El gesticulador (1938): la revolución de Rodolfo Usigli

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Fragmentos de El gesticulador, de Rodolfo Usigli. Un clásico de la literatura mexicana, y la obra que marcó el inicio del teatro mexicano moderno.

Introducción

El gesticulador es una obra de teatro mexicana escrita en el año 1938 y llevada a escena en 1947. Su autor, Rodolfo Usigli, sobresale en la escena mexicana porque fue un parteaguas que dio inicio a la búsqueda de la identidad del teatro mexicano, planteó temáticas que describían a la clase media de su país, exponiendo así sus dramas más profundos. En El gesticulador, como en Jano es una muchacha, Usigli contrasta con el teatro mexicano del momento, el cual conservaba el estilo de melodramas o comedias españolas o europeas.

La obra El gesticulador triunfó en su primera función en el Palacio de Bellas Artes, pero después de la ovación fue acallada debido a que se le calificó como «contrarrevolucionaria».

Periódicos e incluso amigos apreciados por el autor dieron un giro de 180 grados y mostraron su empatía con el Partido Revolucionario de Izquierda [PRI], que censuró y logró retirar la obra El gesticulador de la cartelera oficial. A pesar de ello, Usigli triunfó al dejar la herencia de la investigación y teoría teatral mexicana.

El gesticulador: suplantación y desgracia

El gesticulador cuenta la historia de César Rubio, un maestro de historia de 50 años que acaba de retornar con su familia a su pueblo de infancia, Allende. Con las intenciones de comenzar una nueva vida.

En esta casa los sorprende una llamada a la puerta, un personaje misterioso pide asilo por una noche, ya que acababa de sufrir un accidente. Más tarde se enteran que se llama Oliver Bolton, investigador de la Universidad de Harvard, que busca pistas acerca de la revolución mexicana, especialmente rastros de un general llamado César Rubio:

Un general mexicano, joven, el más grande revolucionario, que inició la revolución en el Norte, hizo comprender a Madero la necesidad de una revolución, dominó a Villa. A los veintitrés años era general. Y también desapareció una noche…

El gesticulador, de Rodolfo Usigli.

César, quien lleva el mismo nombre de este personaje, identifica esta circunstacia como una oportunidad de permitirse ser lo que su familia quiere de él; un hombre poderoso.

Y sin pensarlo decide ocupar la identidad del revolucionario desaparecido. Con consecuencias inmediatas que le darán la oportunidad de vivir lo que él y su familia siempre han deseado.

El problema es que al suplantar a otro personaje, transgrede la realidad en sus tres planos: el universal, el humano e individual y el social, y durante la obra veremos cómo estas acciones encaminarán a Rubio hacia su tragedia.

El gesticulador de Rodolfo Usigli.
Rodolfo Usigli, Dolores del Río, Frida Kahlo, Adolfo Best Maugard, Xavier Villaurrutia y Felipe Mier. Foto: Nickolas Muray.

Acto primero

Los Rubio aparecen dando los últimos toques al arreglo de la sala y el comedor de su casa, a la que han llegado el mismo día, procedentes de la capital. El calor es intenso. Los hombres están en mangas de camisa. Todavía queda al centro de la escena un cajón que contiene libros. Los muebles son escasos y modestos: dos sillones y un sofá de tule, toscamente tallados a mano, hacen las veces de juego confortable, contrastando con algunas sillas vienesas, despintadas, y una mecedora de bejuco. Dos terceras partes de la escena representan la sala, mientras la tercera parte, al fondo, está dedicada al comedor. La división entre las dos piezas consiste en una especie de galería: unos arcos con pilares descubiertos, hechos de madera; con excepción del arco central, que hace función de pasaje, los otros están cerrados hasta la altura de un metro por tablas pintadas de un azul pálido y floreado, que el tiempo ha desleído y las moscas han manchado. Demasiado pobre para tener mosaicos o cemento, la casa tiene un piso de tipichil, o cemento doméstico, cuya desigualdad presta una actitud —dijérase— inquietante a los muebles. El techo es de vigas. La sala tiene, en primer término izquierda, una puerta que comunica con el exterior; un poco más arriba hay una ventana amplia; al centro de la pared derecha, un arco conduce a la escalera que lleva a las recámaras.

