Un gato con apellido: un cuento de Jaime Nisttahuz

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Jaime Nisttahuz es un escritor boliviano que hace parte de la promoción de escritores de los setenta. Periodo de dictadura en Bolivia. En esa época surgió en La Paz la que probablemente fue la última generación relativamente cohesionada intelectualmente de la historia literaria boliviana. Comprometidos políticamente, iconoclastas, inquietos lectores, entusiastas divulgadores, los jóvenes de esa generación sacaron la literatura boliviana del anquilosamiento en el que estaba enfrascada atacando frontalmente a los sacerdotes de la antigua literatura oficial.

A través de libros auto editados y de publicaciones fugaces, estos escritores crearon una literatura coherente con su época: coloquial, desenfadada, en sintonía con la cultura joven, pero al mismo tiempo consciente de que era heredera de una tradición literaria marginal.

Los cuentos de Nisttahuz casi siempre están escritos en el lenguaje de la calle. Sus personajes son empleados de oficina que se emborrachan los fines de semana y engañan a sus mujeres, viejos indecentes enamorados de jovencitas con grandes traseros, prostitutas tristes y gentes extrañas que uno conoce en el transporte público. Muchas veces su gesto es festivo, pero a su vez nos sugiere, tal vez debido al gusto del autor por escritores como Kierkegaard o Vallejo, sensaciones de un profundo desencanto con el mundo. Compartimos el cuento ‘Un gato con apellido’ perteneciente a su libro Cuentos Desnudos.

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Matilde Casazola, Alfonso Gumucio, René Bascopé y Jaime Nisttahuz

Matilde Casazola, Alfonso Gumucio, René Bascopé y Jaime Nisttahuz

 

Un gato con apellido

Era la época de Elvis Presley. Cada época crea sus ídolos y héroes, también sus imitadores. En el barrio teníamos nuestro Elvis. Aunque de quinta. Ramirito nunca acabó de convencernos. El pobre, acompañándose con el disco e inventándose una guitarra en su fonomímica, apenas nos hacía sonreír. No faltaban obviamente las pazguatas que se le arrimaban. Yo, que sólo me animaba a imitar a una pared y que no tenía ni siquiera la nariz respingada… a cagar.

No recuerdo quién trajo a una de nuestras fiestas a la parejita de amigos: Ricardo Carrillo y Ademar Toro. Ricardo tenía ojos verdes. Quería que lo llamáramos Ricky. Nosotros lo llamábamos gato. Gato y Toro. Toribio para los amigos, dijo Ademar.
En la primera fiesta a la que los invitamos, Ricardo pidió la guitarra a su compañero, y se despachó en un inglés verosímil, una canción del inefable Elvis. A pesar de su voz gangosa, la cosa estuvo bien. El primero en aplaudir fue nuestro Ramirito. Posteriormente me enteré que el toro le hacía aprender de memoria al gato las letras en inglés, porque el animal se pateaba las orejas en ese idioma.

Y la parejita comenzó a birlarnos las chicas. Como yo no pasaba de ser confundido con la pared, no tenía mayor pena.
Los bichos se disputaban a nuestra Clarita. La chica más atractiva del barrio. Como entonces los viejos embromaban más de la cuenta con prejuicios y convencionalismos, las mujeres se desenvolvían más limitadamente. Quiero creer que sólo la tuvieron para bailar, caminar junto a ella, besarla y presumir. Clarita era demasiado lista y arisca para entregarse a un rocanrolero, quiero creer.

A los pocos días, vimos a don gato con doña María Cristina tomados de la mano, mirándose como borregos. Él le decía Mary, a la pequeña y vivaracha mujercita, cuyo poder estaba en su coquetería.

El rocanrolero podía estar cantando de lo mejor, pero la petisa igualito, igualito lo hacía andar de bragueta, Quizá le hacía asumir al pie de la letra la canción: María Cristina me quiere gobernar/ y yo le sigo le sigo la corriente… Grabaron un disco con Ademar y otros muchachos. Mary lo seguía templando. El gato estaba que se arañaba. Le ha debido dar ch’eqe ch’eqe para imbecilizarlo, dijeron. Que el hombre sufría por ella, me consta. Una noche que lo acompañamos a buscarla con tragos, como no la encontramos, proseguimos la farra en la misma calle, esperándola. Sospecho que estaba ahí, pero le gustaba manejar al gato apretándole las bolas.

El gato maullaba, sentado en la acera:

—Sufro. Sufro mucho. Sufro.
Mierda de mujer. Y Elvis todavía se encontraba vivo.
—No seas cojudo. Está bien que sufras por una mujer que vale la pena, no por una pendeja. Puedes ser un buen cantante. Y se te van a arrimar otras mujeres…
—Pero no como mi enanita.
—No pues, no. Las cojudezas no se repiten. Canta más bien una de Elvis.
Se incorporó, barrió las lágrimas, bajando las manos por su cara. No le dije respira profundo. Y comenzó a cantar: It’s now or never…

Y el gato se cansó de comerse a Marycita, o se dio cuenta que la enana estaba abusando de él, y la dejó. No sé si cometí un error al aconsejarle que la dejara, diciéndole que era una pendeja. Nunca la vi con otros. Desde entonces sé que solamente la mitad de lo que me aconsejan puede servir. Debo apuntar hacia donde apunta mi corazón, aunque termine perdiendo. Mary nunca se casó. Vive con unos bonitos perros, y ha hecho construir una casa sobre los cuartos donde tiroteaba con el gato. Lugares inolvidables seguramente para ella.

