El Gesticulador: Escenas de una obra de Rodolfo Usigli

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El gesticulador es una obra de teatro mexicana escrita en el año 1938 y llevada a escena en 1947. Su autor, Rodolfo Usigli, sobresale en la escena mexicana porque fue un parteaguas que dio inicio a la búsqueda de la identidad del teatro mexicano, planteó temáticas que describían a la clase media de su país, exponiendo así sus dramas más profundos y “temas morbosos”. Como en su obra Jano es una muchacha que contrastaba con el teatro del momento, el cual conservaba el estilo de melodramas o comedias españolas o europeas.

La obra El gesticulador triunfó en su primera función en Bellas Artes pero después de la ovación fue acallada debido a que se le calificó como “contrarrevolucionaria”. Periódicos e incluso amigos apreciados por el autor dieron un giro de 180 grados y mostraron su empatía con el Partido Revolucionario de Izquierda [PRI] que censuró y logró retirar la obra El gesticulador de la cartelera oficial, a pesar de ello Usigli triunfó al dejar la herencia de la investigación y teoría teatral mexicana.

He aquí un fragmento del primer acto de la obra El Gesticulador, la cual versa sobre un hombre que es maestro de historia y que al fracasar como tal, busca la circunstancia que le permita ser lo que su familia quiere, es decir, un hombre poderoso, cuando esta circunstancia se presenta encarnada en el personaje Bolton, César decide tomar el papel de un Revolucionario, papel que le dará la oportunidad de vivir lo que él y su familia siempre han deseado. El problema es que al suplantar a otro personaje, César Rubio, transgrede la realidad en sus tres planos: el universal, el humano e individual y el social, de esta forma nosotros como espectadores observamos que tales acciones de César lo van encaminar a su  tragedia.

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El Gesticulador, de Rodolfo Usigli. Editado por el Fondo de Cultura Económica.

Acto Primero

CÉSAR

¿Estás cansado, Miguel?

MIGUEL

El calor es insoportable.

CÉSAR

Es el calor del Norte   que, en realidad, me hacía falta en México. Verás qué bien se vive aquí.

JULIA

(Bajando.) Lo dudo.

CÉSAR

Sí, a ti no te ha gustado venir al pueblo.

JULIA

A nadie le gusta ir a un desierto cuando tiene veinte años.

CÉSAR

Hace veinticinco años era peor, y yo nacía aquí y viví aquí. Ahora tenemos la carretera a un paso.

JULIA

Sí… podré  ver pasar los automóviles como las vacas miran pasar los trenes de ferrocarril. Será una diversión.

CÉSAR

(Mirándola fijamente) No me gusta que resientas tanto este viaje, que era necesario.

Elena se acerca.

JULIA

Pero, ¿Por qué era necesario? Te lo puedo decir, papá, Porque tú no conseguiste dinero en México.

MIGUEL

Piensas demasiado en el dinero.

JULIA

A cambio de lo poco que el dinero piensa en mí. Es como en el amor, cuando nada más uno de los dos quiere.

CÉSAR

¿Qué sabes tú del amor?

JULIA

Demasiado. Sé que no me quieres. Pero en este desierto hasta podré parecer bonita.

ELENA

(Acercándose a ella) No es la belleza lo único que hace acercarse a los hombres, Julia.

JULIA

Claro que no, mamá. Vamos a estar toda la muerte. (César la mira pensativamente)

ELENA

De nada te servirá quedarte en México. Alejándote, en cambio, puedes conseguir que ese muchacho piense en ti.

JULIA

Sí… con alivio, como en un dolor de muela ya pasado. Ya no le doleré… y la extracción no le dolió tampoco.

MIGUEL

(Levantándose de la caja) Si decidimos quejarnos, creo que yo tengo mayores motivos que tú.

CÉSAR

¿También tú has perdido algo por seguir a tu padre?

MIGUEL

(Volviéndose a otro lado y encogiéndose de hombros) Nada… una carrera.

CÉSAR

¿No cuentas los años que perdiste en la Universidad?

MIGUEL

(Mirándolo) Son menos que los que tú has perdido en ella.

ELENA

(Con reproche) Miguel.

CÉSAR

Déjalo que hable. Yo perdí todos esos años por mantener viva a mi familia…  y por darte a ti una carrera… también un poco porque creía en la universidad como un ideal. No te pido que lo comprendas, hijo mío, porque no podrías. Para ti la universidad no fue nunca más que una huelga permanente.

MIGUEL

Y para ti una esclavitud eterna. Fueron los profesores como tú los que nos hicieron desear un cambio.

CÉSAR

Claro, queríamos enseñar.

ELENA

Nade te dio a ti la universidad, César, más que un sueldo que nunca nos ha alcanzado para vivir.

CÉSAR

Todos se quejan, hasta tú.  Tú misma me crees un fracasado, ¿verdad?

ELENA

No digas eso.

CÉSAR

Mira las caras de tus hijos: ellos están enteramente de acuerdo con mi fracasado. Me consideran como a un muerto. Y, sin embargo, no hay un solo hombre en México que sepa todo lo que yo sé de la revolución. Ahora se convencerán en la escuela, cuando mis sucesores demuestren si ignorancia.

