Enrique Verástegui: 5 poemas en los extramuros

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Poemas de En los extramuros del mundo, de Enrique Verástegui. El libro que lo posicionó como una las voces más originales de la poesía peruana, a sus 21 años.

Introducción

Año 1971. Ha pasado un año desde la fundación del movimiento poético Hora Zero, grupo que participa del antioficialismo literario peruano y que empezó a tener repercusión mediática gracias a su manifiesto Palabras urgentes, escrito por Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel. Un manifiesto que generó polémica entre los escritores de la época, ya que prácticamente decía que, salvando a César Vallejo y un par de nombres, la poesía producida en Perú no era digna de comentar.

Sin embargo, lejos de promover un rechazo generalizado, escritores de diversas partes del país decidieron unirse a la propuesta de Hora Zero, entre los que se encontraban Carmen Ollé, Mario Luna, Tulio Mora, Ángel Garrido, Eloy Jáuregui y Enrique Verástegui.

Ha pasado un año desde la fundación de Hora Zero y ya se han publicado dos libros importantes del movimiento: Kenacort y Valium 10 de Jorge Pimentel, y Un par de vueltas por la realidad de Ramírez Ruiz, y a estos dos libros se uniría En los extramuros del mundo, escrito por el más joven de los integrantes: Enrique Verástegui, con 21 años.

Un libro icónico de la generación del 70

En los extramuros del mundo sorprendería por su calidad poética y su originalidad.

Este primer libro, escrito —según cuenta Verástegui— entre las calles y el Centro federado de Economía de la Universidad de San Marcos, fue presentado al editor Carlos Milla Batres [de 36 años entonces] quien lo publicó bajo su propio sello, anotando en el prólogo.

La biografía de Enrique Verástegui Peláez es asaz breve, pero a partir de este gran libro se magnifica por su revelador talento poético. Verástegui nació en Lima en abril de 1950, su niñez y adolescencia las vivió en la vecina ciudad de Cañete hasta 1969 en que regresó a la capital para hacer estudios en la universidad de San Marcos.
En 1970 Verástegui ingresó al movimiento poético Hora Zero, participando del antioficialismo de este grupo a toda cultura oficialmente patrocinada y condenando abiertamente el aburguesamiento de los intelectuales peruanos.
Pero de la protesta intelectual de los manifiestos y de las agresivas hojas contra el mercadeo de los congresos, Verástegui ha pasado a la insurrección creadora como lo testimonia verdaderamente este valiosísimo libro revolucionario de una singular vitalidad por su aportadora originalidad a la poesía peruana y latinoamericana.

Carlos Milla Batres; Prólogo de la primera edición de En los extramuros del mundo.

El poemario más querido en 40 años

En 2011, para una antología consultada de poesía peruana que comprendería el periodo 1968—2008, el crítico Abelardo Oquendo realizó una encuesta a más de 130 representantes calificados de las letras peruanas, para determinar qué poemarios debían integrar dicha lista.

En las votaciones realizadas, En los extramuros del mundo ocupó el primer puesto, como el libro más solicitado para participar en la recopilación, seguido por Noches de adrenalina de Carmen Ollé.

Un dato curioso es que Carmen Ollé y Enrique Verástegui (los poetas más votados) fueron pareja y tuvieron una hija juntos.

