Sendas de Oku: 11 poemas de Matsuo Bashō

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Matsuo Bashō es considerado el poeta japonés más famoso del periodo Edo y uno de los cuatro grandes maestros del Haiku (breve poema que lo constituyen 3 versos con 5-7-5 sílabas o moras japonesas) junto a  Yosa Buson, Kobayashi Issa y Masaoka Shiki.

De Bashō se sabe que empezó a escribir desde muy temprano adquiriendo fama rápidamente en Japón, para luego renunciar a todo circuito literario y dedicarse a viajar, buscando fuentes de inspiración, atestiguando diversas situaciones que se le presentaban a cada instante.

Escrito durante un viaje con su amigo Soa hacia el norte del Japón, Sendas del Oku (Oku no Hosomichi) es un libro de viajes, una fotografía que nos muestra las innumerables situaciones que se pueden rescatar cada vez que nos paramos para dar un respiro y luego continuar. Este libro recoge el aliento de la naturaleza, sus mitos, sus costumbres y las respuestas a lo desconocido. Como el mayor exponente del Haiku, Bashō nos regala este manuscrito que abarca 1,985 Km a pie y a caballo o bote hacia un peregrinaje, escrito en haibun (composición desarrollada por Bashō que combina la prosa y el haiku). La traducción que se presenta a continuación es de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya en 1957.

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Mapa de viajes de Matsuo Bashō

Mapa de viajes de Matsuo Bashō

Sendas de Oku

Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como girón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo. Después de haber recorrido la costa durante el otoño pasado, volví a mi choza a orillas del río y barrí sus telarañas. Allí me sorprendió el término del año; entonces me nacieron las ganas de cruzar el paso Shirakawa y llegar a Oku cuando la niebla cubre cielo y campos. Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas a mi sombrero de paja y unté moka quemada en mis piernas, para fortalecerlas. La idea de la luna en la isla de Matsushima llenaba todas mis horas. Cedí mi cabaña y me fui a la casa de Sampu, para esperar ahí el día de la salida. En uno de los pilares de mi choza colgué un poema de ocho estrofas. La primera decía así:

Otros ahora
en mi choza – mañana
casa de muñecas.

 

Partida

Salimos el veintisiete del tercer Mes. El cielo del alba envuelto en vapores; la luna en menguante y ya sin brillo; se veía vagamente el monte Fuji. La imagen de los ramos de los cerezos en flor de Ueno y Yanaka me entristeció y me pregunté si alguna vez volvería a verlos. Desde la noche anterior mis amigos se habían reunido en casa de Sampu, para acompañarme el corto trecho del viaje que haría por agua. Cuando desembarcamos en el lugar llamado Senju, pensé en los tres mil ri de viaje que me aguardaban y se me encogió el corazón. Mientras veía el camino que acaso iba a separarnos para siempre en esta existencia irreal, lloré lágrimas de adiós:

Se va la primavera,
quejas de pájaros, lágrimas
en los ojos de los peces.

Este poema fue el primero de mi viaje. Me pareció que no avanzaba al caminar; tampoco la gente que había ido a despedirme se marchaba, como si no hubieran querido moverse hasta no verme desaparecer.

 

Muro-no-Yashima

Visitamos el santuario de Muro-no-Yashima. Sora, mi compañero, me dijo que la diosa de este santuario se llama Konohana Sakuyahime (Señora de los Árboles Floridos) y que es la misma del monte Fuji. Es la madre del príncipe Hikohohodemino-Mikoto. Para dar a luz se encerró en esa casa tapiada y se prendió fuego. Por eso el santuario se llama Muro-no-Yashima, que quiere decir: “Horno de Yashima”. Así se explica la costumbre de mencionar al humo en los poemas que tienen por tema este lugar. También se conserva una tradición que prohíbe comer los peces llamados konoshiro.

 

La Piedra-que-mata

Cerca de Kurobane se encuentra la Piedra-que-mata. Como decidiese ir a verla, el administrador del Señorío me prestó un caballo y un palafrenero. Durante el trayecto aquel hombre de ruda apariencia me rogó que compusiese un poema. Me sorprendió tanta finura y escribí lo siguiente:

A caballo en el campo,
y de pronto, detente:
¡el ruiseñor!

