Fragmentos de Ócixot de Jorge Castillo

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Jorge Castillo leyendo en Lima. Foto de Fiorella Terrazas.

Jorge Castillo leyendo en Lima. Foto de Fiorella Terrazas.

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ME HE VUELTO A SENTAR A LA RIBERA derecha del río Huallaga, he encontrado un lugar tranquilo y que no huela a meada para quedarme un rato aquí. No llueve, el cielo está despejado y la bravura del río impecable. Me siento cómodo aquí, el viento que corre agita mi camisa y mis oídos zumban ligeramente. Una rata blanca se ha acercado a hacerme compañía y hemos hablado plácidamente. Ha sido un diálogo como los que me gustan: distendidos, sin prisa, sin atropellarse, sin tema ni rumbo, no hablando para ganar algo sino para perderlo todo, incluido argumentos. La rata se llama César Aira lo que me ha sorprendido enormemente porque así se llama el narrador argentino que me gusta mucho. Se lo he dicho al César Aira rata, y ha optado por un silencio soberbio como diciéndome eso ya lo sé, eso me dicen siempre, aquí y en Coronel Pringles, pero ya me cansé de responderles objetiva-racionalmente. Siempre me han dado miedo las ratas pero esta, al ser blanca, como que el color la hace más pacífica, más cercana, como que pierde ese sentido de rata salvaje, violenta y voraz. César Aira tiene una calmada y despreocupada paz interior, y me habla sobre la nueva traducción que está haciendo de La metamorfosis de Franz Fafka. La escucho interesadísimo. Le digo que debería hacer una nueva traducción también de El castillo y me dice que luego, porque ahora está ocupadísimo con La metamorfosis y que la sola traducción del título lo tiene así varios meses sin decidirse. Tiene tres opciones: La mezclamorfosis, La mutamorfosis y La licuamorfosis. El principal problema, me dice, es que el prefijo. Todos estamos de acuerdo que morfosis es incambiable porque, efectivamente, el cambio sucede en la forma, porque el pensamiento de Gregorio Samsa no cambia, su neurosis se acrecienta pero en esencia es el mismo; en cambio, su forma sí. Entonces, el problema es el prefijo, dice César Aira, a quien llamo ya atrevidamente, pero con cariño, Cesitar, si es «meta» como se ha traducido habitualmente significa un estadio superior, como un peldaño más arriba en la escala evolutiva o metafísica, pero ¿eso considera Gregorio Samsa que es un insecto, un estadio superior? El prefijo «mezcla» no está mal excepto porque el tránsito a insecto no es un mezcla, el destino final de Gregorio Samsa no es mezclarse sino ser otro, completamente otro. Me gusta más «mutan» porque las verdaderas transformaciones son imperceptibles y estas se dan mutando, que es una virtud del personaje, quiero decir que horrorizado en un principio, asimila luego su alienación, con temor primero y resignación humilde después. Es una mutación, pues, un cambio que sucede porque las cosas se van dando así. «Licua» le parece muy tecnológico y tiene algo de artefacto que creo lo va a descartar. Continúa Cesitar y me siento feliz de tener interlocutores así, tan inteligentes y arriesgados. Han venido dos sapos más, dos lagartijas, un perro flaco y tres ornitorrincos. Todos en paz, felices. Hemos hecho una media circunferencia alrededor de Cesitar que continúa parlamentando.

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A LAS HORMIGAS DE ESTA CIUDAD LES ENCANTA DROGARSE con mi jabón verde de glicerina. Se drogan tanto que mueren por sobredosis, hinchadas de felicidad y placer. No vienen en fila india a llevarse a sus guaridas sus pequeñas dosis de drogas, como lo hacen con las migajas de pan o galleta que hay en el suelo o a veces con las cucarachas que desmiembran, poco a poco, para así llevarse las provisiones a su cueva y resguardarse de las temporadas de sequía y frío. En realidad, no son todas sino un grupo reducido pero significante de hormigas drogadictas que descuidan sus obligaciones para venir a drogarse a mi baño. Las demás, que son la mayoría, siguen buscando comida por toda la casa, las miran, a sus pares, con vergüenza y asco, porque no trabajan ni hacen lo que manda su naturaleza, que les ha impuesto ese trabajo de hormiga por siglos y siglos, acaso desde el principio de la humanidad, buscar los restos de comida, tarritos de azúcar, dulces olvidados, gusanitos o cucarachitas muertas, restos de galleta. En fin, todo lo que olvidamos o desechamos es comida para las hormigas. Ellas se mantienen así. Pero estas hormigas drogadictas desprecian ese mandato de la naturaleza para ir a drogarse, y se drogan tanto tanto que se enganchan, que mueren así, pero eso ocurre después de muchos días de dosis y dosis, cada vez más elevadas. Mientras tanto, sus colegas van en fila india al trabajo, algunas las ignoran pero la mayoría las mira con desprecio y asco. Pero yo sé que, en el fondo, las envidian, quisieran también tener esa fuerza de voluntad, una fuerza enorme, para dejar ese trabajo tan rutinario y pesado (son cientos de años haciendo lo mismo) e irse a drogar todo el día. Es un costo enorme, piensan algunas, porque tendríamos que dejar de hacer lo que venimos haciendo durante tanto tiempo, tenemos que alimentar a las hormiguitas más pequeñas para que vayan al colegio y aprendan que tienen que trabajar y trabajar todos los días que puedan. Pero también piensan que sería tan rico dejarlo todo e irnos a drogar todo el día. En el fondo, la mayoría ambiciona esa vida de las hormigas drogadictas. Eso estaría bien, piensan en secreto algunas hormiguitas, mientras caminan en fila india, con cuidado, tratando de no pisar las patitas de la hormiga delantera.