Al fondo de la escena, detrás de los arcos, es visible una ventana situada al centro; una puerta, al fondo derecha, lleva a la pequeña cocina, en la que se supone que hay una salida hacia el solar característico del Norte. La casa es toda, visiblemente, una construcción de madera, sólida, pero no en muy buen estado. El aislamiento de su situación no permitió la tradicional fábrica de sillar; la modestia de los dueños, ni siquiera la fábrica de adobe, frecuente en las regiones menos populosas del Norte.

Elena Rubio, mujer bajita, robusta, de unos cuarenta y cinco años, con un trapo amarrado a la cabeza a guisa de cofia, sacude las sillas, cerca de la ventana derecha y las acomoda conforme termina; Julia, muchacha alta, de silueta agradable aunque su rostro carece de atractivo, también con la cabeza cubierta, termina de arreglar el comedor. Al levantarse el telón puede vérsela de pie sobre una silla, colgando una lámina en la pared. La línea de su cuerpo se destaca con bastante vigor. No es propiamente la tradicional virgen provinciana, sino una mezcla curiosa de pudor y provocación, de represión y de fuego. César Rubio es moreno; su figura recuerda vagamente la de Emiliano Zapata y, en general, la de los hombres y las modas de 1910, aunque vista impersonalmente y sin moda. Su hijo Miguel parece más joven de lo que es; delgado y casi pequeño, es más bien un muchacho mal alimentado que fino. Está sentado sobre el cajón de los libros, enjugándose la frente.

César

¿Estás cansado, Miguel?

Miguel

El calor es insoportable.

César

Es el calor del Norte que, en realidad, me hacía falta en México. Verás qué bien se vive aquí.

Julia (Bajando)

Lo dudo.

César

Sí, a ti no te ha gustado venir al pueblo.

Julia

A nadie le gusta ir a un desierto cuando tiene veinte años.

César

Hace veinticinco años era peor, y yo nací aquí y viví aquí. Ahora tenemos la carretera a un paso.

Julia

Sí… podré ver pasar los automóviles como las vacas miran pasar los trenes de ferrocarril. Será una diversión.

César (Mirándola fijamente)

No me gusta que resientas tanto este viaje, que era necesario.

Elena se acerca.

Julia

Pero, ¿Por qué era necesario? Te lo puedo decir, papá, Porque tú no conseguiste dinero en México.

Miguel

Piensas demasiado en el dinero.

Julia

A cambio de lo poco que el dinero piensa en mí. Es como en el amor, cuando nada más uno de los dos quiere.

César

¿Qué sabes tú del amor?

Julia

Demasiado. Sé que no me quieres. Pero en este desierto hasta podré parecer bonita.

Elena (Acercándose a ella)

No es la belleza lo único que hace acercarse a los hombres, Julia.

Julia

Claro que no, mamá. Vamos a estar toda la muerte.

César la mira pensativamente.

Elena

De nada te servirá quedarte en México. Alejándote, en cambio, puedes conseguir que ese muchacho piense en ti.

Julia

Sí… con alivio, como en un dolor de muela ya pasado. Ya no le doleré… y la extracción no le dolió tampoco.

Miguel (Levantándose de la caja)

Si decidimos quejarnos, creo que yo tengo mayores motivos que tú.

César

¿También tú has perdido algo por seguir a tu padre?

Miguel (Volviéndose a otro lado y encogiéndose de hombros)

Nada… una carrera.

César

¿No cuentas los años que perdiste en la Universidad?