Primer encuentro con Lezama

Llevo un sol en mis bolsillos
pero ya no tengo nada en mí
no puedo soñar cantar pensar en cosas concretas
no puedo soñar cantar escribir ese poema para ti mi gatita arañándome el hombro
y mis vecinos me tienen controlado
me ven llegar como una peste
y hablan de mí
entre comillas soy el ocioso el paria el que llega tarde en la noche
y corro por estas calles de Lima
buscando recordando a Vivian
cayéndome en pedazos consumido por mí mismo y tu no hacías nada por mí, viejo Lezama, estás ya viejo, pero te guío por estos
sitios
Vivian solía aparecer desnuda con sus enormes muslos de cedro
y mira acá esta foto: es Jericó devastada por el mal uso de los sebos, por la droga, las flores de plástico
y sal un poco de tus paginas, de esos aires, Lezama, sé que el asma es tu paraíso
pero comparando nuestros árboles, nuestra sana manera de tendernos en la yerba
yo habito más que el infierno
y debo caminar pudriéndome por quedar bien contigo mientras vamos paseando por Tacora
entre prostitutas y ladrones
que no logran robarnos nada porque nada tenemos pero tenemos hambre y comemos ciruelas
y corremos fugándonos sin cancelar la cuenta
y otra vez estamos en la plaza San Martín frente al caballo inmovilizado por las cámaras de los turistas
sin saber dónde ir ni qué ómnibus tomar
sin saber cómo ni cuándo apareciste en Lima sorpresivamente como esas pocas lluvias que llegan para lavamos de la duda
y ahora estamos contigo en el café Palermo
ahora ya puedo decir que tus palabras huelen a manzano y los manzanos son gente sencilla que ignora el uso de la palabra gente que ignora el mal uso de la palabra
ahora sé que nada se perdió
y aprendí que el verso más claro está garabateado sobre la pared de los baños
y voy recitándolo con voz sonora en medio de la calle
mientras me alejo y llevo a Lezama prendido como un laurel sobre el ojal de mi camisa
yo no quiero brillar con esa intensidad de aviso Phillips
yo tengo un brillo en las pupilas
tan claro como el verso más claro que ahora voy gritando por estas páginas sórdidas
y somos arrojados uno al lado de otro sobre esta gran ciudad caminan un par de iguanas
reptando y comiéndose la luna
uno más joven que el otro
uno más flaco y pálido y callado y con las alas cortadas por la rutina de estar continuamente dando batallas a la rutina dando vueltas
y más vueltas encima de los cables
otra vez solo
sin nadie con quien cruzar unas palabras, una idea,
y los ojos están ardiéndote,
todo lo que miras es alcanzado por el fuego,
como en la hora del Juicio Final,
he llegado a mí después de haber gritado en las praderas porque todos huían de ti pero ya tu habías huido de todos
y el corazón te quema más que un buen vaso de brandy en el estómago
más que todos los fogones ardiendo juntos de noche sobre los campos,
el corazón es mi palabra y más que mi palabra soy yo ardiendo de noche sobre los corazones que aún no han conocido el amor
y están desesperados gimiendo arrancándose los cabellos.

Para María Luisa Rojas de Peláez

muerta el 21 de agosto de 1969 en Cañete donde moran, a las cinco de la mañana en el estanque los ángeles de Jericó

Ya puse estos versos como ramas de olivo sobre tu tumba oh mi abuela y me tendrás aquí para siempre – gritando, dando alaridos, llamándote, prosternado a tus maneras,
levantándome, maldiciendo a pesar de las prohibiciones y de que no debo hablar con locos
o pillar frutas en los mercados.

Estaré silencioso estos días como cuando hacia las 4 de la tarde cogías tu alfombra
para continuar tejiéndola con yerbas y ángeles de Jericó y rojos y verdes y dorados.
No fumaré ni saldré ahora a caminar con Mario hablando de Marx de la victoria.

Llegué hasta la tumba donde duermes y duerme una parte de mis años, de mi sueño
y permanezco como brasa bajo la lluvia o bajo el jazz de las discotecas escuchando cantar a Odetta.
meciéndome como la brisa como un murmullo de mariposas sobre mis rodillas,
sobre mi soledad.

Y no quiero estar solitario, no quiero ni puedo.
Tú viajas junto a mí a mi lado y soy la yerba por donde vas caminando sin que se noten tus ojos y tu canto
—en el patio deliro conversando con lo que eran tus pasos trazados sobre la noche
como por la constelación de mis labios sobre la frialdad del vidrio que daba a tu rostro en el ataúd.
y eso era todo o casi todo; yo volando por la ciudad con mis juguetes, enardecido como un ángel, con mis palabras de ángel.

Vi cómo te despediste de mí por última vez aquel día de agosto en Tigre cuando te trajeron a Lima a Neoplásicas y yo recién tanteaba mi ingreso en la universidad que ahora desprecio.

Toda la mañana de aquel día viajé en ómnibus, sudando, abochornado, desmayándome en los semáforos,
con una sensación de muerte en los labios, con el llanto.

Y eso era todo o casi todo, o nada.