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Lauri sigue muda, all silence. ¿Lauri estás bien?, ¿has probado las drogas de los nativos de Cotaras?, ¿estás con los efectos ahora?, dime qué se siente. Tiiiiiiiiiii. Me colgó. Naturalmente, pienso, Lauri se las trae. Creo que dejaré el caso porque al director del diario tampoco le importa demasiado continuarlo, me ha dado esa impresión. No tiene caso. En fin. Pienso en Lauri y las drogas de los nativos de Cotaras.

00:36 h. Lauri me llama al teléfono, me dice que tiene nuevas noticias sobre la muerte de su padre. Lo dice apurada, atropelladamente. No me mientas, Lauri, dime por qué me llamas, le digo, se trata de las drogas de los nativos de Cotaras ¿no? Lauri: Sí, bueno sí, estoy en el Centro con mi primo en su moto y queremos ir allá, a Cotaras, pensé que querías venir con nosotros. Yo: Pero ¿eso no es lejos, no es muy lejos para ir allá a estas horas? Lauri: Es la hora perfecta, a esta hora los nativos de Cotaras salen del monte y se reúnen frente a una laguna a fumar sus pipas, quiero decir a fumar sus drogas en sus pipas, vente, vamos.

00:37 h. Me alisto, me pongo otra chompa y me cierro el saco hasta el cuello. Paro mi mototaxi y me voy para allá.

00:40 h. Lauri está con su primo (o eso dice ella), otro chico un poco mayor, como de 20 años que se presenta como Javier. Lauri me dice gracias por venir, en realidad sé que gustará, cuando vamos con alguien mayor me hace sentir más segura. Lauri, le digo, ¿tú has probado esas drogas? No, pero tengo curiosidad, me dice. ¿Tu madre sabe que estás aquí?, le pregunto un poco angustiado y sintiéndome pedófilo. No, no, ella está llorando por mi papá el muerto, me dice, sin ninguna pizca de sentimiento mientras sube a la moto, que ya Javier ha encendido. Se sube detrás de Javier y yo detrás de Lauri.

00:48 h. Siento las nalguitas de Lauri quien abraza a su primo y yo los abrazo por detrás a los dos con miedo a caerme de la moto. El camino es sinuoso y Javier maneja muy bien.

00:56 h. La moto toma un cerro (no sé cuántos han pasado ya), subiéndolo muy rápido. Estoy totalmente desubicado. La oscuridad es total y solo la luz de la rápido moto de Javier guía el camino. De vez en cuando una ligera llovizna nos moja el rostro.

01:13 h. Después de haber llegado a la cima del cerro, hemos descendido un poco (creo) y ahora vamos por una especie de loma. La oscuridad es negrísima como el carbón y, tengo que confesarlo, siento un poco de miedo, aunque se supone que no debería: soy el mayor de los dos y ellos se sienten, por lo menos Lauri, más seguros conmigo.

01:21 h. Hemos llegado a una especie de ensenada. Es una bonita imagen. Una laguna que parece un espejo trasluce hasta el vuelo de los mosquitos con la luz de las estrellas. Pero no es aquí, sino unas lagunas más allá, me dice Javier, que normalmente está mudo. Lauri parece contenta y curiosa. Caminamos los tres. Javier va un poco más adelante, como guiándonos. ¿Es en verdad tu primo?, le pregunto a Lauri. Sí, me dice. Lauri, le digo, si vamos a ser cómplices en esto, o en algo, quiero que me digas la verdad porque si no me voy. Es cierto, exclama Lauri, es cierto, es mi primo, y él, dice, ha venido con unos amigos antes pero no ha probado la droga de los nativos de Cotaras. Bueno, está bien, le digo, vamos, ¿falta mucho? No sé, me dice, es la primera vez que vengo, ¿no es emocionante?, ¿no te parece hermoso el brillo de las estrellas y la tímida luna? Sí, Lauri, le digo, claro, ¿sabías que esas tres estrellas juntas pertenecen a la constelación de Orión y les dicen, por esas mitologías astrales, las Tres Marías? No, no sabía, me dice Lauri.

