El cuervo; de Victor Hugo

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El cuervo

El maniqueísmo

Y sobre mi cabeza observé un punto negro,
y el punto parecía una mosca en la sombra.

En el hondo nadir que la sombra recubre
donde sin pausa, siempre, siniestro y sin hablar,
algo desconocido y sombrío desciende,
las brumas indistintas y grises, humo enorme,
lúgubremente hundiéndose se quedaban sin forma
como innúmeros caos caídos uno en otro.

Bajo mis pies alados, siempre arriba, dejando
el abismo allá abajo con su sombra inferior,
volé bajo la bruma y en el viento que llora
al abismo de arriba, oscuro como tumba.
Me acerqué a aquella mosca, y supe que era un cuervo.

*

—¡Son dos, oh Zoroastro!
Espíritu de vida, águila, astro, el uno,
que irradia, crea, ama, ilumina, construye;
y el otro la inmedible araña de la noche.
Son dos: uno es el himno, el otro el abucheo.
Son dos: uno el sudario y el otro el ser; la nube
y el firmamento, el párpado y el ojo, noche y día,
el odio atroz, sombrío, sin piedad, y el amor.
Son dos que se combaten. El combate es el mundo.
Uno que al azul mezcla su cabellera rubia,
es el ángel, aquel que en el abismo oscuro
trae la claridad, la dicha pura, el lirio;
del monstruo de pies hórridos atraviesa las telas;
en su mano titila un gran temblor de estrellas;
¡es hermoso!; en el cieno sembrando el ser y el germen;
encendiendo blancuras en las cimas de montes
e infundiendo en las cosas un fuego misterioso,
llega, y entre sus dedos rosas se mira el alba;
todo ríe, la hierba es verde y el hombre dulce.
El otro surge a la hora en que lloran de hinojos
juntas madres y hermanas, Raquel, Hécuba, Electra;
la noche monstruosa deja ver el espectro;
sale del vasto hastío de la sombra que cae;
hace parar la savia y hace correr la sangre;
el jardín a sus pies se transforma en osario;
del horror infinito va arrastrando el sudario;
sale a fin de hacer que hagan las tinieblas el mal;
hosco, en el ser carnal y en el ser aromático
penetra; y a la vez que en la otra faz del mundo,
abatiendo y mondando los ramajes del crimen,
el deslumbrante Ormuz pone en su frente clara
esa tiara dorada que llamamos el sol,
él, en el horizonte siniestro de la noche,
se yergue con la máscara horrible de la luna,
y echando a todo astro una mirada oblicua,
ronda, ladrón de sombra, ladrón de inmensidad.
Gracias a él, el incendio nacido de una chispa,
el jaguar que devora por siempre a la gacela,
la peste, los venenos, la espina, la negrura,
la agria cicuta a quien la sierpe dice: Hermana,
el fuego en que arde todo, el agua en que zozobra,
la avalancha, la roca que destroza al navío,
el viento, azote de árboles, exhiben bajo el cielo
la vasta impunidad de la maldad eterna.
Se inclina aterrador sobre aquellos que sueñan;
hacia él, a través de las sombras, se elevan
los cánticos del monstruo y el humo de la hoguera,
las lenguas de las víboras que tratan de lamerle,
los lomos cariñosos de las bestias que anima
y los interminables maullidos del abismo.
Lanza todos los gritos de guerra de los hombres,
en los combates hórridos es él ese que aplaude
y, soltando la muerte que abate las cabezas,
añade ese relámpago al brillo de la espada.
Marcha con la jauría de los males en tomo;
lanza el agua a la roca y al hombre el animal;
cada noche, parece que va a triunfar; ahoga
al cielo, alza la mano, va a capturar la presa:
¡el mundo! Y el océano tiembla, el abismo hierve,
le rechinan los dientes de alegría y, de pronto,
a la hora en que los parsis, los magos y los guebros
oyen a ese bandido que ríe en las tinieblas,
he aquí que del abismo un rayo blanco surge,
y que, sobre el enfermo que expiraba en su cama,
y las madres que oprimen sus manos angustiadas,
sobre el gemido loco de lúgubres mareas,
sobre el justo en la tumba y el esclavo en cadenas,
sobre el escollo, el bosque profundo o el volcán
y todo ese universo que la sombra proscribe,
la aurora ya despliega su infinita sonrisa.

