Las 5 cartas de Miguel Hernández con García Lorca

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Admirados por España y distanciados en vida. Las cinco cartas de Miguel Hernández que revelan su difícil relación con Federico García Lorca.

Introducción

De García Lorca y Miguel Hernández sabemos algunas cosas que los relacionan: ambos fueron escritores españoles, escribieron poesía y teatro, ambos —a pesar de la diferencia de edad de Hernández— fueron adscritos a la generación del 27, y ambos fallecieron jóvenes: Lorca fue fusilado por el bando nacional, y Hernández murió de tuberculosis en prisión franquista.

Las similitudes que tuvieron ambos: profesión, generación, amistades, podrían indicar que antes de los terribles sucesos que los unirían aún más, los dos fueron buenos compañeros. Lamentablemente, eso no fue así.

En el libro Antología Poética de Miguel Hernández (Austral editorial) podemos encontrar una serie de cartas que se enviaron los escritores, mientras Hernández apenas ingresaba en el mundo poético, y Lorca —12 años mayor— ya había publicado libros como Romancero Gitano y estrenado su aclamada obra Bodas de sangre.

Miguel Hernández admiraba a Lorca

Para Miguel Hernández, Lorca era el más grande de los poetas contemporáneos españoles, un modelo a seguir para alcanzar la gloria literaria. Por eso, cuando el 08 de diciembre de 1931 decide dejar su casa en Orihuela, Valencia (con 21 años), e ir a Madrid a dedicarse plenamente a la vida artística, no dudó en buscar a García Lorca, aunque la reunión con el escritor llegaría más tarde de lo que esperaba.

Después de permanecer tres meses en Madrid, en una carta a su amigo y compañero literario Ramón Sijé, Hernández escribe: No he podido oír a García Lorca.

El primer encuentro

La reunión no se da hasta un año más tarde, en enero de 1933. Raimundo de los Reyes, director de la editorial La Verdad, de Murcia, que estaba por publicar el primer libro de Miguel Hernández Perito en lunas, logra el encuentro entre ambos poetas, en su propia casa.

En la velada, Lorca escucha los poemas de Hernández, a los que responde con elogios.

Se da la publicación del libro, Miguel envía un ejemplar a Lorca, esperando que él y sus círculo cercano ayuden a difundir el libro, sin embargo, la respuesta de Lorca no llegó. Perito en lunas no deparó a Miguel el éxito que esperaba tras su publicación, y es entonces cuando empieza la breve relación epistolar entre los poetas.

Las cartas de Miguel Hernández

En dos años, las cartas que se escribieron los poetas fueron:

  • Carta 1: Miguel Hernández ➡10 de abril, 1933
  • Carta 2: Federico García Lorca ➡últimos días de abril, 1933.
  • Carta 3: Miguel Hernández ➡30 de mayo, 1933.
  • Carta 4: Miguel Hernández ➡diciembre, 1934.
  • Carta 5: Miguel Hernández ➡1 de febrero, 1935.

En estas cinco cartas se muestra la admiración de Miguel Hernández por García Lorca, la intensa forma de expresar su rabia y dificultades, además de la imagen que tenía Miguel de sí mismo.

Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente […] y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones […] que todos los de casi todos los poetas consagrados.

Miguel Hernández

Probablemente esta actitud sea la que hizo que Lorca decida distanciarse de Hernández. En la única carta enviada por Lorca al poeta de Orihuela, le muestra apoyo sobre su literatura, y le exige perseverancia y humildad. Miguel Hernández responde los puntos de Lorca, y envía otras cartas con el pasar de meses y años, aunque Federico no vuelve a comunicarse con él.

Tristes anécdotas

En el artículo Hernández-Aleixandre: una amistad ejemplar, recopilado en el libro Miguel Hernández, cincuenta años después, Gabriele Morelli transcribe una anécdota del escritor Vicente Aleixandre, sobre la relación entre ambos poetas.

«Federico me llamó —me contó el poeta— a primeros de julio [de 1936] para decirme que venía a leerme su última obra, La casa de Bernarda Alba. Yo como siempre le esperaba con gusto. Pero él, al enterarse de que estaba conmigo Miguel Hernández, al cual no le tenía mucha simpatía, dijo que con Miguel allí él no vendría». «Entonces qué puedo hacer yo», le preguntó Aleixandre. «Échalo», contestó secamente Federico. Naturalmente Aleixandre no echó a su amigo Miguel. «Y Federico no vino, a pesar de mis insistencias», comentó con tristeza el poeta».