Llegué hasta tu tumba cruzando amplios jardines —perdido entre otras tumbas
y chocándome a cada instante con viejos conocidos de cabellos de neón— amigos suicidas
—parientes parientes venidos a menos después de la lluvia— devorando frutas y palabras extrañas en los manicomios, en el fondo de cuartos que ya nadie recuerda.

Este es Jarry que retorna a tu álbum de recuerdos, a tu gusto; cargado de soledad
y sin sentido, hablando de cosas ininteligibles, blasfemando
—recíbeme abuelita soy yo el más engreído.

Agitaste tu mano desde dentro del automóvil, tu último saludo para mí —adiós al nieto que más querías
y a quien continuaste lavándole pañuelos y camisas aún cuando ya te sentías enferma
a 28 días de tu muerte y mírame colgado en la percha en la sala junto al estante de libros
entre la yerba y los ángeles de Jericó.
Hoy me levanté temprano y corrí a saludarte porque también toda palabra es un parque de sueños
y aquí estoy para siempre a tu lado, como las ramas de olivo que te puse ayer en la tumba.

Datzibao

De pronto perdí todo contacto contigo.
Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí.
Ya no pude volar sobre ti como todos los días a las tres de la tarde estas pobres alas no dieron más
y aquí me tienes ideando estas líneas que reflejan mis ojos cansados de ir caminando con la mente y las manos repletas de
yerba.
Yo fui el primer sorprendido.
La extrañeza de ser dos aves hurgándose el pecho y corriendo uno detrás del otro entre las matas y bancas del parque
y éramos arrojados fuera de nosotros mismos y por esto fue que conocí tu ciudad
y me apreté contra ti buscando desesperadamente encontrarme en tus ojos y amé todas tus cosas
y tu mirada angustiada y esa seriedad para responderme a ciertas preguntas y cuestiones que nos diferenciaron para siempre de las personas nacidas antes de 1950
tu maravilloso instinto agresivo desarrollado contra los males del tiempo y portándote como en la más furiosa embestida
en la batalla por un lugar en el taxi que nos alejó miles de cuadras más cerca de la pasión de la vida
hoy miércoles y no otro día.
Porque ya es hora de ir poniendo las cosas en claro y más que nada empezar a ser uno mismo
un solo obstinado bloque de rabia.
Tú por todo lo que para mí reflejabas lo más claro eres mi sopor antes de echarte a gritar por estos sitios malditos
aún después de haber transformado esa palabrita bestialmente lúcida en una flor obsesiva
que yo no quiero acariciar ni comprender el suicidio mi amiga es una espera maldita.
como puede ser aguantarnos un par de horas más en el parque en medio de un viento furioso que pugna por arrancar de raíz lo más nuestro de nosotros
y tú junto a mí convertida en mi aliento escuchándote aprendiendo de ti a la Molina no voy más esa canción negra arde en mi pecho, me aplasta, levanta, avienta a decir no contra todo.
Cada uno recuerda su primera caída.
Cada uno recuerda paso por paso los pasos que fue dando y los que no dio porque en uno mismo está el propio enemigo.
Y yo me levanto para luchar contra mí —y me tengo miedo.
Lo perfecto consiste en desabotonarnos el torso mientras vamos salvajemente penetrando en esta selva de arenas movedizas
y tu vida o mi vida no ruedan como esas naranjas plásticas que eludimos porque tú y yo somos carne
y nada más que un fuego incendiando este verano.
La vida se abre como un sexo caliente bajo el roce de dedos reventando millares de hojas tiernas y húmedas,
y no dijimos nada pero exigíamos a gritos destruir la ciudad, esta ciudad ese monstruo sombrío escapado de la mitología devorador de sueños.
Y el musgo creció como un verso clarísimo en tus ojos.
Tú querías leer mis poemas aferrarte a ese instante de dulzura donde jamás hubo límites entre uno y otro ser
y fuiste sólo una muchacha que pasó por mis ojos silenciosamente pegada a mí a mi secreta manera de enredarme en las cosas de explicar un mundo indeciso sembrado con piedras
yo que creí que nada era nada en cualquier lugar de este mundo
y de pronto me di con tus sueños como con un golpe de mar sobre el rostro
y luego adiós porque todo y nada puede explicarse en el amor y porque todo y nada se explica en nosotros y con nosotros.

