El viejo y el mar: Fragmentos de un inolvidable libro de Ernest Hemingway

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El Viejo y el Mar es uno de los libros más recordados, queridos y difundidos de Ernest Hemingway, pues en el retrata la soledad, la esperanza y los sueños de un viejo pescador que luego de 84 días sin pescar nada, encuentra un pez enorme que lo arrastrará tres días en el mar  y con el que peleará con todas sus fuerzas, recordando historias de su juventud en medio de peces, aves y todo el océano.

Publicada en 1951, El Viejo y el Mar confirmaría (una vez más) su talento enorme como escritor y le haría ganador del Premio Pulitzer (1953). Un año más tarde, en 1954, le sería entregado el Premio Nobel de Literatura <<por su dominio del arte de la narrativa, más recientemente demostrada en El viejo y el mar, y por la influencia que ha ejercido en el estilo contemporáneo>>.

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Ernest Hemingway en Cuba, sosteniendo un pesado Marlin.

Ernest Hemingway en Cuba, sosteniendo un pesado Marlin.

El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa, y el viejo se quitó el pantalón y se fue a la cama a oscuras. Enrolló el pantalón para hacer una almohada, y puso luego el periódico dentro. Se envolvió en la frazada y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama.
Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era muchacho, y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía, y sentía el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana.
Generalmente, cuando olía la brisa de tierra, despertaba y se vestía, y se iba a despertar al muchacho. Pero esta noche el olor de la brisa de tierra vino muy temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño, y siguió soñando para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar. Y luego soñaba con los diferentes puertos y fondeaderos de las Islas Canarias.
No soñaba ya con tormentas, ni con mujeres, ni con grandes acontecimientos, ni con grandes peces, ni con peleas, ni con competiciones de fuerza, ni con su esposa. Sólo soñaba ya con lugares, y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos a la luz del crepúsculo y él les tenía cariño lo mismo que al muchacho. No soñaba jamás con el muchacho. Simplemente despertaba, miraba por la puerta abierta a la luna y desenrollaba su pantalón y se lo ponía. Orinaba junto a la choza y luego subía al camino a despertar al muchacho. Temblaba por el frío de la mañana. Pero sabía que temblando se calentaría y que pronto estaría remando.

*

En la oscuridad el viejo podía sentir venir la mañana y, mientras remaba, oía el tembloroso rumor de los peces voladores que salían del agua y el siseo que sus rígidas alas hacían surcando el aire en la oscuridad. Sentía una gran atracción por los peces voladores, que eran sus principales amigos en el océano. Sentía compasión por las aves; especialmente por las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando, y casi nunca encontraban, y pensó: «Las aves llevan una vida más dura que nosotros, salvo las de rapiña y las grandes y fuertes. ¿Por qué habrán hecho pájaros tan delicados y tan finos como esas golondrinas de mar, cuando el océano es capaz de tanta crueldad? La mar es dulce y hermosa. Pero puede ser cruel, y se encoleriza muy súbitamente, y esos pájaros que vuelan picando y cazando, con sus tristes vocecillas, son demasiado delicados para la mar.»
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o a un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

*

Entonces empezó a sentir lástima por el gran pez que había enganchado. «Es maravilloso y extraño, y quién sabe qué edad tendrá —pensó—. Jamás he cogido un pez tan fuerte, ni que se portara de un modo tan extraño. Puede que sea demasiado prudente para subir a la superficie. Brincando y precipitándose locamente pudiera acabar conmigo. Pero es posible que haya sido enganchado ya muchas veces y que sepa que ésta es la manera de pelear. No puede saber que no hay más que un hombre contra él, ni que este hombre es un anciano. Pero, ¡qué pez más grande! y qué bien lo pagarán en el mercado, si su carne es buena. Cogió la carnada como un macho, y tira como un macho, y no hay pánico en su manera de pelear. Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación.»
Recordó aquella vez en que había enganchado una de las dos agujas que iban en pareja. El macho dejaba siempre que la hembra comiera primero, y el pez enganchado, la hembra, presentó una pelea fiera, desesperada y llena de pánico, que no tardó en agotarla. Durante todo ese tiempo, el macho permaneció con ella, cruzando el sedal y girando con ella en la superficie. Había permanecido tan cerca, que el viejo había temido que cortara el sedal con la cola, que era afilada como una guadaña y casi de la misma forma y tamaño. Cuando el viejo la había enganchado con el bichero, la había golpeado sujetando su mandíbula en forma de espada y de áspero borde, y golpeado en la cabeza hasta que su color se había tornado como el de la parte de atrás de los espejos; y luego cuando, con ayuda del muchacho, la había izado a bordo, el macho había permanecido junto al bote. Después, mientras el viejo levantaba los sedales y preparaba el arpón, el macho dio un brinco en el aire junto al bote para ver dónde estaba la hembra. Y luego se había sumergido en la profundidad con sus alas azul—rojizas, que eran sus aletas pectorales, desplegadas ampliamente y mostrando todas sus franjas del mismo color. «Era hermoso», recordaba el viejo. Y se había quedado junto a su hembra.
«Es lo más triste que he visto jamás en ellos —pensó—. El muchacho también había sentido tristeza, y le pedimos perdón a la hembra y le abrimos el vientre prontamente.»