Hernández-Aleixandre: una amistad ejemplar. De Gabriele Morelli.
Juan Arroyo, Miguel Hernandez y Antonio Aparicio, después del entierro de Pablo de la Torriente. 03 de enero de 1937. Coloreado de Rafael Navarrete.

Miguel Hernández: Orihuela, 10 de abril de 1933

Admirado poeta amigo:

Le escribí hace mucho pidiéndole elogios, aunque ya se los había oído para mi Perito en lunas. Y aquí me tiene usted esperándolos —entre otras cosas.
He pensado, ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia —¿recuerdaaa?—, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. «Ese —dijo— uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos.» Y luego «me escriben muchas cartas a las que yo no contesto». ¿Puedo estar ofendido contigo?
Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado —no mentirosamente, como dijo— por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones —a pesar de su aire falso de Góngora— que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz.
Por otra parte, aquí, en mi pueblo —¡pueblo mío!—, donde al que me gritaba: Yo te he comprado un libro creyéndole bueno y me has dado arpillera, yo he leído a Campoamor… —¡ea!—, decía yo: Ved los periódicos de Madrid pronto, he quedado en ridículo, porque de toda la prensa madrileña, sólo Informaciones se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marquerie, diciendo cuatro burradas. El tío, antes de decir: ¡Qué burro soy!, dijo: ¡Se ha extraviado el poeta, se ha oscurecido!
Por otra parte, en mi casa soy el cristo de los cinco sampedros: me niegan la mitad del pan; me niegan, padre y madre y sus hijos, como hijo de aquéllos, como hermano de éstos; les avergüenza el que haga versos; no quieren darme vestidos nuevos, y hasta a los pantalones viejos que tengo no les quieren poner remiendos, que amordacen rotos proclamadores de nalgas mías. Hoy mismo, hoy, me han escondido la llave del huerto para que pudiera entrar en él. Y yo he saltado a la torera la tapia, no la valla, y aquí, en este chiquero de abril, aquí, donde ha tenido el suyo Perito en lunas este estío, bajo esta higuera, que dilataban hasta sus pámpanos mi carne de acordeón semejante a una palmera degollada, aquí le escribo esto desesperado, desesperado.
Me alegran las noticias que leo —de prestado— de los triunfos que se suceden, que se suceden ¡Me alegran! y le envidio.
El otro día he visto en El Sol la crítica de un libro de romances. El crítico dice que al pronto resuena la voz suya, pero que sólo a primera vista. Yo, nada más por el ejemplo que pone allí de romance, adivino en ese Félix no sé qué un plagiador casi.
Federico: no quiero que me compadezca; quiero que me comprenda.
Aquí, en mi huerto, en un chiquero, aguardo respuesta feliz suya, y pronto, o respuesta simplemente; aquí, pegado como un cartel a esta tapia, detrás, de la cual viven padres pobres, con tantos hijos y tan poca casa, que, para que los niños no vean los orígenes de su fabricación, el comienzo de sus hermanos, se salen al callejón a reanudarse las noches más empinadas.

Un abrazo

Federico García Lorca: abril de 1933

Mi querido poeta:

No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos.
Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes.
Pero así aprendes. Así aprendes a superarte, en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡Lucha! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas un silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Ése lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y, hasta cuando en tu carta protestas, tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.
Yo quisiera que pudieras superarte de la obsesión de esa obsesión de poeta incomprendido por otra obsesión más generosa política y poética.
Escríbeme. Yo quiero hablar con algunos amigos para ver si se ocupan de Perito en lunas.
Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente.
Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal lleno de cariño y de camaradería.

