. Yo estaba dispuesto a dejar de hacer todo lo que te producía sufrimiento, mi amor. Pero tu conducta intransigente, antipática, odiosa, me llevo de nuevo al camino de los tranquilizantes. Si no, ¿cómo hubiera hecho para poder dormir, para poder pensar, para poder alcanzar hasta hoy, el día en que iba a recibir el libro?

Patricita, te lo suplico, por favor, créeme, el acto, los movimientos, los gestos que yo hice con H.A. Tenorio no fueron de homosexualismo, yo no soy homosexual. Fue que se me fue contagiando la locura de él, y lo que hice fue para probarle que yo podía hacer cosas mucho más chifladas, mucho más incoherentes, quería pasmarlo y confundirlo, y de hecho lo logré, y así me sentí bien. De resto no es nada más vida mía, por favor, sácate esa obsesión, esa terquedad de la cabeza, ese empecinamiento que te caracteriza. Patricita, ¿y que si llegaras ahora mismo? Voy a pararme, voy a salir, voy a llamar a la casa de Ospina a ver si estás allá, y después voy a llamar de nuevo a mi mamá. Ojalá que este movimiento que me apresto a hacer produzca otro en dirección contraria protagonizado por tu bella, única personita.

Hice todo, y fue infructuoso. Acaba de llegar una carta de Miguel Marías. Dice que sí (ya) a las críticas de Taxi Driver, Family Plot, y ampliar Alfredo García; la crítica de Spoto se le hizo muy mala. Me he encontrado con Bernardo. Ahora me ha entrado, no sé, cierta apatía, cierta no tanto inexplicable como inmovilizadora tristeza, cauda también de que a lo mejor todas estas líneas sean en vano y que ya mi amor no tenga nadie que lo reciba, y que hojees semejantes palabras y pienses, simplemente, con el desprecio que te caracteriza. “Ja”. De todos modos no lo sé.

He hablado con mi mamá otra vez, y me propuso que me fuera para allá inmediatamente, que allá me consentía. Pero no, voy a quedarme aquí todo el día, esperándote. Me encontré con Hernán N., él iba en jeep y paró y yo le mostré ¡Qué viva la música! y se puso, la verdad, bastante contento, y me invitó a que fuera esta tarde a su oficina, para que planeáramos la celebración. Pero yo no quiero hacerlo. Yo solamente querría celebrarlo contigo. Y no haciendo una rumba ni llevándote a comer, sino congraciándonos. Patricita, contentándonos de nuevo. Sería tanta la dicha, sería tanta mi felicidad. No sé, francamente, lo que empezaría a hacer de no estar más a mi lado. Pero no lo vas a estar, lo sé. Qué ironía. Dime, ¿te vas a quedar al menos para la función de esta medianoche? Si llegamos al teatro puedes irte así con algo de plata, y ya tienes la mensualidad de tu mamá asegurada, al menos por un tiempo. Quédate esta noche, por favor. ¿Cómo te vas a ir sin el equipaje?

Dame algo de alegría, porque tú eres mi alegría y yo tengo en estos momentos el corazón en pedazos y ya no sé dónde recogerlos, o no sé qué hacer con ellos. Me deprime también la posición tan inestable mía en este apartamento. Si tú te vas yo me iré, claro, al lado de mi mamá, a intentar crear de nuevo un mecanismo de soledad que sea casi perfecto. Tengo necesidad de ti, amor mío. Puedo acostumbrarme a estar sin ti, pero nunca a olvidarte. Cuánto trasteos, cuántos cambios, cuántos altibajos de estados de ánimo. Ya van a ser la una (o ¿ya son? ¿ Será posible que se haya parado mi reloj? ) Ahora me acabo de cruzar con el León (Cerdo) Corkidi, y no me dijo nada, a pesar de que esta mañana bien temprano le entregué la carta. Mi mamá me dijo (¡ ay, qué lío!) que hoy por la tarde me traían la nevera. Ya no me negué, a mí de todos modos me sirve, en caso (Dios no lo quiera) conozca alguien con la cual merece la pena formar rancho aparte. Creo que no voy a escribir nada más. No tengo otra cosa que decir además de que no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no te vayas, no te vayas, no te vayas, no te vayas, no te vayas ¿ Será posible que a esta hora estés almorzando en Los Turcos? ¿ En Los Mellizos? Dentro de un momentico voy a ver, mejor dicho ya no sé qué hacer, no tengo ni idea de a dónde puedas estar y eso me mata, me mata la indecisión, la inseguridad, quiero verte, Patricia, entregaría mi vida a cambio del privilegio enloquecedor de abrazarte, de recostar mi cabeza en tu pecho, y abrazarte, encontrar la seguridad en ti. Alto ¿ Será que te has ido para ,el campo? ¿ Para Pance?