Si te quedas en mi país

En mi país la poesía ladra
suda orina tiene sucias las axilas.
La poesía frecuenta los burdeles
escribe cantos silba danza mientras se mira ociosamente en la toilette
y ha conocido el sabor dulzón del amor
en los parquecitos de crepé
bajo la luna
de los mostradores.
Pero en mi país hay quienes hablan con su botella de vino sobre la pared azulada.
Y la poesía rueda contigo de la mano
por estos mismos lugares que no son los lugares para filmar una canción destrozada.

Y por la poesía en mi país
si no hablaste como esto
te obligan a salir
en mi país
no hay donde ir
pero tienes que ir saliendo
como el acné en el cascarón rosado.

Y esto te urge más que una palabra perfecta.
En mi país la poesía te habla
como un labio inquietante al oído
te aleja de tu cuna culeca
te filma tu paisaje de Herodes
y la brisa remece tus sueños
—la brisa helada de un ventilador.
Porque una lengua hablará por tu lengua.
Y otra mano guiará a tu mano
si te quedas en mi país.

Una cita con Sonja / En los extramuros del mundo

Estoy siendo lavado en los maceteros de la suciedad.
Hace mucho deseo poner todo en su sitio y largarme de aquí
—para siempre.
Y pintar y cantar mi verdad —fresca y mojada.
Yo te construyo, con mis palabras, te doy los ojos, te doy la voz te doy un poder tan fresco en el poder de soñar despierta
mientras vienes envuelta en un manto de hojas
vivas, tú lavada entre mis brazos,

ya te alejas como una palabra mal tecleada o pronunciada,
como un murmullo,

entre las voces: un lapsus en el concierto de Joan Báez.
Y ya nada me pertenece que no sea el poder de llevarte dentro de mí y lo que bien o mal no quiero.
Ya nada me pertenece ni me retiene como un colibrí
en los pétalos de la muerte.
Y morir es alcanzar 10 mil indulgencias (S/.) en el centro de la sociedad opresiva: American Way of Life.
Y me gritaron salvaje por no saber caminar en parquet.

Porque yo soy más salvaje de lo que pude parecer.
Y más libre. Y más limpio.

Y pienso esculpir una gota de lluvia.
Y pintar un cuadro con un árbol lleno de fuego con ese ramaje tan parecido a mí cuando es otoño
y salgo de noche a caminar por allí con bruma
y con la lluvia lavándome el alma.
Son más de las doce —y todo está solitario.

Grito, llamo, me desgarro. Pero nadie acude a mi lado.
Nadie posee ese don de ser para mí una tinaja con agua de lluvia: una tinaja de palabras que estallen
como una molotov en los muslos de la poesía.
Esta es la hora de los más grandes deseos.
Y hora de los ratones saliendo desnudos a morder naranjas violetas entre los sótanos más cochinos de la belleza.

Y pienso en ti mi querida Sonja en tus labios que muerden canciones barrocas del Siglo XII
porque mis dedos solo han aprendido a tocar
como una sonata
tus senos pequeños
mientras continúas leyéndo «Túpac Amaru, Amarup Churin, Apu Salqantaypa….»

y yo te escucho aquí sentado abrazándote junto al árbol bajo la luz de un poste en el jirón Cuzco parecemos un par de locos gritando en medio de la noche en la hora de las más graves verdades:

tú y yo Sonja y Enrique son un buen ángel que vuela
llevando escondido en la mirada
un paraíso de horror hermosura lucidez
y pinchados de miedo cruzando una y otra vez los campos