Miguel (Mirándolo)

Son menos que los que tú has perdido en ella.

Elena (Con reproche)

Miguel.

César

Déjalo que hable. Yo perdí todos esos años por mantener viva a mi familia… y por darte a ti una carrera… también un poco porque creía en la universidad como un ideal. No te pido que lo comprendas, hijo mío, porque no podrías. Para ti la universidad no fue nunca más que una huelga permanente.

Miguel

Y para ti una esclavitud eterna. Fueron los profesores como tú los que nos hicieron desear un cambio.

César

Claro, queríamos enseñar.

Elena

Nade te dio a ti la universidad, César, más que un sueldo que nunca nos ha alcanzado para vivir.

César

Todos se quejan, hasta tú. Tú misma me crees un fracasado, ¿verdad?

Elena

No digas eso.

César

Mira las caras de tus hijos: ellos están enteramente de acuerdo con mi fracaso. Me consideran como a un muerto. Y, sin embargo, no hay un solo hombre en México que sepa todo lo que yo sé de la revolución. Ahora se convencerán en la escuela, cuando mis sucesores demuestren su ignorancia.

Miguel

¿Y de qué ha servido saberlo? Hubiera sido mejor que supieras menos de revolución, como los generales, y fueras general. Así no hubiéramos tenido que venir aquí.

Julia

Así tendríamos dinero.

Elena

Miguel, hay que llevar arriba este cajón de libros.

Miguel

Ahora ya hemos empezado a hablar, mamá, a decir la verdad. No trates de impedirlo. Más vale acabar de una vez. Ahora es la verdad la que nos dice, la que nos grita a nosotros… y no podemos evitarlo.

César

Sí, Más vale que hablemos claro. No quiero ver a mi alrededor esas caras silenciosas que tenían en el tren, reprochándome el no ser bandido inclusive, a cambio de que en los últimos días de México, rodeados de pausas. Déjalos que estallen y lo digan todo, porque también yo tengo mucho que decir, y lo diré.

Elena

Tú no tienes nada que decir ni que explicar a tus hijos, César. Ni debes tomar así lo que ellos digan: nunca han tenido nada… nunca han podido hacer nada.

Miguel

Sí, pero ¿por qué? Porque nunca lo vimos a él poder nada, y porque él nunca tuvo nada. Cada quien sigue el ejemplo que tiene.

Julia

¿Por culpa nuestra hemos tenido que venir a este desierto? Te pregunto qué habíamos hecho nosotros, mamá.

César

Sí, ustedes quieren la capital; tienen miedo a vivir y a trabajar en un pueblo. No es culpa de ustedes, sino mía por haber ido allá también, y es culpa de todos los que antes que yo han creído que es allá donde se triunfa. Hasta los revolucionarios aseguran que las revoluciones sólo pueden ganarse en México. Por eso vamos todos allá. Pero ahora yo he visto que no es cierto, y por eso he vuelto a mi pueblo.

Miguel

No… lo que has visto es que tú no ganaste nada; pero hay otros que han tenido éxito.

César

¿Lo tuviste tú?

Miguel

No me dejaste tiempo.

César

¿De qué? ¿De convertirte en un líder estudiantil? Tonto, no es eso lo que se necesita para triunfar.

Miguel

Es cierto, tú has tenido más tiempo que yo.

Julia

Aquí, ni con un siglo de vida haremos nada.

Se sienta con violencia.

César

¿Qué has perdido tú por venir conmigo, Julia?

Julia

La vista del hombre a quien quiero.

Elena

Eso era precisamente lo que te tenía enferma, hija.

César (En el centro, machacando un poco las palabras)

Un profesor de universidad, con cuatro pesos diarios, que nunca pagaban a tiempo, en una universidad en descomposición, en la que nadie enseñaba ni aprendía ya una universidad sin clases. Un hijo que pasó seis años en huelgas, quemando cohetes y gritando, sin estudiar nunca. Una hija… (Se detiene).