Detrás de la montaña, junto al manantial de aguas termales, se halla la Piedra-que-mata. El veneno que destila sigue siendo de tal modo activo que no se puede distinguir el color de las arenas en que se asienta, tan espesa es la capa formada por las abejas y mariposas que caen muertas apenas lo rozan.

 

Tsurugaoka y Sokata

Salimos de Haguro y llegamos al pueblo que está al pie del castillo de Tsurugaoka. Paramos en casa de un samurai, Shigeyuki Nagayama. Allí compusimos un renga haikai. Hasta aquí nos acompañó aquel Sakichi Zushi. En barco fuimos al puerto de Sakata y nos alojamos en casa de un médico llamado Fugyoku Enan.

Rueda del monte
al mar, de Atsumi a Fuko,
la tarde fresca.

Río Mogami:
tomas al sol y al mar
lo precipitas.

 

Kanazawa

Cruzamos los montes de Hanayama y el valle de Kurikara y llegamos a Kanazawa el día quince del Séptimo Mes. Un comerciante que venía de Osaka, de nombre Kasho, se alojó en la misma posada que nosotros. Era poeta también. Vivía en esta ciudad un señor llamado Isshoo; su afición a la poesía le había dado cierto renombre entre los entendidos pero había muerto el invierno pasado. Su hermano organizó una reunión para recordarlo. He aquí uno de mis poemas:

Muévete, tumba,
oye en mis quejas
al viento de otoño.

Al visitar una ermita:

Frescor de otoño.
Melón y berenjena
a cada huésped.

En el camino compuse otro:

Arde el sol, arde
sin piedad – más el viento
es del otoño.

En un lugar llamado Komatsu, que quiere decir pino enano:

El nombre es leve:
viento entre pinos, tréboles,
viento entre juncos.

 

La despedida de la pareja de gaviotas

A Sora se le ocurrió enfermarse del vientre. Tiene un pariente en Nagashima en la provincia de Ise, y decidió adelantarse. Al partir me dejó este poema:

Ando y ando.
Si he de caer, que sea
entre los tréboles.

La pena del que ya se va y la tristeza del que se queda son como la pareja de gaviotas que, separadas, se pierden en la altura. Yo también escribí un poema:

Hoy el rocío
borrará lo escrito
en mi sombrero.

 

Una noche en el templo de Zensho

Me hospedé en el suburbio de Daishoji, en un monasterio llamado Zensho. Este sitio pertenece todavía a la provincia de Kaga. Sora también se había hospedado en ese templo la noche anterior y había dejado este poema:

Viento de otoño:
lo oí toda la noche
en la montaña.

Nos separaba la distancia de unas horas pero me pareció que entre nosotros había ya más de mil ri. Yo también, escuchando el viento otoñal, me acosté en el dormitorio destinado a los novicios. Al romper el alba se oyeron rezos, sonó la campana y me apresuré a entrar en el refectorio. ¡Ahora a Echizen!, me dije con brío y salí a toda prisa del templo, mientras unos jóvenes bonzos me perseguían con papel y pinceles hasta el pie de la escalera. En ese momento caían las hojas de los sauces en el jardín. Al ponerme las sandalias, y aparentando más prisa de la que tenía, tracé estas líneas:

Antes de irme
¿barro el jardín hojoso,
sauces pelados?

 

El santuario de Kehi-no-Myo

Las nubes cubrieron al Monte Blanco pero del otro lado apareció el monte de Hina; cruzamos el puente de Asamutsu y llegamos a Tamae; las cañas de Tamae ya ostentaban henchidas espigas; atravesamos el Paso del Ruiseñor y el de la montaña de Yunoo y llegamos al castillo de Hiuchi; en el monte Kaeru oímos los primeros gritos de los gansos salvajes y en el puerto de Tsuruga, la tarde del día catorce del Octavo Mes, encontramos alojamiento. Esa noche la luna lucía extraordinariamente clara. Le dije al dueño de la posada: “Ojalá aparezca tan clara la de mañana, que es la luna llena”. Me contestó: “En estas tierras del norte no se sabe nunca cómo será la luna de mañana”, y nos sirvió saké. Más tarde fui a visitar el Santuario de Kehi-no-Myo-jin, que fue del emperador Chuai. Es imponente. La luz de la luna atravesaba los pinos y caía sobre las blancas arenas, frente al santuario. Era como si hubiese caído una helada. El posadero me contó que el segundo bonzo Yugyo, hace mucho, había hecho el voto de arreglar la senda y él mismo había cortado las yerbas y apisonado las piedras y la tierra. Desde entonces los bonzos de este templo siguen su ejemplo, llevan arena al santuario y hoy los visitantes encuentran un camino sin asperezas:

Sobre la arena
esparcida por Yugyo
luna clarísima.

El día quince, como había anunciado el dueño de la posada, llovió.

¿Luna de otoño?
Promesas y perjurios,
Norte cambiante.

 

La playa de Iro

El día dieciséis se aclaró el cielo. Quise recoger conchitas rojas en la ribera y fui en barco hasta la playa de Iro. No hay más de siete ri por mar. Un señor llamado Tenya preparó la comida y botellas de saké e hizo que nos acompañase mucha servidumbre. El barco llegó en un instante a la playa, gracias al viento favorable. Ahí no había más que unas cuantas chozas de pescadores; tomamos el té y calentamos el saké en un pobre monasterio llamado Hokke. El triste atardecer penetró en nuestros corazones:

Melancolía
más punzante que en Suma,
playa de otoño.

La ola se retira:
tréboles en pedazos,
conchas rojas, despojos.

Rogué a Tosai que escribiese los pormenores de esta tarde y dejamos en el libro del templo nuestras impresiones escritas.

 

El pueblo de Ohgaki

Rotsu vino a buscarme hasta ese puerto y me acompañó a la provincia de Mino. A caballo entramos en el pueblo de Ohgaki. Sora vino desde Ise; Etsujin, también a caballo, se reunió con nosotros y todos nos encontramos en la casa de Jokoh. Día y tarde me visitaban Zensenshi, Keiko, su hijo y los otros íntimos. Su regocijo al verme era como el de aquellos que se encuentran en presencia de un resucitado. Llegó el seis del Noveno Mes y aunque todavía no me recuperaba del cansancio del viaje, como quería estar en Ise para presenciar el traslado del Gran Santuario, me embarqué otra vez:

De la almeja
se separan las valvas;
hacia Futami voy
con el otoño.

Matsuo Bashō según Katshunika Hokusai, grabador del periodo Edo.

Matsuo Bashō según Katshunika Hokusai, grabador del periodo Edo.

Matsuo Bashō (Ueno, Japón 1644- 28 de noviembre de 1694) Considerado uno de los máximos exponente del Haiku. Adquirió varios nombres durante su vida: Kinkasu, Sobo, Tosei y finalmente Bashō (un discípulo suyo le regaló un árbol de banano, Bashō significa “Banano”). A los 9 años ingresa a trabajar como paje de Todo Yoshitada. Ambos se vuelven amigos y estudian juntos el arte de la poesía, gracias a las enseñanzas de Kitamura Kigin.

En 1666 Yoshitada muere y Bashō deja a la familia Todo y se traslada hasta Edo (Kyoto). Allí empieza sus estudios de la poesía clásica china y japonesa, y comienza a publicar sus primeros haikus obteniendo gran fama y popularidad. En 1683 muere la madre de Bashō y este, un año después, entristecido, emprende un viaje a su tierra natal, pero no logra alcanzar a estar presente en el entierro.

Inconforme con la vida de meditación Zen que llevaba e influenciado por un espíritu aventurero, es que decide ese mismo año de 1684 emprender el primero de sus cuatro grandes viajes, viajes que recogerá en 3 libros que dan testimonio de ello Jornada de un esqueleto maltratado por la intemperie, Oku no Hosomichi (traducida como Sendas del Oku o Senda hacia tierras hondas) y Haiku de las cuatro estaciones. Sendas de Oku es la obra más reconocida de Matsuo Bashō y considerada su obra maestra. Muere en 1694 a causa de una disentería.

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Colaboración de Johnny Lima Gamarra

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