MIGUEL

¿Y de qué ha servido saberlo? Hubiera sido mejor que supieras menos de revolución, como los generales, y fueras general. Así no hubiéramos tenido que venir aquí.

JULIA

Así tendríamos dinero.

ELENA

Miguel, hay que llevar arriba este cajón de libros.

MIGUEL

Ahora ya hemos empezado a hablar, mamá, a decir a verdad. No trates de impedirlo. Más vale acabar de una vez. Ahora es la verdad la que nos dice, la que nos grita a nosotros… y no podemos evitarlo.

CÉSAR

Sí, Más vale que hablemos claro. No quiero ver a mi alrededor esas caras silenciosas que tenían en el tren, reprochándome el no ser bandido inclusive, a cambio de que en los últimos días de México, rodeados de pausas. Déjalos que estallen y lo digan todo, porque también yo tengo mucho que decir, y lo diré.

ELENA

Tú  no tienes nada que decir ni que explicar a tus hijos, César. Ni debes tomar así lo que ellos digan: nunca han tenido nada… nunca han podido hacer nada.

MIGUEL

Sí, pero ¿por qué? Porque nunca lo vimos a él poder nada, y porque él nunca tuvo nada. Cada quien sigue el ejemplo que tiene.

JULIA

¿Por culpa nuestra hemos tenido que venir a este desierto? Te pregunto qué habíamos hecho nosotros, mamá.

CÉSAR

Sí, ustedes quieren la capital; tienen miedo a vivir y a trabajar en un pueblo. No es culpa de ustedes, sino mía por haber ido allá también, y es culpa de todos los que antes que yo han creído que es allá donde se triunfa. Hasta los revolucionarios aseguran que las revoluciones sólo pueden ganarse en México. Por eso vamos todos allá. Pero ahora yo he visto que no es cierto, y por eso he vuelto a mi pueblo.

MIGUEL

No…lo que has visto es que tú no ganaste nada; pero hay otros que han tenido éxito.

CÉSAR

¿Lo tuviste tú?

MIGUEL

No me dejaste tiempo.

CÉSAR

¿De qué? ¿De convertirte en un líder estudiantil? Tonto, no es eso lo que se necesita para triunfar.

MIGUEL

Es cierto, tú has tenido más tiempo que yo.

JULIA

Aquí, ni con un siglo de vida haremos nada. (Se sienta con violencia)

CÉSAR

¿Qué has perdido tú por venir conmigo, Julia?

JULIA

La vista del hombre al quien quiero.

ELENA

Eso era precisamente lo que te tenía enferma, hija.

CÉSAR

(En el centro, machacando un poco las palabras) Un profesor de universidad, con cuatro pesos diarios, que nunca pagaban a tiempo, en una universidad en descomposición, en la que nadie enseñaba ni aprendía ya una universidad sin clases. Un hijo que pasó seis años en huelgas, quemando cohetes y gritando, sin estudiar nunca. Una hija… (Se detiene. )

JULIA

Una hija fea.

ELENA

Se sienta cerca de ella y la acaricia en la cabeza. Julia se aparta de mal modo.

CÉSAR

Una hija enamorada de un fifí de bailes que no la quiere. Esto era México para nosotros. Y porque se me ocurre que podemos salvarnos todos volviendo al pueblo donde nací, donde tenemos por lo menos una casa que es nuestra, parece que he cometido un crimen. Claramente les expliqué por qué quería venir aquí.

MIGUEL

Eso es lo peor. Si hubiéramos tenido que ir a un lugar fértil, a un campo; pero todavía venimos aquí por una ilusión tuya, por una cosa inconfesable…

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Rodolfo Usigli, Dolores del Río, Salvador Novo y Diego Rivera.

Rodolfo Usigli (Ciudad de México, 17 de Noviembre de 1905 -18 de Junio de 1979) Dramaturgo, novelista, poeta y teórico teatral. Sus padres llegaron a México sin conocer a nadie, ni tener noticia del idioma local y dentro de un contexto de profundas desigualdades sociales que terminaron por detonar la Revolución mexicana, el niño creció en un hogar del estrato más pobre, “en una humilde vecindad donde mi familia ocupaba una vivienda en la primera calle de San Juan de Letrán”.

La cultura europea en que se formaron sus padres, permitió que Usigli creciera con un acercamiento mayor a la lectura que cualquier niño promedio de clase media-baja mexicana: estuvo rodeado de libros. Pero por otro lado, en el contexto de la Revolución fue uno de los miles de niños que se vieron forzados a abandonar la escuela y buscar un trabajo para apoyar a su familia.

El gesticulador es una de las primeras tragedias hispanoamericanas. Ensayo de un crimen es la primera novela urbana de la ciudad de México. Fue el primer dramaturgo hispanoamericano que escribió un tratado sobre dramaturgia: Itinerario del autor dramático. En cuanto a sus obras poéticas, sobresale Conversación desesperada.

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Artículo por Yetzel Navarro.

 

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