Los amigos míos se viven muriendo: un relato de Luis M. Rivas

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Luis Miguel Rivas es joven, quiere ser escritor y así se lo hace saber a su madre. Esta no le cree mucho y lo tiene por desocupado. En el periódico se anuncia un día que ha ganado un millón en un premio literario. Su madre entonces muestra quién es su hijo con orgullo a los vecinos.

Esta anécdota la cuenta Rivas en entrevista con Margarita Valencia en el programa Los Libros de Radio Nacional de Colombia. Para Rivas “El concepto que uno tenga por trabajo, o no hacer nada, son los que debemos tener claros para avanzar”.

Rivas es un escritor colombiano nacido en Cartago, Valle del Cauca.  El relato que se presenta aquí hace parte de su primer libro de relatos llamado ‘Los amigos míos se viven muriendo’ y lleva el mismo nombre del libro. En este, la vida en la ciudad, la juventud y los vacíos sociales se enmarcan de forma similar que en relatos de Ándres Caicedo (como Maternidad), de igual forma la ironía y el humor están presentes. Un relato imperdible para conocer a uno de los narradores colombianos más destacados de la actualidad.

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Portada de Los migos míos se viven muriendo (y otros relatos) de Luis Miguel Rivas, editado por el Fondo Editorial Universidad Eafit, 2007

Portada de Los migos míos se viven muriendo (y otros relatos) de Luis Miguel Rivas, editado por el Fondo Editorial Universidad Eafit, 2007

Los amigos míos se viven muriendo

Los amigos míos se viven muriendo. Antes nos la pasábamos hable y hable de carros y carros y mujeres y mujeres. Pero a la vida se le está ocurriendo no dejar con quién conversar. Algunos han salido a cobrar una plata y los traen a los dos días. A Ramiro, el seminarista, tan serio, tan correcto, que se había organizado y todo con una pelada se le complicó una gripa con los pulmones y no lo dejó durar una semana. Juanfer y Raúl estaban viendo por televisión Sábados Felices en la sala de la casa y llegaron en dos camionetas a interrumpirles el programa del todo. A la Monja lo vi bien peinado, cachetón y sonriendo en una moto. Había dejado de trabajar con el patrón se fue de por aquí sin irse de por aquí. Le consiguieron un trabajo de policía de tránsito en Envigado y estaba juicioso. Y ahora me dicen que apareció en Las Palmas y que no tenía cachetes ni nada de sonrisa en la cara.

A este paso va a terminar uno, como Frank, llenando cuadernos viejos con las cosas que no hay quién decirle. Porque en el centro no hay con quién hablar. No hay caso. Uno no le importa el centro. Cuando me dijeron lo de La Monja yo iba a coger un bus para el trabajo. “Qué Falla”, dije, como uno dice siempre. Pasé por la casa de La Monja y la mamá estaba en el balcón a los gritos y llorando a baldados. Los que me encontré estaban alicaídos y el barrio se volvió un punto chiquito y oscuro. Pero llegué al centro y la gente iba para donde iba como si nada como siempre, las oficinas abrieron de ocho a doce y de dos a seis y los carros no pararon de dar sus curvas con las ruedas a los gritos y el desconsiderado de la avenida Oriental siguió chicharroneando sin inmutarse y el cerro de cartas que tengo que repartir diario estaba esperándome sobre el escritorio de la secretaria igualio que ayer. Por eso es que a lo de los amigos uno no debería hacerle tanta alharaca.

Ese día cogí las cartas como todos los días y salí a la calle con el dolor de cabeza que me da a cada rato. Antes yo decía: “Tengo un dolor de cabeza” y no acababa de decir cuando los amigos decían: “Tomate una aspirina”, “vení hagámonos en la sombrita que es ese sol”. Andábamos tranquilos por el centro, de arriba pá’ abajo, por la ceca y la meca, hablando con las muchachas, trasnochando día y noche, riéndonos de todo y gozándonos a la gente. Pero ahora yo iba por el Parque de Berrío pensando: “Tengo dolor de cabeza” y la gente me daba con el codo en las costillas y me pasaba por el lado.

