El hombre que amaba a Amy Winehouse: Las memorias de Julio Barriga

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Aunque su primer poemario El fuego está cortado apareció recién en 1992, Julio Barriga es uno de los mejores poetas bolivianos de la generación de los setenta-ochenta. Además de haber publicado algunos poemas en Fosa común (1985) -la antología por antonomasia de esa generación-, la presencia de Barriga en la escena de aquella época es imprescindible.

El año 2015 publicó El hombre que amaba a Amy Winehouse, un libro que recoge sus memorias y donde relata sus experiencias como escritor, anécdotas de su vida y el ambiente literario que se vivía en las épocas cuando comenzaba a escribir. Como él mismo relata en la descripción del famoso bar ‘El Averno’ que transcribimos ahora, durante ese periodo se dio particularmente en La Paz, donde se concentraron también escritores llegados de otras ciudades, una intensa búsqueda de la experiencia poética. Ese hecho hace de su poesía una de las más cercanas, estilísticamente hablando, a la de los movimientos latinoamericanos de renovación poética de los sesenta-ochenta, el Nadaísmo, Techo de la Ballena, Corno Emplumado, que postulaban una poesía ligada a la experiencia vital, y particularmente a la de Hora Zero, a cuyo “poema integral” podrían adscribirse algunos de sus textos. Compartimos los relatos El Averno y Periféricos del centro, incluídos en El hombre que amaba a Amy Winehouse (El Cuervo, 2015).

Julio Barriga ha sido recientemente retratado en el documental La última navidad de Julius del director Edmundo Bejarano.

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El poeta Julio Barriga leyendo sus poemas de su libro Cuaderno de Sombras, 2008

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El Averno

Los que entráis aquí abandonad toda esperanza
DANTE

 

En la ínclita ciudad de La Paz, cuna y tumba de artilleros y tiranos, existe desde el año del caldo El Averno, cantina vieja como olvido de elefante ubicada en la decrépita zona de San Pedro, al fondo a la izquierda del angosto callejón Caracoles, en una casita para nada distinta a las deterioradas y encorvadas de adobe y tejados como retorcidos espinazos que se suceden dibujando tortuosos laberintos y empedrados caparazones fósiles por donde los duros tambalean llegando a rasparse sienes y frente en los retiros.

Conspicuos personajes visitaron el Averno y adquirieron rango de cavernícolas, algún vicepresidente de la nación promovido al cargo inmediato, el lúgubre Jaime Sáenz y —créase o no— Claudia Cardinale, que en la elaboración de un olvidable libro de fotografías viajeras, se hizo retratar con el Cerbero y amo del lugar a quien pasamos a presentar sin más preámbulo: le llamábamos Anfibio, Sapo, Batracio, Salamandra o similares (sin que escuche) en razón de cierta sangre fría, su falta de cuello y sus lentes como redondos coleópteros mirando impávidos (¡Minos sarcástico!) tras del mostrador en la piecita que antecedía al saloncito dividido en privados por tabiques. Todo pintado con oleo sanguinoso; aquí y allá fotos semipornográficas y al fondo un mural de pésimo gusto y peor factura con escenas infernales. Víctor nos cobró natural cercanía hasta llegar al crédito ilimitado y las confidencias más o menos escabrosas de una vida bohemia abundante en lances hamponescos resueltos con astucia y fortuna.

Y es que arrastramos nutrida concurrencia reclutada entre la más heterogénea fauna; así extranjeros de todo pelo y color, hippies, embajadores autonominados de la comunidad ácrata, fotógrafos de avión, cantantes desorejados, chicas aburridas que se quieren divertir, revolucionarios encantados y desencantados, locos del mundo, uníos, y tantos sin catálogo posible hasta echar a perder completamente el lugar antes exclusivo de la forajidez y el malevaje y volverlo antro de travestidos, salvadores de la patria, oficinistas, putas pobres (¡pobres putas!) malavidas y snobs en general que forzarían cambiar la música —anacrónicos long plays del mudo, Javier Soliz, valses peruanos— por las estridencias modernas, y los meseros —artilleros decanos— por morenas flores de fango de engañosa inocencia que en la penumbra se nos antojaron atractivas.

Para mejor, o peor, el trago no cambió nunca: H20 y alcohol de lata, cauterizante sabiamente entreverado con caliente infusión de sultana (¡cascarilla, macho!), garantía de distorsiones sensoriales y apocalíptico malestar al día siguiente. Tiempo de la UDP[1]. Una democracia con un hígado joven.

Allí supimos desentonar a grito herido coreados por el pueblo hebreo y subir a las mesas a zapatear sevillanas posesionados por la gracia de una euforia rayana en lo impúdico.

En los pliegues de ese cuasi sueño o sonambulacro perdimos libros, plumas, prendas diversas y valores, amores y amistades, aun casi la vida y tantas cosas ya robadas, ya arrojadas lejos en ofrenda a los dioses, perdimos la conciencia y la vertical descalabrándonos en lesiones que dolían al día siguiente. Convertidos en Caronte turístico, guiamos con indisimulable orgullo a cuanto personaje conocimos seguros de suscitar escándalo y asombro como ocurrió siempre.

Con el sol alto en el cielo más puro de América se abrían gimiendo las puertas y penetraban luz y aire lacerantes como exorcismos a donde habíamos entregado la razón a los demonios. Entonces huíamos enceguecidos por el resplandor como una masa de murciélagos que se disgrega a retazos de sombra buscando los rincones para acogernos a los sarcófagos de la resaca.

