Mala sangre (2014); de Luna Miguel

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Mala sangre

I

La felicidad no puede ser experimentada ni por
los vivos ni por los muertos. Eso me dijeron los
que dibujaban tus ojos en un pañuelo blanco.
Los que me tentaban: si otra persona, si una
sola persona recuperara antes que tú este pa-
ñuelo, los ojos de tu amado desaparecerían para
siempre. Los ojos. Desaparecería para siempre.
Tu amante. Los ojos de tu amante/amado como
una gallinita ciega. Ven. Date prisa. Tómalos la
primera. Los otros niños corren más que tú. Tó-
malos antes que ellos. Nunca ganaste al juego
del pañuelo, pero aguanta. Aguanta esos ojos
estériles. Aguántalos sangrantes en tus manos,
en tus globos oculares, los ojos sobre los ojos,
y más ojos sobre más ojos. Introdúcelos en tu
organismo. Pez de tres ojos. Pez radioactivo de
dibujos animados. Toma los ojos de tu amado.
¿Cuántos ojos hacen falta para ver el mundo?
¿Cuántos iris, para creer en el amor? La felicidad
es ciega, dicen. Nadie la ha visto. A todos
nos mienten sobre su esencia. Que si mariposas
en el estómago. Que si cucarachas en el pecho.
Que si larvas en las varices. El terror también
es ciego. El amor y las cosquillas. Nunca me
gustaron demasiado las cosquillas. De pequeña
mi padre me tomaba de las caderas y me hacía
cosquillas. Presionaba tan fuerte mi carne que
yo solo podía llorar. Debía llorar. Cuando la risa
de la cosquilla se convierte en dolor. La infancia

era dolor. La infancia era pesadilla. A veces mi
padre me leía cuentos de Cortázar y yo solo
temía por mi vida. Personajes extraños y apocalípticos
rondaban mi cabeza por las noches.
Los cronopios como monstruos. La infancia
era cronopio. Las historias de Cortázar como
el peor cuento de terror que se le puede leer a
un niño. ¿Acabaré desdichada? Pensé. ¿Será mi
futuro el de un cuento de Cortázar? ¿Respiraré
bajo la tela gruesa de este jersey naranja? ¿Me
encontraré conmigo misma de frente, en mi
sofá, leyendo mi propia muerte en un papel?
Me dijeron: toma los ojos de tu amado. ¿Y yo?
¿También acabaré ciega?
Decía,
¿desdichada?

II

Nos venden la felicidad cual refresco. La felicidad
es hidratante y dulce. La felicidad es burbujeante
y suave. La felicidad es una droga cursi
que entra por las uñas y baja por la garganta
cual aspirina triturada (el bote de las pastillas, trá-
gatelo), cual grumo seco de cacao (el bote de los
polvitos, trágatelo), cual aguja, punzando fuertemente
la inocencia. ¿Pero qué es la inocencia?
Alguna vez intenté responder a esa pregunta y
entonces nada volvió a ser lo mismo. Preguntarse
por la inocencia perdida es la mayor barbarie
que conozco. Mírate, has crecido, y cerca de ti
solo veo cucarachas. Y cerca de ti los insectos
saben. Qué corazón tan ridículo. Cuánta pena
dan tus bichitos en el pecho. Mis bichitos cuando
te pienso. Los bichitos en mi débito y mi
pobreza. Madurar es la pobreza. Cuando uno
encuentra cero céntimos, cero algodones, cero
esmaltes, cero respiraciones, cero palpitaciones,
cero cánceres. Cuando sabe que el dinero
es quien dicta nuestra digestión, ¿cómo se puede
ser feliz? Trabajar en lunas ficticias. Devorar
comida barata. No quiero el dinero de papá ni el
de mamá. No quiero su dinero ni su casa.
Aquí: mi novela política.
Aquí: lamer el suelo.
Aquí: la independencia.
Aquí.