Repartí varias cartas y como al mediodía estaba otra vez en el parque Berrío. Me paré en el atrio y miré la dirección del último sobre de la mañana. Lo guardé y subí por la calle Colombia con el sol en la cara, el miedo en la espalda y la gana en los ojos. Todos los que veo que andan por el centro andan con un miedo y una gana. Miedo de que les caiga de sopetón en la nuca la mano que les va a robar sus cosas y los va a dejar tristes sabiendo que no se pertenecen. Y una gana de encontrarse, al voltear la esquina, con la muchacha que le va a sonreír y va a ser la de la vida. Yo vivo siempre con el presentimiento de que en el próximo instante me va a pasar una de las dos cosas. Pero nunca me pasa ninguna.

Por eso fue que me dio miedo cuando el muchacho de los zapatos carramplones y camiseta blanca caminaba por todos los lugares por donde yo tenía que caminar. Iba como cuatro o cinco almacenes delante de mí, volteando por todos los centros comerciales por donde yo tenía que voltear al ratico y pisando exactamente las mismas aceras que yo tenía que pisar. “Ese tipo me está siguiendo delante de mí”, pensé. Pero seguí porque al fin y al cabo lo mío era entregar las cartas. El tipo volteó a mirar y me vio caminar también por el mismo camino de él. Entonces aceleró el paso y cogió por la avenida Oriental que era por donde yo tenía que coger como a las dos cuadras volvió a mirar para atrás. Le vi la cara lívida y le noté la transpiración grande. Cualquiera sabe lo que una persona con miedo puede hacer. Entonces fue que me dio miedo de que él sintiera miedo. Por eso más adelante, cuando no aguantó más y se detuvo de un momento a otro, y se mandó la mano por dentro del pantalón, yo dije: “Hasta aquí llegué” y me metí a la primera cafetería que vi. Al rato asomé la cabeza y lo vi pequeñito, varias cuadras al fondo, abriendo trocha entre la gente de la acera mirando de vez en cuando para atrás.

Dejé la última carta para la tarde y me fui a almorzar. En el paradero había un gentío esperando. La buseta llegaba, se cuadraba al lado de la melcocha de gritos, sudores, lociones, faldas de secretaria, codos en las costillas, mochilas de estudiante, pisones en los callos, estómagos silbando y empujones; sorbía por delante un hilito de gente hasta llenarse y arrancaba todavía con un pedazo de hilo colgándole de la puerta. Me dio dolor de cabeza y pensé que mejor me quedaba en el centro. Fui a buscar una sombrita donde sentarme tranquilo a pensar en mis cosas mientras eran otra vez las dos de la tarde. Con los amigos, cuando íbamos al centro a recochar nos sentábamos en las escalas a acordarme. Estaba en esas cuando lo vi venir otra vez. Me fijé bien y sí era. Los mismos zapatos carramplones, la misma camiseta blanca, los bluyines desteñidos, el pelo siempre mojado de gomina como si se hubiera acabado de bañar. Venía con un amigo. Me dio miedo pero me quedé sentado viendo qué hacían. Se pararon en la chaza de revistas.

-¿Tiene El Colombiano? –preguntó el amigo.
-¿Cuál quiere?-dijo el de la chaza- ¿Espectador, Colombiano o Tiempo?
-El Espectador –dijo el que yo conocía.