*

Bajo el mundo, azorado, atado en triple nudo,
un ser que apenas sabe si existe se remueve;
es el idiota, oscuro prisionero del sótano,
caos, si es que se puede dar un nombre a ese esclavo.
Estúpido, allí sueña, sólo espectros lo han visto,
oculto entre los pliegues de todos los sudarios,
esbozo por arriba y escombro por debajo,
mendigando en la sombra sordamente un fulgor,
sollozando al azar, formidable llorón,
alza sus dos muñones, ignorancia y terror;
y las lluvias eternas y lúgubres lo inundan,
repta en un agujero que es un bache del mundo,
sin ojos, pies ni voz, mordiendo y devorado,
golpeando las paredes del abismo, aturdido
de rayos que le llueven cual dardos en un blanco,
especie de atroz tronco cuya vaina es el negro
cascarón de ese huevo que trajo al universo;
su cráneo bajo el peso de la nada se aplana;
y se ve vagamente, a tientas por lo informe,
al fondo del sinfín, a ese tullido enorme.

Ni siquiera oye el ruido que hacen en las alturas
los dos principios dioses que hacen temblar su celda,
ni el de sus pataleos sobre su triste casa.
El malo quiere que él reine; el bueno, que muera.

*

Así luchan los dos iguales poderosos;
el que es rey del espíritu y el que agria los sentidos;
las cosas a su soplo expiran o vegetan.
Nada está encima de ellos. Están solos. Se lanzan
primaveras e inviernos, rayos y resplandores;
son de la creación el duelo aterrador.
Todo es su guerra. Están en la llama, en la onda,
en la tierra en que humea el monte y gruñe el aire;
sus choques estremecen el firmamento y hacen
temblar los soles de oro en el techo sombrío;
y el nido es sobre el musgo su campo de batalla.
El abismo se entreabre cuando Arimán bosteza
y el enjambre azorado de las hidras se esparce.
Los dos colosos, uno volando, otro reptando,
se enlazan. Donde vemos dos almas que se odian,
dos dragones de noche yendo el uno hacia el otro,
dos fuerzas que se atacan con fragor, dos guerreros
luchando, dos puñales cuyos golpes mortíferos
se entrecruzan, y a veces dos bocas que se besan,
son ellos. Negro asalto sin apaciguamiento.
Ninguna tregua. Son, y sólo ellos existen,
sus gritos belicosos llenan los elementos.
Y allí donde se llora, y allí donde se canta,
en el hombre, en el viento, en la malvada zarza,
en la bestia del bosque y en el cielo excitado,
el cielo grita: ¡Ormuz!, y la sombra: ¡Arimán!

Y en las profundidades se despliega esa lucha;
y aquella oscilación es dichosa o fatal,
y el enorme oleaje nos mece: o su reflejo
sólo lleva clamores y sollozos superfluos,
y la boa se enrosca al tronco del sicómoro,
Jerusalén al lado ve nacer a Gomorra,
Tebas lega un sudario de arenales a Menfis,
Nemrod luce, y es padre Marco Aurelio de Cómodo,
o sonríe el océano y el abismo y la estrella
se unen para salvar una pequeña vela,
canta el bosque, los nidos palpitan y los pájaros
alegran a las flores bebiendo en los arroyos.
La madre, en quien se mezclan el orgullo y el éxtasis,
llena de ella a ese niño que le aprieta los pechos,
y el hombre es como un dios, todo sabiduría,
y todo crece en gracia, en poder, en virtud,
o en la onda del mal todo se hunde y naufraga,
conforme que el azar, rey de la oscura lucha,
precipite a Arimán o vele a Ormuz opaco,
y haga inclinarse, al fondo del lívido infinito,
uno u otro platillo de la balanza enorme.

Arimán de hoscos ojos espera que Ormuz duerma;
en ese día el caos y el mal le podrán ver
asir entre sus brazos el cielo de amplia frente
y, hurgando en toda órbita, rasgando todo velo,
arrancar de ese cráneo eterno las estrellas.
Ormuz, aunque dormido, temblará de terror.
La inmensidad, al modo del buey que un labrador
ha dejado en un campo tenebroso, y que muge,
al otro día, oh noche, se despertará ciega,
y en el espacio horrible hundido entre la bruma,
buscará el astro extinto el mundo disipado.

*

Y el cuervo regresó a la sombra tremenda.

A mis pies, lo infinito copiaba lo insondable:
y como en un espejo flotaban resplandores.


Victor Hugo.
Dios, 1891.
Traducción: Tomás Segovia.

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