*

Un pajarito vino volando hacia el bote, procedente del norte. Era una especie de curruca que volaba muy bajo sobre el agua. El viejo se dio cuenta de que estaba muy cansado. El pájaro llegó hasta la popa del bote y descansó allí. Luego voló en torno a la cabeza del viejo y fue a posarse en el sedal, donde estaba más cómodo.
—¿Qué edad tienes? —preguntó el viejo al pájaro—. ¿Es éste tu primer viaje?
El pájaro lo miró al oírlo hablar. Estaba demasiado cansado siquiera para examinar el sedal y se balanceó asiéndose fuertemente a él con sus delicadas patas.
—Estás firme —le dijo el viejo—. Demasiado firme. Después de una noche sin viento no debieras estar tan cansado. ¿A qué vienen los pájaros?
«Los gavilanes —pensó— salen al mar a esperarlos.» Pero no le dijo nada de esto al pajarito, que de todos modos no podía entenderlo y que ya tendría tiempo de conocer a los gavilanes.
—Descansa, pajarito, descansa —dijo—. Luego ve a correr fortuna como cualquier hombre o pájaro o pez.
Lo estimulaba a hablar porque su espalda se había endurecido de noche y ahora le dolía realmente.
—Quédate en mi casa si quieres, pajarito —dijo—. Lamento que no pueda izar la vela y llevarte a tierra, con la suave brisa que se está levantando. Pero estas con un amigo.
Justamente entonces el pez dio una súbita sacudida; el viejo fue a dar contra la proa; y hubiera caído por la borda si no se hubiera aferrado y soltado un poco de sedal.
El pájaro levantó el vuelo cuando el sedal se sacudió, y el viejo ni siquiera lo había visto irse. Palpó cuidadosamente el sedal con la mano derecha y notó que su mano sangraba.
—Algo la ha lastimado —dijo en voz alta, y tiró del sedal para ver si podía virar al pez. Pero cuando llegaba a su máxima tensión, sujetó firme y se echó hacia atrás para formar contrapeso.
—Ahora lo estás sintiendo, pez —dijo—. Y bien sabe Dios que también yo lo siento.
Miró en derredor a ver si veía al pájaro, porque le hubiera gustado tenerlo de compañero. El pájaro se había ido.
«No te has quedado mucho tiempo —pensó el viejo—. Pero a donde vas, va a ser más difícil, hasta que llegues a la costa. ¿Cómo me habré dejado cortar por esa rápida sacudida del pez? Me debo de estar volviendo estúpido. O quizá sea que estaba mirando al pájaro y pensando en él. Ahora prestaré atención a mi trabajo y luego me comeré el bonito para que las fuerzas no me fallen.»
—Ojalá estuviera aquí el muchacho, y que tuviera un poco de sal —dijo en voz alta.
Pasando la presión del sedal al hombro izquierdo y arrodillándose con cuidado, lavó la mano en el mar y la mantuvo allí sumergida, por más de un minuto, viendo correr la sangre y deshacerse en estela, y el continuo movimiento del agua contra su mano al moverse el bote.