Porqué y el Paraqué y el Conqué y el Dequé
volteando sobre esta memoria estirada sobre una porción de jalea
y pasando por Lampa como por una boca oscurísima en Azángaro o Camaná y Colmena con toda la mierda sintetizada en sus calles
con Hamlet caminando entre delirios y sombras
y el callado estudiante —admirador de Marcuse
y Laurita y Sofía y Susana y Rosina y también tú caminabas con mucha premura y con la vista alta o baja como una marea que sube y que baja huyendo de qué
y para qué en tu casa rodabas como este planeta sobre las autopistas del universo y yo te conduje a mi cuarto barato
entre hongos y pinturas y visiones de neurosis

y Boch con sus pinceles en vuelo
y Chopin en brazos de la Sand
enloquecidos con el estremecimiento de la noche
y conocí a Dante —de lejos yo lo veía
conocí a Shakespeare
—los almacenes Shakespeare S. A.
y vi a Sade y a Sade y a Li Po o Li Taipo
y estuve con Leoncio y Carlos y Peña celebrando 100 años de Lautreámont —una kola fue suficiente
y un solo vaso— una sola palabra

pero nunca fue suficiente lo que tuvimos a la mano y junto a mí detrás del lenguaje ardía como una flor sobre la arena nuestra sensibilidad extraviada
entre estos lugares de porquería sucios ya por el continuo rozar nuestro en el polvo nuclear bajo el instante
lluvioso anduvimos como Inkarri en lo hondo del ojo
—ojo que araña
trotando de aquí para allá entre Colmena y esas calles oscuras con sus cafés y sus animales de espanto
y porque como lo hemos leído al empezar el primer canto «a mitad del viaje de nuestra vida, me encontré en una selva oscura”
como tantos de nosotros
yo por ejemplo que ahora estoy recurriendo a hablarte de esto 148 Km. al sur de tus ojos
cuando ya nada importa más como nosotros mismos
que somos a última hora el reflejo de un universo más vasto.

Y esto es (más que un atado de versos)
la asunción perfecta de tu cuerpo lleno de naves
y oleajes más frescos que luz
de pergaminos forjados el tres mil a. de J.C.
y hallados 20 siglos después
cierta noche parecida a ésta en el cauce
de un río amargo.

Esto es como el amor todo y nada a la vez:
una batalla entre tu alma y la mía
y en la que indefectiblemente salimos siempre perdiendo
y con el alma más limpia como un rostro
recién mojado en las tormentas de seguir perdidos
en un alfabeto extraño en las tribus secretas del Oriente.
Pero estás tú —vivita y coleando. (Y culeando.)

Y estamos todos en la misma brega con el corazón
como un mar furioso a las 4 de la mañana
y con el mismo vigor
y los sueños que ahora están ampliándose
como un murciélago con alas de berenjena:
esta imagen breve e intensa de la vida
y trasponiendo la noche irreal
en la bella noche de la poesía.

Porque esto es lo real.
Lo único real que ha ido quedando en nosotros.
Y lo que hemos podido rescatar
a ese inmenso naufragio de nuestra civilización:
tu sexo riquísimo.

Y el furor de tus mejillas: conciencia era esa yerba
que ahora hemos cogido para lavarnos de la neurosis
—la angustia— ángeles de yeso arrebatándonos los ojos
y prendidos del aire cayéndonos en despeñaderos
con flor de furia
y tú más pálida que una tarde con bruma en María Angola

porque somos y huimos perseguidos
más acá o más allá

de nuestra furiosa manera de vivir o decidir
qué vamos a soñar o construir en los territorios de la poesía:
Icarus navegando como un ogro en un mar de Esperanto

y con tu nombre: Sonja echada contra mí.
Sonja en una canción de agosto.
Sonja cántaro de barro. Sonja cántaro.
Sonja y yo sobre esta vida con la voz y los sueños deshechos por el miedo.
Sonja arrojándome del lecho / apestando / desnuda.
Dos mil años la rompieron.
Dos mil lenguas como una soga ardiente enervándose alrededor del cuello.
No me hagas daño / te odio.
Sonja. Sonja. Metiéndome en sus piernas.
Soy la serpiente mordiendo los sesos de la muerte y muerdes manzanas de fuego en la noche cuando nada nos salva ni nada te salva. Porque aún
escribes con tintura de sauce sobre papiro
como cuando creciste cubierta
de arroz / de poesía
con los espasmos de Lesbos
mientras bebíamos guinda
y nada hacía deslumbrar nuestro destino.