Pagaron su colombiano, se repartieron las secciones y fueron a sentarse en las escalas, un peldaño abajo de mí. Ahí sentados, dándome la espalda, les vi la cara de buena gente. En la avenida La Playa apareció un escándalo. Un tipo con una camisa desbotonada hasta el estómago pasó como un volador, haciéndose desquite a todo el mundo. Detrás venían varios gritando: “Cójanlo”. Todos los que habíamos en las escalas no bajábamos a noveliar. Alguien le puso zancadilla al de la camisa abierta y enseguida llegaron otros y le pegaron y le pegaron y le pegaron. Cuando se deshizo el tumulto volví a las escalas y me senté donde primero encontré. Miré para el lado y vi al conocido mío. Vi de reojo que me habían visto y se habían hecho el que no me veía. Nos dios susto a los dos pero los dos hicimos como si nada. Volteó la cabeza poniendo cara de matón y me miró sin consideración desde la coronilla hasta el dedo pequeño del pie. Yo me hice el que no era conmigo. Como que me vio cara de inofensivo porque le dio una palmadita en la espalda al conocido mío y le cuchicheó riéndose. Hablaron un rato ya sin pararme bolas. Después el amigo se despidió y se fue diciendo “así quedamos pues”. El conocido mío prendió un cigarrillo y se me hizo el que miraba el humo mientras me miraba a mí mirando de reojo y haciéndome el que miraba bajar los carros por La Playa. Así estuvimos como dos cigarrillos. Hasta que dijo como hablando solo:

-¿Qué cosas no?

Yo no contesté porque no sabía si me estaba hablando a mí. Se quedó callado un momento. Luego miró para el lado mío y dijo:

-Ya no está uno tranquilo en ninguna parte.

Se puso a ver los carros y la gente. Después dijo:

-Pero eso tiene que cambiar.
-Sí –dije yo.

Prendió otro cigarrillo y se puso como a esperar que yo dijera algo. A mí me gusta hablar pero de ese tema lo único que podía decir era que lo malo es que no va quedando con quién hablar. Y no lo dije.

-Pues sí –volvió a decir.
-Sí –dije yo.

Seguimos callados. De un momento a otro botó el cigarrillo sin terminarlo, se me paró al frente y me señaló con el dedo.

-¿Yo a usted no lo conozco? –me dijo el conocido mío.
-No.
-Usted era el que me estaba persiguiendo ahora.
-No –dije
-Sí, usted era.
-No, usted era el que me estaba persiguiendo delante de mí.
-¡Cómo se le ocurre! –dijo el conocido mío- ¿está loco?
-No –dije.
-¿Usted qué hace?
-Soy mensajero.

Me miró bien a la cara un rato, respiró y después se sonrío un poquito. “Me llamo Frank, Frank Bedoya”, dijo, y me estiró la mano. Me preguntó con la voz ya tranquila por qué lo venía siguiendo. Le expliqué cómo fue la cosa. Entonces se rió y yo me reí. Me preguntó mi nombre y me dijo que él era diseñador. Me dijo que dentro del pantalón no tenía ni una aguja y que se había metido la mano en la cintura porque eso metía miedo. Yo me reí y le conté que nosotros también asustábamos a la gente andando en gallada y metiéndonos la mano en la cintura. Se sentó y cuando menos pensé ya estábamos conversando.

No tenía casi amigos. Solamente el que lo había acompañado a comprar el colombiano. Pero con él hablaba era de películas de cine, de cosas de libros y de música y de la vida nada. Se sentía solo como todas las personas que veíamos pasar a esa hora por la avenida La Playa. Hablaba bonito y derecho, como si estuviera leyendo en voz alta. Me preguntó dónde vivía y yo le hablé del barrio y de todo lo mío y él me paró bolas. Nos encerramos tanto y yo estaba tan contento que se me pasó la hora de volver a la oficina y cuando miré el reloj brinqué como un resorte y me tuve que despedir.

-¿Seguimos hablando? –me dijo.
-Listo –dije yo.
Quedamos de vernos el miércoles en las escalas de la Cámara de Comercio, a las doce.