*

Vio el fulgor reflejado de las luces de la ciudad a eso de las diez de la noche. Al principio eran perceptibles únicamente como la luz en el cielo antes de salir la luna.
Luego se las veía firmes a través del mar, que ahora estaba picado debido a la brisa creciente. Gobernó hacia el centro del resplandor y pensó que, ahora, pronto llegaría al borde de la corriente.
«Ahora ha terminado —pensó—. Probablemente me vuelvan a atacar. Pero, ¿qué puede hacer un hombre contra ellos en la oscuridad y sin un arma?»
Estaba rígido y adolorido y sus heridas y todas las partes castigadas de su cuerpo le dolían con el frío de la noche. «Ojalá no tenga que volver a pelear —pensó—. Ojalá, ojalá que no tenga que volver a pelear.»
Pero hacia medianoche tuvo que pelear y esta vez sabia que la lucha era inútil. Los tiburones vinieron en manadas y sólo podía ver las líneas que trazaban sus aletas en el agua y su fosforescencia al arrojarse contra el pez. Les dio con el palo en las cabezas y sintió el chasquido de sus mandíbulas y el temblor del bote cada vez que debajo agarraban su presa. Golpeó desesperadamente contra lo que sólo podía sentir y oír, sintió que algo agarraba la porra y se la arrebataba.
Arrancó la caña del timón y siguió pegando con ella, cogiéndola con ambas manos y dejándola caer con fuerza una y otra vez. Pero ahora llegaban hasta la proa y acometían uno tras otro y todos juntos, arrancando los pedazos de carne que emitían un fulgor bajo el agua cuando ellos se volvían para regresar nuevamente.
Por último vino uno contra la propia cabeza del pez y el viejo se dio cuenta de que todo había terminado.
Tiró un golpe con la caña a la cabeza del tiburón donde las mandíbulas estaban prendidas a la resistente cabeza del pez, que no cedía. Tiró uno o dos golpes más.
Sintió romperse la barra y arremetió al tiburón con el cabo roto. Lo sintió penetrar, y sabiendo que era agudo lo empujó de nuevo. El tiburón lo soltó y salió rolando. Fue, de la manada, el último tiburón que vino a comer. No quedaba ya nada más que comer.
Ahora el viejo apenas podía respirar y sentía un extraño sabor en la boca. Era dulzón y como a cobre y por un momento tuvo miedo. Pero no era muy abundante.
Escupió en el mar y dijo:
—Cómanse eso, galanos y sueñen con que han matado a un hombre.
Ahora sabía que estaba finalmente derrotado y sin remedio, y volvió a popa y halló que el cabo roto de la caña encajaba bastante bien en la cabeza del timón para poder gobernar.

