El murciélago (1891); de Victor Hugo

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El murciélago

El ateísmo

Y vi encima de mí, lejos, un punto negro.

Y el punto parecía una mosca nocturna
volando en esa hora que invita a la plegaría.
Y, siendo el hombre alado cuando piensa, bien pronto
crucé el éter que se abre al vuelo del espíritu.

Y vi que aquella mosca nocturna era un murciélago.

Y el ave sola y lúgubre volaba en el espacio,
y decía:
—Es enorme y horrendo. Lo que pasa
ante mis ojos me hace temblar. Es espantoso.
¿Cuándo podré salir de la sombra?

Y al verme
gritó:

*

—¿Qué quieres pues de mí, oh tú que pasas?
Contemplo extraviado la estúpida materia.
Escucha: Yo soy esa ave negra que hallaron
Demogorgón en Grecia, el dios Shiva en la India,
y contemplo el horror de la triste natura.
¿Cuál es, hombre, el sentido de la horrible aventura
que llaman universo? Lo busco y tengo miedo.
Interrogo a este bloque que es tan sólo un vapor;
observo el infinito monstruoso y escruto
el topo, el sol, el árbol, el hombre, el animal.
Estoy triste. Oh viandante, ¿conoces este término:
nada? Lo que llamamos mal quizá es el bien.
Si se colma un abismo, otro pozo se excava.
Tormento, placer, risa y clamor doloroso,
flujo y reflujo, justo e injusto, bondadoso,
malvado, blanco y negro, diamante y vil carbón,
falso, real, picota y halo, pingo y púrpura,
día y noche, no y sí, vida y muerte: vaivén
de lanzadera loca del tejedor de noches.
¿Se conoce qué sirve y qué es lo que es dañino?
Todo germen es plaga, todo choque es desastre,
el cometa, tizón de mundos, raja el astro;
el mismo ser que es víctima es a su vez verdugo,
y para el moscardón la golondrina es buitre.
El guijarro es molido por las bestias de carga,
el burro pasta cardos, el hombre engulle al hombre,
pace el cordero flores, pace el lobo corderos.
¡Triste cadena donde muerde una anilla a otra!

Y es nada lo que vemos: hijos que matan padres,
tiburones, Nerones, Sejanos, malas víboras,
todo eso es poca sombra y un pequeño terror;
en lo infinitamente pequeño hay más horror.
El átomo es rufián que devora otro átomo;
tiene su red la araña y su reino el gusano;
los hormigueros son babeles; achicándose,
el animal se acerca cada vez más al mal;
más decrece su fuerza, más deforme es el bicho;
y cuando las contempla con su ojo grandioso,
hombre, las gotas de agua asustan al océano.
La perla del rocío tiene, girando en ella,
a Tifón y a Satán para siempre. Lo efímero
es Moloch. La quimera atroz del infusorio
rechina, y si el gigante descubriera al embrión,
el behemot huiría delante de vibrión.
Un vil grano de arena es un globo que rueda;
como la tierra, arrastra una multitud lúgubre
que se odia y se obstina y se execra, y sin fin
se devora. El rencor vive detrás del hambre.
La esfera imperceptible es igual que la grande,
y el pensador escucha, cuando aguza el oído,
una rabia tigresa y unos gritos leoninos
rugir profundamente en los mundos enanos.

Toda fauce es abismo y quien come asesina.
La fiera tiene garras y raíces el árbol,
y la raíz horrible de aspecto de serpiente
tiende en la oscuridad sombrías emboscadas.
Todo para morderse se abraza, estrecha, envuelve.
El orden es un crimen general y monstruoso;
todo ser bebe de esta sangre inmensa que fluye
de toda la creación como de un vasto flanco.
Se lucha, agrede y hiere, se sangra, sufre y llora.
Todo aquello que veis es larva; todo os miente;
todo al punto se funde en la sombra, pues todo
tiembla bajo el misterio inmenso y se disuelve.
La noche es al espectro lo que el agua a la nieve.
La voz se apaga antes de preguntar: ¿Qué sé?
La primavera, el sol y las bestias en celo
son sólo una quimérica y monstruosa flor.
A través de su sueño sufre azorado el mundo.
Abril es el erótico sueño de lo abismal,
la polución nocturna de los frescos arroyos,
las frondas, los perfumes, las albas, los gorjeos.
Sólo el horror pervive, y todo lo prosigue,
y en tal instante, un viento que sale de la nube
dibuja algún contorno, algún rayo, algún ojo
en este torbellino negro de airados átomos.