El miércoles a las doce yo andaba entregando un paquete y salí pitado a encontrarme con Frank. Ahora que me acuerdo de todo es que digo: “Para qué gastaba tanto afán, si de todas maneras a esta ciudad no le gusta que uno consiga amigos”. Caminé volado. En todo Junín con Colombia había un muerto con su tumulto de gente. A mí me gusta ver los muertos recién muertos. A todos los que conozco también les gusta. Dicen que no, pero dejan que el muchacho acabe de dar el último balazo para ir a verla la cara al muerto. Esa vez ni siquiera paré. Del tumulto salía una quebradita de sangre que llevaba el mismo camino mío. Me le pasé a la quebradita de cabeza roja y redonda y seguí rápido a encontrarme con Frank.

Estaba sentado en las escalas de la Cámara de Comercio. Tenía la camiseta blanca limpiecita, el bluyín desteñido, los zapatos carramplones y el pelo engominado. Estaba igualitico. Como si nos hubiéramos encontrando la vez anterior otra vez. Me saludó muy contento y yo me sentí en confianza. Cuando se paró quedaron varios libros y un cuaderno sobre el peldaño donde estaba sentado. Los recogió y nos fuimos andando por la Oriental, hablando de muchas cosas sin que se me pasara por la cabeza el sol que hacía.

Fuimos a almorzar a un negocio del centro. Mientras comía me fue diciendo sus cosas. A los amigos que tenía se los habían llevado las familias corriéndole a las bombas, trabajaba en una empresa haciendo dibujos en la pantalla de un computador, vivía yendo a cine todas las noches, andaba por el centro viendo a la gente y dándose cuenta de que con él estaba él nomás, mantenía la cabeza llena de palabras para decir y las escribía en un cuaderno. Cogió el cuaderno y me lo pasó. Era lleno de delfines de todos los colores y todas las formas, y había también escritos en todas las hojas.

-Leé tranquilo –me dijo.

Decía cuestiones de los papás que no lo comprendían y de la falta de gente y de qué vaina este país y del amor que tendría que llegar y cosas por el estilo. “Este tan distinto sí que es gualito a mí”, pensé, pero no se lo dije.

-¿Te gustan mucho los delfines? –le dije mirando el cuaderno.
-Me obsesionan – me contestó.
-Vos sos como poeta, ¿cierto? –le dije.

Gagueó un rato y al final me dijo que no, pero que tenía su mundo propio y yo le contesté: “Ah, bueno” sin ponerme a entender mucho. Luego hablamos de las peladas y cuáles nos gustaban más, si las monas o las morenas, y él a cada cosa le sacaba un discurso con su modo de hablar bonito y a mí me gustaba eso. Cuando iba siendo la hora del trabajo nos despedimos y yo me fui para la oficina y me acuerdo que la secretaria me dijo que de dónde había sacado esa sonrisa.

Nos seguimos viendo. Una vez nos encontramos yo iba con el sol y dolorcito de cabeza. Le conté. Dijo que fuéramos a una tienda. Se arrimó al mostrador y volvió donde mí y me entregó dos aspirinas. Otro día apareció con un libro de poesía y me lo regaló. En la primera hoja que tienen los libros donde no hay nada escrito dibujó un delfín azul y escribió una cuestión sobre la amistad y lo buena gente que yo era. Nos empezamos a mantener pa’rriba y pa’bajo. Íbamos al barrio mío a caminar y a los cines de él a ver películas interesantes y a una taberna del Parque del Periodista a tomar cerveza, y a hablar de las peladas y de los problemas y de todo. Esa es la época en que he estado más contento últimamente. Pero todo duró hasta el día en que quedamos de encontrarnos y Frank no llegaba. Por eso es que no me canso de decirme: “A lo de los amigos no hay que hacerle tanta alharaca. Aquí no dejan y listo”.