La Paz, 1994

 

Nota a 1997.- Una iniciativa municipal de los nuevos populismos (la Moni) arrasó con la fuerza del progreso y las topadoras, las zonas de El Averno y aledañas de dulce, sórdida y penúltima raigambre saenziana. Enterraban una leyenda a la vez que la inauguraban; y si hay un cielo para los lugares, allá deberá estar El Averno pues era un bar bien bueno. Descanse en paz.

Callejón de la cantina El Averno, en Bolivia

Callejón de la cantina El Averno, en Bolivia

Periféricos del centro

En una de las trifulcas de mi breve matrimonio fui des-arrimado y mi humilde indumentaria voló por una ventana. Recogí de la calle tres colgadores con mi terno único, dos chaquetas y un par de camisas y corbatas y como diría “el hombre que supo amar”: con el saco sobre el hombro fui buscando mi destino. Bajo caminando al centro de la ciudad donde mágica y rayuelísticamente encuentro a mis amigotes bebiendo lo que entonces era novedad y ahora impacto ambiental: vino en cartón. Estaban: Campero, Cárdenas, R. García, Vladivostok, quizás M. Benavente y/o D. Sánchez, Coral Pey, no, no habían féminas. No estaba Quino. Mentor y Ayatollah indiscutido de la thojpa, no siempre nos bendecía con su presencia. Seguro que no estaban Zeque Rosso ni Carvalho, no eran tan completamente llockallescos ni hualaychos[2]. Adolfo empezaba a balbucear su hoy prodigiosa antología periférica. Jorge jugaba en segundas de ascenso y no soñaba con alcanzar el vicecampeonato en poesía[3] y yo ni me sospechaba mis versos perversos o mis prosas leprosas y dentro de las dos próximas primaveras iba a brotar en Londres la rosa más roja de Inglaterra. (¡Pero todo iba a suceder con pavorosa precisión!). Deambulamos por el Prado y adyacencias alborotando a nuestro jubiloso modo (que ahora me parece sombrío) colgando mis pilchas como esotéricos estandartes en los arbolitos de las jardinerías. Pasado buen rato decidimos dirigirnos a la vaporosa casa del pusher (México casi Otario de la Vega) donde previsoramente alquilé un cubículo de cartón y madera, gracias a Jorge que habitaba de antes en el siniestro y ruinoso caserón. Cuando llegábamos caímos en cuenta que ninguno portaba mis cosas. Desandamos a la carrera el itinerario hasta encontrar los tres colgadores pendiendo de una rama fantasmalmente intocados por la furia de la ciudad.

No sé si los aquí nombrados recordarán este incidente entre otros mil. Yo mismo lo sepulté en la memoria hasta ahora que es cuando parezco ir de vuelta y lo único que me queda en el futuro es el pasado.

Los escritores Edgar Arandia Quiroga, Edwin Guzmán Ortiz, Julio Barriga y Fernando Barrientos, en la presentación de Cuaderno de sombra de Julio Barriga

Los escritores Edgar Arandia Quiroga, Edwin Guzmán Ortiz, Julio Barriga y Fernando Barrientos, en la presentación de Cuaderno de sombra de Julio Barriga

Julio Barriga (Sucre, Bolivia, 1956 -). Aunque nació en Sucre, Julio Barriga es por derecho uno de los más importantes poetas tarijeños de la literatura boliviana. Vivió desde muy pequeño en el barrio de San Roque –Barriga lo llama en algún texto San Rock- de la pequeña ciudad de Tarija, fronteriza con Argentina.

Viajero incansable, como se define, ha sido trabajador en la zafra en Argentina y ha vivido en varios lugares, entre ellos la ciudad de La Paz en los ochenta. Hizo parte de la Comuna Arturo Borda junto con Quino, Eduardo Nogales y otros escritores durante su estancia en La Paz, y durante los últimos años se avocó al culto a sus héroes, el poeta tarijeño Roberto Echazú y la cantante Amy Winehouse.

Sus obras son: los poemarios El fuego está cortado (1992), Versos perversos (2004), Cuaderno de sombra (2008), los libro de aforismos Aforismos desaforados (1994) y Aforismos desafora2 (2002) y el libro de memorias El hombre que amaba a Amy Winehouse (Editorial El Cuervo, 2015).

[1] La UDP fue el partido que encabezó el primer gobierno democrático inmediatamente posterior al periodo de dictadura en Bolivia. Ese gobierno es recordado por haber sufrido la mayor crisis deficitaria de la economía boliviana.
[2] Algunos de los autores a los que hace referencia son: Jorge Campero, poeta tarijeño nacido en 1953, autor, entre otros, del poemario Musa en jeans descoloridos; Adolfo Cárdenas, narrador paceño nacido en 1950, autor de la novela Periferica Blvd., una de las novelas bolivianas más importantes de los dosmiles; Humberto Quino, poeta paceño nacido en 1950, autor, entre otros, del poemario Delirio de un fauno en la Avenida Buenos Aires a las 12 & 45 y antologador de Fosa Común; Fernando Rosso, poeta chuquisaqueño nacido en 1945 y Homero Carvalho, poeta beniano nacido en 1957.             
[3] Se refiere al premio nacional de poesía Yolanda Bedregal que Campero ganó dos años consecutivos.

Artículo por Giovanni Bello.

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