Julia

Una hija fea.

Elena se sienta cerca de ella y la acaricia en la cabeza. Julia se aparta de mal modo.

César

Una hija enamorada de un fifí de bailes que no la quiere. Esto era México para nosotros. Y porque se me ocurre que podemos salvarnos todos volviendo al pueblo donde nací, donde tenemos por lo menos una casa que es nuestra, parece que he cometido un crimen. Claramente les expliqué por qué quería venir aquí.

Miguel

Eso es lo peor. Si hubiéramos tenido que ir a un lugar fértil, a un campo; pero todavía venimos aquí por una ilusión tuya, por una cosa inconfesable…

César

¿Inconfesable? No conoces el precio de las palabras. Va a haber elecciones en el Estado y yo podría encontrar un acomodo. Conozco a todos los políticos que juegan… podré convencerlos de que funden una universidad, y quizá seré rector de ella.

Elena

Ninguno de ellos te conoce, César.

César

Alguno hay que fue condiscípulo mío.

Elena

¿Quién ha hecho nada por ti entre ellos?

César

No en balde he enseñado la historia de la revolución tantos años; no en balde he acumulado datos y documentos. Sé tantas cosas sobre todos ellos, que tendrán que ayudarme.

Miguel (De espaldas al público)

Eso es lo inconfesable.

César (Dándole una bofetada)

¿Qué puedes reprocharme tú a mí? ¿Qué derecho tienes a juzgarme?

Miguel (Se vuelve lentamente hacía el frente conforme habla)

El de la verdad. Quiero vivir la verdad porque estoy harto de apariencias. Siempre ha sido lo mismo. De chico, cuando no tenía zapatos, no podía salir a la calle, porque mi padre era profesor de la universidad y qué irían a pensar los vecinos. Cuando llegaba tu santo, mamá, y venían invitados, las sillas y los cubiertos eran prestados todos, porque había que proteger la buena reputación de la familia de un profesor universitario… y lo que se bebía y se comía era fiado, pero ¡qué pensarían las gentes si no hubiera habido de beber y de comer!

Elena

Miguel, no tienes derecho a reprocharnos el ser pobres. Tu padre ha trabajado siempre para ti.

Miguel

¡Pero si no es el ser pobres lo que les reprocho! ¡Si yo quería salir descalzo a jugar con los demás chicos! Es la apariencia, la mentira lo que me hace sentirme así. ¡Y, además, era cómico! ¡Era cómico porque no engañaban a nadie… ni a los invitados que iban a sentarse en sus propias sillas, a comer con sus propios cubiertos… ni al tendero que nos fiaba las mercancías! Todo el mundo lo sabía, y si no se reían de ustedes era porque ellos eran igual y hacían lo mismo. ¡Pero era cómico!

Se echa a llorar y se deja caer en uno de los sillones.

Julia (Levantándose)

No sé qué puedes decir tú cuando yo pasé por cosas peores… siempre mal vestida… y siendo, además, como soy… fea.

Elena (Levantándose y yendo a ella)

Hija, ¡no es cierto! Le toma la cabeza y la besa. Esta vez Julia se deja hacer.

César (Después de una pausa)

Hay que subir esos libros, Miguel.

(Miguel se levanta, secándose los ojos, con gesto casi infantil, y entre los dos hombres levantan la caja).

Déjanos pasar, Elena.

(Elena se hace a un lado dejando libre el paso hacia la escalera. En ese momento llaman a la puerta).

¿Han tocado?

(Pequeño silencio durante el cual todos miran a la puerta. Nueva llamada. César deja la caja en el suelo y contesta, mientras Miguel se aparta de la caja).

¿Quién es?

La voz de Volton (Con un levísimo acento norteamericano)

¿Hay un teléfono aquí? He tenido un accidente.

César se dirige a la puerta y abre.