Federico.
(Escríbeme) T/C Alcalá 102

Miguel Hernández: 30 de mayo de 1933

Dispensa, Lorca, amigo, calorré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y ésta.
El dinero me ha faltado, el trabajo ocupado, abril, mayo, fútbol y mujer, agotado, distraído.
Hoy que tengo dineros —treinta—, no trabajo. Se me acaba mayo, —descanso del balón que tantos versos me rompe, y he dejado en tres o cuatro vientres inútiles otros tantos hijos que tenía reunidos, acudo a la invitación cordial que me hiciste a capote blanco de: «Escríbeme».
Tanto aprendí aquí, que creo que hasta estoy aprendiendo a dejar de ser poeta.
No puedo leer por no tener libros, —escribir por no leer, estudiar por no leer también, luchar porque mi enemigo es mi arma: mi poesía.
¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido.
Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy, sin ser nada, comunista y fascista.
¿Hablas con tus amigos para que se ocupen de mi libro?
Mándame los libros y revistas que puedas.
Si me lo pides te mandaré algún poema para alguna.
Pienso enviar mi libro próximo —a medias ya— al Concurso Nacional.
Creo que vendrá en El Sol un día de estos mi «Elegía de la novia—lunada», el crimen pasional de todos los días de España aún, que recité en el Ateneo de Alicante y me pidió Juan Guerrero para Juan Ramón y, si era posible, para el periódico de Domenchina, o el esdrújulo.
Hasta la tuya, que no venga roncera, te abraza saludándote, él. yo.

Miguel Hernández: diciembre de 1934

Querido Federico amigo:

Ya estoy en mi huerto escribiéndote con una paz de aceite derramado. Quiero que me digas lo más enseguida que puedas cómo va mi asunto. Interésate con toda tu buena voluntad por él, por mí. Ya sabes que espero lo que resulte con un ansia de perro hambrón. Les he dicho a mis padres que no pasen penas por nada del mundo: que pronto estará resuelto el problema trágico de nuestra existencia. Apenas he llegado y ya ha dicho mi madre que se ha muerto la mejor cabra de nuestro ganado: el perfil de cabra mejor recortado.
Nos ha hecho las Pascuas: que se ha caído una gallina, la más overa, al pozo, agua quieta en un punto; que todo son penas…
Si sacas alguna copia de El torero más valiente fíjate bien en que se ha de poner Birlador donde decía Bergamín, y Carmela donde Gabriela.
Escríbeme; no te distraigas, por lo que más quieras, amigo mío. Recibirás mañana creo El Gallo Crisis.
Recibe ahora un abrazo afectivo de mí, tu admirador.

Miguel Hernández
No precisas dirección, pero manda a Arriba 73 Orihuela (Alicante)

Miguel Hernández: 1 de febrero de 1935

Amigo Federico:

Aún estoy esperando tu carta, aún no se me agotó la vena de la esperanza: todos los días bajo de la sierra en busca de ella que no llega. Te escribo en una situación penosísima: parado, ni pastor siquiera, con novia que no se conforma viéndome así, madre, padre, hermanas que tampoco, por nuestra pobreza, yo menos. Y no encuentro trabajo, y cada bocado que como es vigilado con el rabillo del ojo por todos, que me quieren a regañadientes. No sé, pero si sigo así un mes más me iré Dios sabe adonde en busca de un ganado y un mendrugo. Quiero que me digas. Federico amigo, algo, ¿no se estrenará El torero más valiente? Bueno, hombre. Será que no vale la pena, hice una tragedia para aliviar la mía. Dime, en cambio, que has visto algún amigo tuyo político influyente como me ofreciste, que has hallado algún rincón a mi medida. Moléstate un poco más por mí, hazme el favor.
No te escribo más; esta es mi última carta; en ella me lo juego todo. No me queda más dinero para sellos. Escribí a Neruda, que me escribió, y espero carta suya. No sé si es que no ha recibido la mía última, porque se la entregué a Cruz y Raya. Pregúntaselo.
Sé que piensas ocuparte de la soltera eterna, eterna virgo española: ¡cuántas trato y veo por aquí y qué trágicas! Una de ellas me ha dicho hace poco que no se casó en sus tiempos porque cuando se le arrimaba un hombre lo abofeteaba y lo insultaba. Quisiera tener, Federico, un miembro de orinar para cada una de estas mujeres que se malogran como velas dentro de las rejas y los templos con los ojos y la boca amargos de deseos. Es un tema digno de tu misericordia de poeta inmenso.
Espero tu carta, Federico. ¿No lo has hecho por tu Yerma? Bueno. Hazlo ya. Si para tí no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya.

Te abraza
Miguel, tu amigo
¿Quieres leer estos versos? Son del libro que preparo para dentro de poco. Gracias por todo. Federico.