III

Leo a Julieta Valero. Me cuenta que el deseo es un
órgano vital como el arpa en las batallas, pero yo sé
que para nosotras, la niñas tontas, el deseo es
esa moneda brillante. Esa moneda que no tenemos.
Moneda de cambio en la felicidad. Te doy
tres papelitos y cuatro besos si me dejas dormir
en una casa caliente. Que ser feliz es tener
dinero. Que ser feliz es comprarse libros. Que
ser feliz es vestir la ropa que Nadia nos roba en
grandes almacenes. Pantalones de cuero. Camisetas
transparentes. Zapatos de tacón marrones con tachuelas
brillantes. Chalecos salvavidas. Angina en el escote.
Solo visto ropa robada. Solo huelo a caro y a robado.
Que ser feliz es qué. Nadie lo sabe. Y si
alguien lo supiera, ¿a quién se lo diría? ¿Por qué
compartirlo?
Si algún día sonríes que sea tu secreto.
Si algún día despiertas alegre que sea tu puto
secreto.
El mundo se desmorona y tú te diviertes.
Que sea tu secreto.

IV

Porque la felicidad no puede ser experimentada
ni por mí ni por el resto de ignorantes. La felicidad.
Alguien se la ha llevado. Alguien más listo
que tú y que yo se la ha llevado. ¿Por qué la deseo?
Hay quien prefiere vivir en los márgenes de
la felicidad. Los márgenes de la alegría: o estar
vivo o estar muerto. Hay quien prefiere merodear
las orillas. Lo alegre solo existe en el término
medio. Entre lo sombrío y lo clínico. Entre
el holocausto y la golosina. Por eso no estoy ni
viva ni lejos, ni cerca ni muerta. Mi salud es un
reloj de cuco. De él nacen tus ojos cada hora. De
tus ojos mi felicidad, cada hora. Y lloro todas las
semanas. Mal-estando, lloro todas las semanas.
Y entiendo este ácido.
Este éxtasis. Este límite.
Esta pequeña lágrima con forma de soga.

V

El útero de mi tía tiene forma de soga. Las sogas,
como las pulseras plásticas de las niñas que
venden en los chinos, tienen formas de animales
perfectos. El útero de mi tía Lourdes es un
animal perfecto: huele a estiércol y a hierba mojada
y a veces se lo comen las moscas. A mi tía le
han quitado un trozo de útero y no se va a morir
pero le duele. No se va a morir pero le asusta. A
mi tía le han quitado el útero y yo, que soy una
mala sobrina, no he ido a visitarla. Los hospitales
me dan miedo. Tanto que a veces prefiero no
ir a ver a mis seres queridos, opto por decir hola,
tía, estoy ocupada, opto por mentir, hola, tía, estoy
ausente. La primera vez que me quedé a dormir
en un hospital, fue para cuidar a mi abuela después
de su duodécima operación. La primera
vez que me quedé a dormir en un hospital mi
abuela se cagó encima. La habitación comenzó
a apestar. Llamé a las enfermeras para que limpiaran
pero no venía nadie. Abracé a mi abuela,
que lloraba de vergüenza. Pero su peste solo
me provocó amor. Su mierda era mi amor por
ella. Mi cara relajada, mi ceño sin fruncir, era su
amor por mí. El fin del mundo tiene que ser algo
parecido a esto, pensé: estar al lado de alguien a
quien amas cuando todo lo que te rodea apesta
a final infeliz.
El fin del mundo debería ser así.

Dos personas abrazadas en mitad del desconcierto.

Tranquilas pero tristes.
Con lágrimas pero soportando.