Oh viandante: el espíritu, el viento, la hoja seca,
el silencio, el estruendo, esa ala que te lleva,
la luz que crees ver a veces, lo que brilla
y lo que tiembla, el cielo, el ser: ¡todo es la noche!
Y la creación entera, sin excluir al hombre,
con lo que el ojo ve y lo que la voz nombra,
con sus mundos, sus soles, sus cauces inauditos,
sus meteoros locos que vuelan deslumbrados,
con sus globos de oro como tremendas bóvedas,
con sus interminables tránsitos de fantasmas,
la onda, el enjambre, el ave, el lirio bendecido,
¡es solamente un vómito de sombra en lo infinito!
La noche engendra el mal y el mal da lo peor.
Escucha atento ahora lo que voy a decirte:

—Se interrumpió el murciélago, turbado de terror,
y sombrío, temblando, continuó:

Yo he ido
al fondo de la sombra, y allí no he visto a nadie.

*

Me estremecí. El ave prosiguió:

¡Para siempre
temblaré en este abismo donde vago espantado!
En esta oscuridad, nadie que diga: ¡Yo!
¡Negro esbozo de nada que no termina nadie!
Ni voluntad, ni ley, ni polos, ni mitad;
un caos hecho todo de nadas; ningún Dios.
Dios, ¿por qué? Lo ideal está ausente. En el mundo
el nacer es obsceno y el amor es inmundo.
Por lo demás, ¿se nace?, ¿se vive?, ¿en qué consiste
lo vivo, lo real, lo cierto, lo completo?
Esas frentes pensantes que yo bato en las noches
preguntan a las cosas vanamente: están sordas.
El agua corre, el árbol crece, rebuzna el burro,
el lobo aúlla, el bicho roe. Nada responde.
El abismo sin meta, triste, idiota y exánime,
esa cosa espantosa que se ignora a sí misma,
eso es todo. Y es eso cuanto sé en mi mortaja.
Lo infinito me aplasta por más que diga: ¡Basta!
Es horrible. Por siempre esa triste visión.
Nunca el fondo, jamás el fin, jamás el límite.
Y así, te lo repito, pues pasas por aquí:
oigo gritar abajo: ¡Cristo, Alá, Jehová!
Todo es sólo un montón de apariciones locas,
y nada existe; ¿cómo expresar en palabras
el estupor inmenso que domina a la noche?
Lo invisible se borra y lo impalpable huye.
La sombra duerme; el feto se mezcla con la escoria;
la forma, vano aspecto, se pierde entre los números.
Nada tiene sentido: certeza, esfuerzo, objetos,
todo es absurdo, vacuo y falso, hasta la muerte.
Lo infinito sombrío desvaría al fondo de la tumba.
El féretro es cencerro donde suena el cadáver.
Si alguna cosa vive, es algo aún no nacido.
Mundo, aunque boquiabierto, sordo, asombrado, fúnebre,
con la tiniebla dentro y la tiniebla en torno,
sin que un rayo, nacido de esa fúnebre bruma,
venga nunca a aclarar el inmenso horizonte,
ni criminal siquiera, ni siquiera culpado,
el mundo va al azar en la noche sin fin,
y, carente de aurora, no tiene una pupila.
El mundo avanza a tientas en su propia nonada.

*

Y la noche llenaba el cielo gigantesco;
y se volvió el murciélago a la sombra terrible;
y yo escuchaba al pájaro, oculto, pero horrible,
gritando:

¡Dios no es! ¡Dios no es! ¡Desconsuelo!


Victor Hugo.
Dios, 1891.
Traducción: Tomás Segovia.

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