Cartas de Miguel Hernández.
Miguel Hernández leyendo en plaza Ramón Sijé, Orihuela, 1936. Coloreado por Rafael Navarrete.

Biografía de Miguel Hernández

Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 30 de octubre de 1910 — Alicante, 28 de marzo de 1942), ha escrito Perito en lunas, El rayo que no cesa, Viento del pueblo, Cancionero y romancero de ausencias, El hombre acecha, Nanas de la cebolla, Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, El torero más valiente, Los hijos de la piedra, El labrador de más aire y Teatro en la guerra.

Aunque tradicionalmente suele inscribirse a Hernández dentro de la generación del 36, sus influencias y amistades se remontan a una generación anterior, considerándose por parte de la crítica como un epígono de la generación del 27.

Infancia y abandono de estudios

Miguel Hernández Gilabert fue el tercer hijo de los siete que tuvieron Miguel Hernández Sánchez y Concepción Gilabert, quienes se dedicaban a la cría de cabras. Desde muy temprano Miguel fue apoyando en el negocio familiar. A los 15 años, debido a una crisis familiar, y estando en el tercer año de secundaria, tuvo que abandonar los estudios para dedicarse plenamente al pastoreo.

Aquí es cuando reemplaza la escuela por la biblioteca pública de Orihuela, conoce a José Marín Gutiérrez —su mejor amigo, que más adelante adopta el seudónimo de Ramón Sijé— y empieza a escribir sus primeros poemas.

Apostando la vida por la literatura

En marzo de 1931, y con 20 años gana el único premio literario de su vida, con el poema Canto a Valencia. Al saberse ganador del concurso, Miguel Hernández viaja hasta la ciudad de Elche, creyendo que ganaría un premio económico, pero solo recibió una escribanía (conjunto de artículos para escribir) de plata.

Convencido de que su destino es vivir de la escritura, viaja en diciembre de 1931 a Madrid, esperando encontrar un trabajo y seguir escribiendo.

El primer intento no funciona pero Hernández regresa en 1933. Conoce a la generación del 27 y escritores residentes en Madrid como Vicente Aleixandre, Pablo Neruda y García Lorca. Consigue un trabajo en el proyecto gubernamental Misiones pedagógicas y publica su primer libro Perito en lunas.

Comienzan las cartas con Federico García Lorca, pero la relación no resultó como lo esperaba.

Fallecimiento de Ramón Sijé y García Lorca

En 1935 muere su amigo de toda la vida, Ramón Sijé, a quien le dedica su famoso poema Elegía a Ramón Sijé, que integra en su próximo libro El rayo que no cesa.

En 1936 fallece García Lorca, es fusilado por el bando nacional. Miguel Hernández compone un poema para Federico al que llama Elegía primera, que publica en su libro Viento del pueblo.

Ese mismo año se afilia al Partido comunista de España, y participa como comisario político en la batalla de Teruel, Andalucía y Extremadura.

Fallecimiento y legado

Terminada la guerra en 1939 es detenido y trasladado por diversas prisiones, hasta que en la prisión de la plaza de Conde de toreno (Madrid), es juzgado y condenado a muerte.

Pero José María de Cossío y otros intelectuales amigos interceden, por lo que se le conmuta la pena por 30 años de cárcel.

Pasa por diversas prisiones hasta que estando en el reformatorio de Adultos de Alicante padece bronquitis, tifus y termina falleciendo por una tuberculosis el 28 de marzo de 1942, a los 31 años.

Tras su muerte, Josefina Manresa, quien fue su esposa y madre de sus hijos, se dedica a recopilar y proteger su obra.

Todos los estudiosos de la obra de Miguel Hernández concuerdan en que sin el trabajo de recopilación de Josefina, especialmente el trabajo creado durante el periodo franquista, gran parte de los textos se hubiesen perdido para siempre.

En 1981 se inaugura la Casa Museo de Miguel Hernández, en Orihuela, donde se conservan recuerdos de la familia y fotografías de Miguel.

En 1987 fallece a los 71 años Josefina Manresa y es enterrada junto al cuerpo de su hijo Manuel Miguel, y el de su esposo Miguel Hernández en el cementerio de Alicante.

En su tumba pueden encontrarse escritos en mármol versos de Miguel Hernández como:

Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.

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