VI

En aquel tiempo yo leía a Beatriz Preciado y mi
madre estaba sana. Un año después también
tendría que visitar a mamá en otro hospital de
otra ciudad y de otro fin del mundo (pero eso
ya es otra historia). Yo leía a Beatriz Preciado:
aquel libro sobre testosterona, cuerpo, mutaciones,
medicamentos, jeringas y sexo. En aquel
tiempo no vivía en Madrid. Por eso todo me
daba asco. El mundo, fuera de la capital, era un
hospital enorme con úteros y sogas, y páncreas
colgando de las puertas… y el pus, el poema segregado
como pus de Panero. La felicidad consistía
en salir de todo aquello. Asistir a fiestas. Bailar
desdentada. Comer desdentada. Follar mucho.
Pensar en el dinero. Ser feliz sin todo aquello.
Ser feliz a costa del abandono a los infelices.
Esos infelices que me aman. Pobrecitos. Pobres
infelices. El malestar era mi familia. El malestar
era comprender a los demás. Comprender a
mis abuelos. Comprender a mis primas peque-
ñas. Comprender a los bebés que desconozco.
A los que nunca he tocado. Mira qué mundo le
entregas a esos bebés. Mira qué mundo les das
y qué olor les das y qué sabor les das: ¿es néctar
acaso? Pero si Ellos eran el malestar, ¿qué es
lo que ahora me entristece? ¿Qué es lo que me
entristece hoy si mi casa no es un hospital, si
mi cuerpo no es un bisturí, si mi enfermedad no
son los otros, si soy yo…? ¿Soy yo? La felicidad
no puede ser experimentada ni por los amantes
ni por los egoístas. Siempre he sido una egoísta.
Eso me dice mi amado. Eres egoísta y das asco.
No quiero decepcionar a mi amadito ciego. A
mi gallinita. El amor es la felicidad. El amor no
es la felicidad. El amor es ese cuento de Cortá-
zar que mi padre me leía.
El amor es amarse a uno mismo.
Amarse en la infancia.
Hermosa infancia.
El fin del mundo es crecer.
Qué egoísta.
Ya nadie me lee cuentos en la cama.

VII

Porque cuando era pequeña mi madre solo me
cantaba a los clásicos. Mi madre es arqueóloga
y estudia a los fenicios. El día que presentó
su tesis se equivocó y dijo Fecinios. Mi madre es
una mujer clásica atrapada en este mundo clá-
sico. Mi madre es paciente y cariñosa; le gusta
achucharme. Mi madre y yo nos damos besos
en la boca cuando nos abrazamos. Mi madre fenicia
trataba de describirme los dedos rosados
de la aurora en Homero, trataba de explicarme
sus metáforas y luego yo no he sabido inventar
ni una sola. Quizá porque ya las aprendí todas
hace años. Quizá porque todas me recuerdan a
ella. Mi madre no me leía La Ilíada sino La Odisea.
¿Cómo voy yo a leerte La Ilíada, Luna?, me decía.
¡Es un libro demasiado sangriento para una niña
pequeña! ¿Demasiado sangriento? ¿Demasiado
sangriento? La sangre es el néctar de los poetas.
Toda la sangre es digno de un poema. Todo lo
que menstrúa es digno de un poema. Demasiada
sangre para una niña de cuatro o de cinco o
de cien años. Mi infancia fue larga y alegre. Mi
infancia terminó con el primer beso del primer
gato y volvió a empezar con el último beso del
último insecto. Ahora vivo mi segunda infancia.
Mi cuerpo de nínfula sin cicatrices. Mis axilas
de Monelle, sin vello ni olor. Mis pies diminutos.
Los dientes de leche. La niñez no tiene por
qué corresponderse con la inocencia. La niñez
no tiene por qué corresponderse con la pureza.
Sin embargo la felicidad era lo puro de un cuerpo.
Lo pulcro de un cielo que nos guarda los
párpados. Que nos mece y nos engaña. ¿Qué es la
pureza?, preguntaba Dono. ¿Qué, la felicidad? ¿Y
el viento? ¿Y las gasas? ¿Y qué son las monedas
amarillas de los pobres? ¿Qué son los anillos?
¿Qué son los noticiarios?
¿Qué son las amapolas?
¿Qué es la heroína?
¿Qué es la voz?
¿Y la familia?
¿Y los otros?
¿Qué es el fin del mundo?

VIII

El mundo no se puede acabar ahora. No se puede
acabar. Te he comprado un anillo de plata
para que nunca lo pierdas. Tómalo y toma tus
ojos. Póntelo y ponte tus ojos. La muerte no puede
ser experimentada ni por los vivos ni por los muertos,
escribió William T. Vollmann. La extraña claridad
de esta ventana solo me recuerda a una
gran epidemia.
Y si esto se acaba.
Dime.
¿Qué significa entonces quedarse solo?


Luna Miguel.
La tumba del marinero, 2014.

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