El engaño amoroso a Juan Ramón Jiménez (1904)

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Crónica publicada por Pedro Escribano, en su libro Rostros de Memoria: visiones y versiones sobre escritores peruanos. En la crónica, que termina con un poema de Jiménez, Escribano indica que hay muchas versiones del poema, por lo que decide colocar una versión que termina con el verso «Estás, sin alma, en Lima», pero luego de consultar muchas versiones del poema, decidimos agregar 4 versos finales que se repiten en todas las versiones consultadas. Salvo ese cambio, toda la crónica respeta fielmente al libro.

Amores Pre Cibers

José Gálvez es conocido como «El poeta de la Juventud». Y no solo es reconocido por su entusiasmo juvenil y por sus notables sonetos modernistas tales como «Caballo de paso peruano» o «La marinera», sino también porque, junto a otros amigos, le hicieron una broma «de amor» al poeta español Juan Ramón Jiménez, quien, muchos años después, en 1956, ganó el Premio Nobel de Literatura.

El joven poeta y sus amigos admiraban al vate español y querían libros suyos. No sabían cómo pedírselos. Temían que no les hiciera caso si los solicitaban con sus respectivos nombres, por eso le escribieron cartas al poeta, pero no las firmaban con sus nombres sino con el de una supuesta dama limeña quien, además, se confesaba admiradora de su poesía. Le escribieron con el nombre de Georgina Hübner. Juan Ramón, emocionado con las misivas, se enamoró y le confesó su vivo deseo de venir a Lima, a conocerla.

Cartas y Leyendas

Según la historia —y también la leyenda— todo ocurrió el 8 de marzo de 1904. Entonces José Gálvez Barnechea y su amigo, también poeta, Carlos Rodríguez Hübner, querían libros del poeta y decidieron pedírselos a través de una carta. Pero pensándolo bien, se dijeron, quiénes son ellos para solicitarle con sus nombres un poemario. El vate español no les haría caso.

Así que, entre cavilaciones y maquinaciones, se les ocurrió que la petición a través de la carta sea de una señorita limeña de veinte años que se llamaba Georgina Hübner

(la leyenda cuenta que era el nombre real de una prima de Carlos Rodríguez. Dicen que ella sabía del plan, que era cómplice, pero, eso sí, nunca escribió una sola linea).

Cuando Juan Ramón recibió la primera misiva, sintió la temperatura tropical del amor. De inmediato respondió no sin dejar de enviarle como dulce obsequio un ejemplar del poemario Arias tristes y unas líneas de enamoradora galantería:

«Gracias por su fineza. Y créame su muy guapo, que le besa los pies, Juan R. Jiménez», autografiaba el poeta.

A esta carta se sumaron otras y cada vez más intimas, intensas, hasta que Juan Ramón le prometió cruzar los mares y llegar a Lima y, como garantía de su amor, le anunció que su próximo libro Jardines Lejanos, iba a estar dedicado a ella.

Ante el anuncio de viaje del enamorado poeta español, Gálvez y su amigo no sabían qué hacer. La broma se había convertido en cosa seria, en un asunto de encendido amor. Entonces no se les ocurrió otra cosa que «matar» a Georgina Hübner. Tenían que decirle al poeta que su musa «había muerto». Tenían que impedir que Juan Ramón haga un largo viaje por un amor de ficción.

Para que la noticia sea creíble, buscaron hacerlo a través del consulado del Perú en España. Una vez que hallaron los contactos y los cómplices para ello, le enviaron la mala nueva.

Cuando el poeta se enteró de que su amor de ultramar «había muerto», se puso triste, como un viudo. Sobreponiéndose al dolor, escribió el poema (del que hay varias versiones) «Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima», publicado años después en su poemario Laberinto (1913).

Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima

 El cónsul del Perú me lo dice: «Georgina
Hübner ha muerto…»
¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo?,
¿Qué día?
¿Cual oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rozar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente, sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?

… Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa
el sol poniente inflamará los chuparrosas…
¡Ya está más fría y solitaria La Punta
que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
“¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!…”

¿Y yo, Georgina, en tí? Yo no sé cómo eras…
¿Morena? ¿Casta? ¿Triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme “amigo”… o algo más… no sé…algo que
sentía tu corazón de veinte años!

-Me escribiste: “Mi primo me trajo ayer su libro…”
-¿Te acuerdas?- y yo, pálido: -“Pero… ¿usted tiene un primo?”

Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama, Georgina… ¡En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca…;
y creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!…

Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares,
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla…
¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas… Mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos…; Tú hollarás el Poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren…:
desde ahí tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvado el amor, lo demás son palabras…

¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias
¿pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?

¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos… ¿para qué? Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos…,
para tener la frente caída entre las manos!,
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
¡ah, Georgina, georgina!, para que tú te mueras
una tarde, una noche… y sin que yo lo sepa!

El cónsul del Perú me lo dice: Georgina
Hübner ha muerto…”
Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra.

Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¡qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón!

El poeta Juan Ramón Jiménez se había enamorado de una Ficción.


Pedro Escribano.
Rostros de Memoria: visiones y versiones sobre escritores peruanos, 2009.

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