Yo estuve a las ocho de la noche en la taberna donde tomábamos cerveza. Él siempre llegaba antes y ya eran las ocho y media y nada que aparecía. Me puse a reparar a la gente de las otras mesas y me pareció que tenían su parecido con Frank. Había muchos zapatos carramplones y mucho pelo engominado. Hablaban cosas importantes y las decían despacio, pasito y mirando bien al otro. La música era lenta, en inglés y daba frío. Oyéndola me dieron ganas de que lloviera. La luz estaba a media luz y la gente parecía como contenta de estar triste.

Ya iba siendo casi las nueve cuando me cansé de esperar y me paré para irme. Frank apareció en la puerta y me pegó tremendo abrazo. Pidió más trago y nos sentamos. Me dijo que había estado muy nervioso toda la tarde y que se había quedado tomándose unos rones para poder venir. Le pregunté que qué le pasaba, que para eso estábamos los amigos.

-Es una cosa en la que nadie me puede ayudar –me contestó.

Yo estoy acostumbrado a que mis amigos se metan en unos enredos de los que no los saca ni Mandrake, entonces entendí.
Brindamos y Frank brindó por el amor aunque tan duro. A los varios rones. Me abrazó y me dijo todo lo que me estimaba.

-He escrito mucho estos días –dijo y me pasó el cuaderno de los delfines- mirá esto.

Levanté el cuaderno para poder ver. En la última página había escrito:

Lo has oído bastante:
“El mundo es un pañuelo”.
Pero tú y yo
Estamos bordados
En las puntas opuestas.
Y este pañuelo, amor,
Permanece tirado al lado de la vía
Y nunca nadie
Se dignará doblarlo.

-Muy bonito. Y luego decís que no sos poeta –le dije y me paré al baño.

Cuando Volví, Frank estaba pensativo mirando el vaso de ron. De un momento a otro se echó otro discurso y me volvió a abrazar. Pero no me soltó rápido sino que me dijo con el tono con que uno pide plata prestada:

-Dame un beso.

Yo me le solté.

-Por favor dame un beso, necesito que me des un beso, yo te amo – me dijo y se le estaban saliendo las lágrimas. Arrancó del cuaderno la hoja del poema y me la pasó. Ahí mismo yo me paré de la mesa.
-Es para vos, recibila por favor –me dijo.

Recibí la hoja sin pensar que la estaba recibiendo y salí caminando rápido con ganas de llorar de la rabia con está puta ciudad a la que se le metió en la cabeza que uno no puede ni siquiera conseguir un amigo. Frank salió detrás de mí tambaleándose.

-¡Manuel! –me gritaba- ¡Tenemos que hablar, tenés que entenderme!

Yo seguí derecho, sin mirar para atrás, haciendo un zurullo con la hoja del poema. Siguió detrás de mí varias cuadras pisando exactamente las mismas aceras que yo pisaba.

-Manuel, por favor –lloraba y decía las cosas con todas las ganas- vos sos la única persona con quien me siento bien, yo te amo, déjame hablarte.

Aumenté el paso y al rato sentí que ya no me seguía. Volteé la cara y lo vi recostado en un poste y llorando. Se separó del poste, le dio una patada y gritó:

-¡Hijueputa…. Lo que nos mató fue este viaje al mundo!

Entonces me paré, me volteé del todo y lo miré ya sin rabia, más bien con desánimo.

-¡Y la quedada! – le grité y seguí caminando a coger el colectivo para mi casa.

Luis Miguel Rivas escribiendo en público en Lucha Libro durante la Feria del Libro de Bogotá. FOTO COLPRENSA

Luis Miguel Rivas escribiendo en público en Lucha Libro durante la Feria del Libro de Bogotá. FOTO COLPRENSA

Luis Miguel Rivas (Cartago, Valle del Cauca, 1969 -) Escritor Colombiano autor de los libros de relatos Los amigos míos se viven muriendo, Tareas no hechas, ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?, entre otros.

Puedes leer más relatos de ‘Los amigos míos se viven muriendo‘ a través de Google Books aquí Los amigos míos se viven muriendo (Google Books)

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Colaboración de Didier Andrés Castro
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