Ahora vino H.A Tenorio con la idea de sacar una revista trimestral sobre arte en general y quiere que yo colabore y yo claro que con mucho gusto. Pero antes necesito verte, vida mía, amor mío, mi dulce, mi bella, mi placenteramente insoportable perdición. Aparece, Patricia, ven a mí, vente conmigo nuevamente, aunque sea la última. Yo te necesito, ya te lo he repetido mil veces, no soy nada sin tus besos, no me dejes solo, no me dejes solo, vienen a mi mente miles de canciones cursis, pero ninguna alcanza a expresar mis ansias, mis sentimientos. O déjame, está bien, pero concédeme la tranquilidad de no volver a pensar en ti jamás.

Te adoro, te idolatro, si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar cerca. Ahora salgo a buscarte, amor mío.

 

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Patricia Restrepo, Héctor Lavoe y Andrés Caicedo.

Luis Andrés Caicedo Estela (Cali, 29 de septiembre de 1951 — Ibídem, 4 de marzo de 1977) Narrador, crítico de cine y cineasta colombiano. Considerado una de las voces más originales de la literatura colombiana. Ha escrito Los dientes de caperucita, Calicalabozo, El atravesado, Noche sin fortuna, Maternidad (considerado por el mismo autor como su mejor obra), ¡Que viva la música!, entre otros.

Además de la narrativa, Caicedo mostró un gran interés por el teatro y el cine. En 1966 —el mismo año de Infección— escribió una obra de teatro llamada Las curiosas conciencias. También escribió Recibiendo al nuevo alumno, El mar, La piel del héroe y gran cantidad de guiones para cine. Entre sus obras póstumas se encontró una versión teatral de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, con el título Los héroes al principio.

Fue crítico de cine para los diarios El país, Occidente y El pueblo. En 1971 funda el Cine club de Cali, junto a Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, Carlos Mayolo y Luis Ospina. En 1974 crea Ojo al cine, revista especializada en cine que adquiriría gran popularidad en Colombia y que llegaría a tener cinco números. Más tarde, se recopilarían las notas de Caicedo publicadas en la revista y en los diarios donde trabajaba bajo el título Ojo al cine.

El 04 de Marzo de 1977, el mismo día que llegó por correo su primera novela ¡Que viva la música!, Andrés Caicedo ingiere intencionalmente 60 pastillas de secobarbital, acabando con su vida a los 25 años de edad.

Sobre su muerte, comentaría el cineasta y escritor chileno Alberto Fuguet:

Caicedo es el eslabón perdido del boom. Y el enemigo número uno de Macondo. No sé hasta qué punto se suicidó o acaso fue asesinado por García Márquez y la cultura imperante en esos tiempos. Era mucho menos el rockero que los colombianos quieren, y más un intelectual. Un nerd súper atormentado. Tenía desequilibrios, angustia de vivir. No estaba cómodo en la vida. Tenía problemas con mantenerse de pie. Y tenía que escribir para sobrevivir. Se mató porque vio demasiado.

Actualmente la obra de Andrés Caicedo ha cobrado popularidad a nivel internacional gracias a la exposición en internet de reportajes, entrevistas, documentales, películas y cortometrajes en homenaje al escritor colombiano, además de toda la obra inédita de Andrés, publicada recientemente por grandes editoriales internacionales.

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