Al poco tiempo, nos enteramos que don Toribio y don gato enamoraban con dos hermanas, más o menos feítas, pero con dinero.

—Tu chica es fea —le dijo un amigo
—Es bella. Tú no sabes —respondió.
—Otra cosa es que tú la ves bella. Por algo dicen que el amor es ciego.

Me contaron que el gato golpeó al amigo, por intentar quitarle la venda de los ojos. Al que se encuentra feliz viviendo ofuscado, debemos decirle la verdad. Pero si insiste, hay que dejar que se joda. La estupidez no tiene remedio.
Los padres de las feítas, nada convencidos de los enamorados, y pensando en mejores transacciones, se las llevaron a Cochabamba. Contraproducente idea. Los galanes viajaban como podían a ver a sus amadas.

Y lograron casarse. Y cada animal tuvo que caminar por su cuenta y riesgo. El toro terminó de estudiar auditoría. El gato siguió cantando. Vinieron otras modas. Como buenos concuñados, pusieron una discoteca.

Cuando fui, la discoteca ya no era de ellos. Me dieron la dirección del toro. Comimos silpanchos, bebimos hasta cantar y lagrimear por las mujeres que amamos y no fueron nuestras. No quiso contarme de su amigo gato.

Me casé. Tengo un solo hijo que me embroma la vida como si fueran diez. Y me encuentro con un amigo que era compinche de los rocanroleros. Es médico, y sin medirme la presión ni atender mi catarro, me lleva a tomar unos tragos porque es su cumpleaños. Aborrece a su mujer, tiene cinco hijos, y no sabe qué hacer. Apriétale el cuello, le digo. Lo he intentado, y no he podido llegar hasta el final. ¿Tienes miedo de ir a la cárcel? Sí, creo que sí. O quizá no he tenido el valor suficiente para matarla. Ponle entonces sal a la ducha. ¿Será efectivo? Me han dicho que sí: Me avisas.
¿Te acuerdas del gato? Claro, tengo el disco que grabaron con el toro. Te cuento que ese carajo se ha ido a los Estados Unidos. Gran cosa. No es eso. Es que se ha ido con otra. Y qué. Pero se ha ido robándole las joyas a su mujer. ¿Y no te gustaría hacer algo parecido? No. Me faltaría coraje. Además, mi mujer no tiene más joyas que su fatuidad.
En varias ocasiones me encontré con el amigo médico. En varias le sonamos tragos, acordándonos de otros tiempos y de amigos vivos y muertos, riendo como cojudos de los mismos chistes y estupideces de entonces.
En uno de esos encuentros, me dice que no hace mucho tiempo se reunieron con el gato, que regresó de los Usa.

—Por qué no me has llamado —le reclamo.
—Es que…
—Ah, ya me doy cuenta. Como me han cambiado de número, seguramente no sabías dónde llamar.
—Eso, eso. Por eso no te hemos podido llamar.
—Cojudo. Hay nueva guía. Ahí está mi nuevo número.
Ni mentir sabes. No se acordaron un carajo de llamarme.
—Bueno ya, pero la cosa es que el gato nos ha aclarado que cuando se ha ido, no ha sido porque se ha ido con otra, y menos porque le hubiera robado a su mujer las joyas como todos pensábamos. ¿Sabes por qué se había ido? Porque su mujer le ponía cuernos,
—¿La fea?
—Claro, la fea. Qué cagada ¿no?
—Y le has creído…

(De Cuentos desnudos, Ed. Correveidile, 2008)

René Bascopé, Alfonso Gumucio Dagron, Félix Salazar, Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas

René Bascopé, Alfonso Gumucio Dagron, Félix Salazar, Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas

Jaime Nisttahuz (Oruro, Bolivia,1942 -) Poeta y Narrador. Fue durante muchos años oficinista en la Caja Ferroviaria de Oruro. De esa experiencia toma muchos de los personajes que pueblan su narrativa y su poesía. Miembro de la revista Trasluz junto a los narradores René Bascopé y Manuel Vargas.

Publica Escrito en los muros, su primer libro de poesía en 1976. Hasta la fecha ha publicado los libros de poesía El murmullo de las ropas (1980), Palabras con agujeros (1983), La humedad es una sombra y otros poemas (1992), Recodo en el aire (2003) y los libros de cuentos Fábulas contra la oscuridad (1994), Cuentos desnudos (2008), Inquilinos del insomnio (2008) y Desquiciados, maniacos, diferentes (2010), además de una novela corta, Barriomundo (1993).

Ya jubilado, actualmente vende libros en el puesto número 6 del pasaje Marina Núñez del Prado en La Paz. Allí además oficia de consejero editorial, interlocutor poético o contrincante literario según se presente el caso.

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