Llegué un poco antes de las 10 p.m.: tú ya te habías desnudado y dormías como una cicatriz sobre mi hombro.
Sonja. Sonja. No soy otro ni nadie.
Yo soy el que no quiso ser lo que ahora o nunca
pudo dejar de haber sido un furioso lucero
trasponiendo los límites
entre la noche y la poesía. Quiéreme / te amo
—no podía haber escrito otro verso

ni un algo parecido a la sensación de encender

nuestra bella costumbre ni la alegre frescura
de no caer absorbidos en los terrenos eriazos.
Yo adoré tus cabellos mojados como una hoja de olmo después de la lluvia.
Oh sí yo sí adoré tus palabras de estambre
y tu palabra precisa en tu boca dorada.

Yo adoré ese lecho de versos y hojas y vientos
que nacían o venían contigo
como un ángel descendiendo a estos versos
en la tarde cuando tú encendías
frutos de oro
lamiéndome el falo y lamiendo la rueda de los espasmos
porque el estío era luz y era flor

y la flor esa luz que embellece
la terrible soledad en los mundos del Boch.

Y la memoria se abre el silencio la luz los frutos
y a la larga estamos
otra vez empezando porque toda muerte
pare una vida y tú pariste otra muerte
o una vida que es como dormir sobre algún párpado de la muerte y vas caminando toda vestida de negro

corriendo corriendo con un sudor en tu frente
con fiebre y las mejillas pálidas

como un remolino tragándose a la vida
ssscrrr — sscrrr —cantó el pájaro del deseo.
ssscrrr — ssscrrr — ssscrrr.

¿Muerte es un verso cuyas ramas se tuercen como un lago seco?
Y estamos otra vez aquí sobre la noche
mirándonos y no mirando a otra parte que no sea
a ese fantasma salido de tu promesa de lavar
con fiebre esos trozos resecos de la sangre
del que se alejó cantando como Juan en el desierto.

Y sin embargo ¿quién brotará más cerca de la vida
de un tiro en la sien frente al espejo o colgando de un semáforo como de sus propios presentimientos? ¿ha llegado mi hora?
¿es ésta tu hora? ¿tu hora? ¿tu hora? ¿la hora?

¿What time is it?
Y también tú bellísima Sonja intentabas hallar tu identidad por el suicidio: feb./71.

Y yo leí tus viejos cuadernos de poemas.
yo leí tu poemita de la soledad con zapatos
—escrito cuando cumpliste los 12 años.

Y hemos caminado mucho entre estos semáforos violetas
—y ya no puedo contener mi furiosa belleza.

Sonja. Sonja. Cántaro de barro.
El amor crecía como un grito con olas de laurel
sobre este lecho cubierto con tu poesía.

Y el amor la lucidez la entrega el vigor: eran el Himno
que entonamos con nuestros labios frescos.
Y el amor la lucidez la entrega el vigor: son nuestra señal
en los días de guerra.
Y nada de lo heredado por la sangre pudo resistir a la belleza.
Y nada ha podido alejarnos de la frescura de un pensamiento espléndido.
Y ya no puedo contener mi furiosa belleza.
Todavía espero esa tabla con diablos e inválidos pintados
como una gacela sobre el cielo de Lima:
una luz sobre otra es la señal:
una luz en el rostro: señal de este siglo.

Y nadie más sino tú y yo esperamos coger la revelación
en su más libidinoso y secreto esplendor.
Fuimos conducidos al patíbulo
Y degollados sobre una bandeja de plata en las cortes de Herodes.
Cortes de casimir.
Cortes marciales: II zona judicial de policía en Perú
para los que crearon belleza creando molotovs
y creando revueltas entre los jóvenes.
Y somos pateados vejados jodidos.
Y el que transita a mi lado voltea el rostro
y escupe y siente asco y vergüenza de mí.

¡Estupendo! ¡Estupendo! “Los perros ladran,
señal de que avanzamos Sancho»

Porque ya no puedo contener mi furiosa belleza.

Y ya no puedo seguir como un verso que huye de la memoria.
Y cada noche al regresar a nuestras páginas

a nuestra soledad
nos cuestionamos / nos lavamos
y pensamos y vemos que ya este acto furioso
de aprisionar a la tormenta
y caminar libremente por el espacio abierto
en el espacio de unas líneas
es una victoria que no todos saborean.