Aparece en el marco el profesor Oliver Bolton, de la Universidad de Harvard. Tiene treinta años y una agradable apariencia deportiva. Es de un rubio muy quemado por largos baños de sol, y viste un ligero traje de verano.

César

Pase usted.

Bolton (Entrando)

Siento mucho molestar, pero hago mi primer viaje a su hermoso país en automóvil, y mi coche… descompuesto en la carretera. ¿Puedo telefonear?

César

No tenemos teléfono aquí. Lo siento.

Bolton

Oh, yo puedo reparar el coche, (sonríe) pero está todo oscuro ahora. Tendría que esperar hasta mañana. ¿Hay un hotel cerca?

César

No. No encontrará usted nada en varios kilómetros.

Bolton (Sonriendo con vacilación)

Entonces… odio imponerme a la gente, pero quizá podría pasar la noche aquí… si ustedes quieren, como en un hotel. Me permitirán pagar.

César (Después de una pequeña pausa y un cambio de miradas con Elena).

No será necesario, pero estamos recién instalados y no tenemos muebles suficientes.

Miguel

Puede dormir en mi cama. Yo dormiré aquí.

Señala el sofá de tule.

Bolton (Sonriendo)

Oh, no… mucha molestia. Yo dormiré aquí.

César

No será ninguna molestia. Mi hijo le cederá su cama; nos arreglaremos.

Bolton

¿Es seguro que no es molestia?

Miguel

Seguro.

Bolton

Gracias. Entonces traeré mi equipaje del coche.

César

Acompáñalo, Miguel.

Bolton

Gracias. Mi nombre es Oliver Bolton. (Hace un saludo y sale; Miguel lo sigue).

Elena

No debiste recibirlo en esa forma. No sabemos quién es.

César

No; pero pensaría muy mal de México si la primera casa a donde llega le cerrara sus puertas.

El gesticulador de Rodolfo Usigli.
Rodolfo Usigli.

Biografía de Rodolfo Usigli

Rodolfo Usigli (Ciudad de México, 17 de Noviembre de 1905 — 18 de Junio de 1979). Dramaturgo, novelista, poeta y teórico teatral. Ha escrito, entre otros, El apóstol, El niño y la niebla, El gesticulador, Conversación desesperada, Sueño de día, La familia cena en casa, Corona de sombra, Jano es una muchacha, Corona de fuego, Corona de luz, El caso flores, El encuentro, México en el teatro, Anatomía del teatro e Itinerario de un autor dramático.

Viviendo en medio de la revolución mexicana

Su padre era italino y su madre austrohúngara, ambos migraron a México sin conocer a nadie, ni tener noticia del idioma local, y dentro de un contexto de profundas desigualdades sociales que terminaron por detonar la revolución mexicana. Usigli creció en un hogar del estrato más pobre.

[Viví] en una humilde vecindad donde mi familia ocupaba una vivienda en la primera calle de San Juan de Letrán.

La cultura europea en que se formaron sus padres, permitió que Usigli creciera con un acercamiento mayor a la lectura que cualquier niño promedio de clase media y baja mexicana: estuvo rodeado de libros.

Y por otro lado, en el contexto de la revolución mexicana, fue uno de los miles de niños que se vieron forzados a abandonar la escuela y buscar un trabajo para apoyar a su familia.

Una literatura innovadora

En 1938 escribe El gesticulador, una de las primeras tragedias hispanoamericanas.

Además, fue el primer dramaturgo hispanoamericano que escribió un tratado sobre dramaturgia: Itinerario del autor dramático (1940).

Entre sus trabajos poéticos destaca el libro Conversación desesperada (1938)

En 1944 publica Ensayo de un crimen, la primera novela urbana de la ciudad de México, con notable éxito.

En 1955 el director Luis Buñuel lleva su novela a la pantalla grande bajo el nombre de Ensayo de un crimen o La vida criminal de Archibaldo de la Cruz.

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