*

El muchacho no bajó a la orilla. Ya había estado allí y uno de los pescadores cuidaba el bote en su lugar.
—¿Cómo está el viejo? —gritó uno de los pescadores.
—Durmiendo —respondió gritando el muchacho. No le importaba que lo vieran llorar—. Que nadie lo moleste.
—Tenía dieciocho pies de la nariz a la cola —gritó el pescador que lo estaba midiendo.
—Lo creo —dijo el muchacho.
Entró en La Terraza y pidió una lata de café. —Caliente y con bastante leche y azúcar.
—¿Algo más?
—No. Después veré qué puede comer.
—¡Ése sí era un pez! —dijo el propietario—. Jamás ha habido uno igual. También los dos que ustedes cogieron ayer eran buenos.
—¡Al diablo con ellos! —dijo el muchacho y empezó a llorar nuevamente.
—¿Quieres un trago de algo? —preguntó el dueño.
—No —dijo el muchacho—. Dígales que no se preocupen por Santiago. Vuelvo enseguida.
—Dile que lo siento mucho.
—Gracias —dijo el muchacho.
El muchacho llevó la lata de café caliente a la choza del viejo y se sentó junto a él hasta que despertó. Una vez pareció que iba a despertarse.
Pero había vuelto a caer en su sueño profundo y el muchacho había ido al otro lado del camino a buscar leña para calentar el café.
Finalmente el viejo despertó.
—No se levante —dijo el muchacho—. Tómese esto —le echó un poco de café en un vaso.
El viejo cogió el vaso y bebió el café.
—Me derrotaron, Manolín—dijo—. Me derrotaron de verdad.
—No. Él no. Él no lo derrotó.
—No. Verdaderamente. Fue después.
—Perico está cuidando del bote y del aparejo.
¿Qué va a hacer con la cabeza?
—Que Perico la corte para usarla en las nasas.
—¿Y la espada?
—Puedes guardártela si la quieres.
—Sí, la quiero —dijo el muchacho—. Ahora tenemos que hacer planes para lo demás.
—¿Me han estado buscando?
—Desde luego. Con los guardacostas y con aeroplanos.
—La mar es muy grande y un bote es pequeño y difícil de ver —dijo el viejo. Notó lo agradable que era tener a alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo y con el mar—.
—Te he echado de menos —dijo—. ¿Qué han pescado?
—Uno el primer día. Uno el segundo y dos el tercero.
—Muy bueno.
—Ahora pescaremos juntos otra vez.
—No. No tengo suerte. Yo ya no tengo suerte.
—Al diablo con la suerte dijo el muchacho—. Yo llevaré la suerte conmigo.
—¿Qué va a decir tu familia?
—No me importa. Ayer pesqué dos. Pero ahora pescaremos juntos porque todavía tengo mucho que aprender.
—Tenemos que conseguir una buena lanza y llevarla siempre a bordo. Puedes hacer la hoja con una hoja de muelle de un viejo ford. Podemos afilarla en Guanabacoa. Debe ser afilada y sin temple para que no se rompa. Mi cuchillo se rompió.
—Conseguiré otro cuchillo y mandaré a afilar la hoja de muelle. ¿Cuántos días de brisa fuerte nos quedan?
—Tal vez tres. Tal vez más.
—Lo tendrá todo en orden —dijo el muchacho—. Cúrese sus manos, viejo.
—Yo sé cuidármelas. De noche escupí algo extraño y sentí que algo se habla roto en mi pecho.
—Cúrese también eso —dijo el muchacho—. Acuéstese, viejo y le traeré su camisa limpia. Y algo de comer.
—Tráeme algún periódico de cuando estuve ausente —dijo el viejo.
—Tiene que curarse pronto, pues tengo mucho que aprender y usted puede enseñármelo todo. ¿Ha sufrido mucho?
—Bastante —dijo el viejo.
—Le traeré la comida y los periódicos –dijo el muchacho—. Descanse, viejo. Le traeré la medicina de la farmacia para las manos.
—No te olvides de decirle a Perico que la cabeza es suya.
—No. Se lo diré.
Al atravesar la puerta y descender por el camino tallado por el uso en la roca de coral, el muchacho iba llorando nuevamente.
Esa tarde había una partida de turistas en La Terraza, y mirando hacia abajo, al agua, entre las latas de cerveza vacías y las picúas muertas, una mujer vio un gran espinazo blanco con una inmensa cola que se alzaba y balanceaba con la marea mientras el viento del este levantaba un fuerte y continuo oleaje a la entrada del puerto.
—¿Qué es eso? —preguntó la mujer al camarero, y señaló al largo espinazo del gran pez, que ahora no era más que basura esperando a que se la llevara la marea.
—Tiburón —dijo el camarero—. Un tiburón.
Quería explicarle lo que había sucedido.
—No sabía que los tiburones tuvieran colas tan hermosas, tan bellamente formadas.
—Ni yo tampoco —dijo el hombre que la acompañaba.
Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba sentado a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.

Ernest Hemingway y amigos en una fiesta en Pamplona - España, 1959.

Ernest Hemingway y amigos en una fiesta en Pamplona – España, 1959.

Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899 – Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961) Ha escrito Fiesta, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, Al otro lado del río y entre los árboles, entre otros. Aunque su obra más recordada por muchos es El Viejo y el Mar, una historia sobre la soledad y los sueños de un viejo pescador, retratada en La Habana-Cuba, país donde vivió por más de 20 años y donde escribió El Viejo y el Mar.

Entre sus premios destacan el Premio Pulitzer en 1953 y el Premio Nobel de Literatura en 1954.  En 1961 -7 años después del Nobel- cansado y enfermo, y luego de toda una vida que lo transformaría en un mito (Guerras, viajes de cacería, etc) Hemingway se suicidaría disparándose con una escopeta.

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