Y entonces tuvimos que andar buscando nuestra propia
y amarga manera de entender estas cosas:
una lenta y amarga experiencia: hermosa como un ave silvestre.

Biografía de Enrique Verástegui

Enrique Fidel Verástegui Peláez (Lima, Perú, 24 de abril de 1950 — 27 de Julio de 2018). Poeta, narrador, filósofo, ensayista, dramaturgo, matemático.

Entre sus más de cincuenta libros publicados destacan En los extramuros del mundo, la tetralogía Splendor (integrada por Monte de goce, Taki onkoy, Ángelus novus I y II, y Albus), Ensayo sobre ingeniería, El modelo del teorema, Teorema del anarquista ilustrado y Tratado sobre la yerbaluisa.

Inicios literarios

Nació en Lima, pero a los meses de nacido su familia se mudó a San Vicente de Cañete (en el sur de Lima, a tres horas de la ciudad capital), donde pasaría su infancia y adolescencia. Hasta que terminado el colegio vuelve a Lima para estudiar Economía, administración y contabilidad en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Es en esos primeros años universitarios cuando Verástegui escribe los poemas de su primer libro: En los extramuros del mundo.

En este periodo universitario también inicia su amistad con Jorge Pimentel y Juan Ramirez Ruiz —poetas de la Universidad Federico Villarreal, a 25 minutos de San Marcos— quienes habían creado una revista llamada Hora Zero, que terminaría convirtiéndose en el movimiento poético más importante del siglo XX en Perú, y a donde Enrique Verástegui ingresa siendo el más joven de sus integrantes.

En los extramuros del mundo

Con 21 años, y formando parte del movimiento Hora Zero, Verástegui publica En los extramuros del mundo, poemario que sorprendería por su calidad poética y que sería uno de los libros más icónicos del movimiento.

La importancia del libro en la poesía peruana es tanta que 40 años después de su publicación, en una lista que pretendía recopilar los libros de poesía publicados entre 1968—2008, En los extramuros del mundo fue el libro más solicitado de la lista.

Años 70

Tras En los extramuros del mundo Enrique Verástegui empieza a escribir una serie de libros de diversos géneros. No publica poesía en 6 años, pero escribe libros de ensayos y filosóficos como Breve informe (alegórico) de los años 60/70: una poética (1975). Además, en este periodo se dedica a trabajar escribiendo para revistas y medios en todos los diarios de Lima.

En 1975 grabó sus poemas para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. En 1976 gana la Beca Guggenheim, que le permitó viajar a Europa, donde estudió Sociología de la literatura en la Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales. Y fue seleccionado para representar a América Latina en un homenaje a Allen Ginsberg en la Residencia de estudiantes y artistas americanos en París.

En 1977 en París funda Hora Zero Internacional. Publica Agregado sin corrección a los estudios de poesía y Typewriter concerto. En estos años escribe para la revista Realidad aparte de Nueva York, que tenía como redactores a personajes como Lou Reed, Anne Waldman y Pere Gimferrer.

En 1980 aún en Europa lee sus poemas en la famosa librería Shakespeare & Company con el colectivo Revolte de París.

Este viaje a Europa sería de gran importancia para Enrique Verástegui y su esposa, la escritora Carmen Ollé, quien empezó a escribir los poemas de su más elogiado poemario Noches de adrenalina, publicado en 1981.

Ética o Splendor

Hacia finales de los años ochenta publica el libro de poesía Leonardo —que más tarde formaría parte del libro Albus—, y que sería el inicio de una pentalogía poética llamada inicialmente Ética, y luego Splendor. Conformada por los libros Angelus novus I (1989) Angelus novus II (1990), Monte de goce (1991), Taki onqoy (1993) y Albus (1995).

La pentalogía no se publicó de forma conjunta hasta casi 20 años después del último libro.

Fue publicada en 2013 con el nombre de Splendor: epistemología y épica de la complejidad, gracias a un esfuerzo monumental comandado por el escritor Yaxkin Melchy —quien recopiló y transcribió cada una de las mil páginas que conforman el libro—, y al esfuerzo de las cinco editoriales independientes que colaboraron para su primera publicación en conjunto: 2.0.13 Editorial, Literal, Kodama cartonera, Grafógrafo ediciones y La ratona cartonera.

Comentarios sobre Enrique Verástegui

En 1996 Enrique Verástegui fue llamado «el poeta prodigio» de occidente por la revista francesa Les temps modernes, y el «más imaginativo poeta peruano», por la revista Inti, en 1997.

En el prólogo de Angelus novus I, uno de los libros de la pentalogía Splendor, el crítico Ricardo Gonzáles Vigil, comenta.

Quema, transporta, transfigura. Hoja, flor, incendia, abraza, conjura, abre, totaliza, desnuda y nos desnuda como hombres, como autor y lectores que atinamos a ejercer cabalmente nuestra humanidad, la compartida savia de la especie. Torna a encarnar así la misión principal del lenguaje más radical y auténtico, más anclado en el origen del ser, el de la Poesía: revelación, iluminación y profecía en permanente novedad. Inaugura la vida. Arde en la zarza, clama en el desierto, separa las aguas encontradas y agita tempestades. Metamorfosea al escritor, a la página en blanco y al lector en espíritu, oasis, pascua, comunión, utopía. Ave Fénix, entrecruza flores de hierba y paraísos recuperados, siempre distinta, siempre igual. Escritura desmesurada, virtuosa, desatada, intelectualista y embarrada de vida.

Ricardo Gonzales Vigil

En otra reflexión sobre Enrque Verástegui, comentaría el escritor chileno Héctor Hernández Montecinos.

Sin duda, la obra del poeta peruano Enrique Verástegui es la que ha llegado más lejos, la que más ha tensionado el poema hasta sus invisibles límites con la ciencia, la mística, el arte. Toda la sabiduría humana se puede encontrar en uno de sus escritos, si es que pudiéramos entender desde la literatura lo qué es la sabiduría y lo qué es lo humano. En cada uno de sus libros una extraña forma entender el mundo se conjuga con un lirismo devastadoramente sublime, que hace que cada uno de sus excesos sea a la vez una mínima gota de ese mar que es su mente. El desborde total de su imaginario es quizá la comprobación de hasta donde puede llegar la poesía, e incluso más allá de la propia palabra, la propia voz, porque en la obra de Verástegui se oye no sólo a una generación de poetas latinoamericanos de avanzada, no sólo por su inicial fliación con Hora Zero o con los Infrarrealistas, sino que también con las más nuevas poéticas que han hecho de la radicalidad un estandarte a los nuevos desórdenes de los sistemas mundiales. Tanto su monumental Ética, como la genialidad irreverente y certera de su trabajo ensayístico, son un giro anómalo que no ha podido ser superado hasta el día de hoy. La profundidad de su visión responde a cuestionamientos que seguramente se harán el día de mañana.

Héctor Hernández Montecinos

Premios y homenajes

En 1976 gana la Beca Guggemheim, que le permite viajar por europa. En 2009 gana el Premio Luces por su libro Teoría de los cambios. En 2010 la feria del libro Ricardo Palma le ofrece un homenaje y llama a los pasadizos de la feria como alguna de sus obras: En los extramuros del mundo, Monte de Goce, Ángelus Novus y El Motor del deseo.

En 2011 se le hace un homenaje en el Encuentro Mundial en la Casa del Lago Juan José Arreola en México. También en 2011 se realizó un encuentro poético internacional llamado En los extramuros del mundo, en Cañete, la ciudad donde vivió toda su infacia y adolescencia.

En 2013, es homenajeado junto a los integrantes de Hora Zero en la Antisemana de Literatura, organizada por la revista Mutantres y otros colectivos en la Universidad de San Marcos.

En 2015 también se le realiza un homenaje realizado por los estudiantes de la Universidad Federico Villarreal.

Se han hecho estudios sobre En los extramuros del mundo y la obra de Enrique Verástegui por diversos investigadores de América Latina como Alba Fede, Ricardo Gonzáles Vigil y Elena Cáceres.

En 2015 se publica el libro de ensayos Poesía y psicoanálisis. Falo/Escritura en Enrique Verástegui, por Paul Guillén.

El 27 de Julio de 2018 fallece Enrique Verástegui a los 68 años, su cuerpo fue velado en la Biblioteca Nacional del Perú.

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