01:25 h. Lauri me ha tomado del brazo. Javier camina cada vez más rápido.

01:27 h. Hemos llegado. Los nativos de Cotaras están reunidos en un círculo cerrado y hablan entre ellos, parecen no darse cuenta de que estamos aquí. Somos los únicos, fuera de los nativos. ¿Y ahora qué hacemos?, le digo a Lauri. Tenemos que esperar, están reunidos todos juntos orando, cuando terminan se ponen a fumar, me informa Lauri. ¿Y nosotros cuando fumamos?, le digo. No lo sé, me dice Lauri, depende de ellos, si quieren nos invitan y si no, no; depende de ellos. ¿De qué depende?, le digo. No sé, ya te dije, depende de ellos, de cómo se sientan o de si les caes bien, me dice Lauri. ¿Qué tipo de drogas son esas de los nativos de Cotaras?, le pregunto a Javier. El único, me responde.

02:03 h. Los nativos de Cotaras han encendido sus pipas. Son gigantes, como del tamaño de un cucharón de olla, y se las van pasando de lado. Unos le dan una calada, larga, o dos pequeñas, y se la pasan al de lado izquierdo. Si quieren, me ha comentado Lauri, nos llamarán y podremos fumar con ellos; si no, nos quedamos quietos aquí. Pon cara de necesitado, de angustiado pues, para que así nos tengan lástima y nos inviten, me dice Lauri pícara, que me confunde porque el momento es un poco místico.

02:05 h. Los nativos hacen un ademán hacia nosotros y nos acercamos. Dicen algo como «beban» y me da la pipa a mí. Huele a leña húmeda pero no es un olor feo. Le doy una calada larguísima, inundo mis pulmones con ese humo. No lo expulsaré, pienso, rápidamente, me tomaré todo el tiempo del mundo para que me haga efecto. Lauri lo hace a su turno y Javier igual. Se lo devolvemos al nativo de Cotaras, quien se lo lleva al primero de su derecha.

02:06 h. No siento nada. No sé los demás, pero yo no siento nada. Nunca he sido un tipo dado a las drogas místicas, religiosas o sanadoras. He probado algunas y mi experiencia ha sido normal. Me gustaron los hongos mexicanos, pero ni tanto. Con otras ni bien ni mal, nada que valga la pena contar: en realidad, tengo, creo, un espíritu poco religioso o místico, bastante chato. Creo que lo más lógico sería decir ahuecado pero ahora mismo no sé cómo explicarlo. Lauri está mirando detenidamente a los nativos de Cotaras y Javier la punta de sus pies.

02: 15 h. Sigo sin sentir nada. Los nativos de Cotaras repiten el ritual anterior, exactamente igual, y me vuelven a ofrecer su pipa. Acepto. Esta vez le doy caladas más largas que la anterior. Le ofrezco a Lauri pero no quiere, a Javier ni le pregunto, está colgado con la punta de sus pies.

02:17 h. Tengo un pequeño temblor detrás de mi oreja izquierda y una comezón bajo la rodilla. Por lo demás no siento nada.

03:03 h. Estoy conduciendo la moto de Javier por caminos y trochas hacia ninguna parte. Solo sigo de frente. La luz de la moto que ilumina el camino se extiende hacia el infinito, donde parece competir con el brillo de las estrellas, me ciega la luz, es enorme, astral, cierro los ojos y la moto vuela, el ruuumm de la moto es suave, como si se deslizara una mosca sobre un plato de porcelana fina. La luz inunda valles, quebradas, las piedras parecen frágiles como si fueran algodones de azúcar o senos de quinceañeras enamoradas, el espacio parece acortarse y tengo la sensación de que estamos a punto de llegar a nuestro destino pero no llegamos sino es la luz que se sigue extendiendo, la luz sale de mi boca o de mis ojos y toca como un firmamento nuevo, un firmamento en que la más grande estrella es un lenguaje que no descifro pero que me dice que el paso que debo dar es un paso que debo dar con cuidado. La música es solo el ruuummm del motor de la moto que vuela. La ciudad debe estar detrás de esa luz pero no hay ciudad sino más luz, como si esa luz fuera la que emiten  ciertos alienígenas de otras circunferencias cuando nos quieren abducir. Mis orejas se estiran y mis dedos también, las piernas sujetan algo que no alcanzo a ver y algo me sofoca y todo tiene el aliento de ser inmediato pero nada ocurre en el mismo segundo, sino en constantes cambios de luz, en el tránsito de tiempo, de espacio aletargado. Sudo pero mi sudor no me cansa, estoy agitado pero con ansias de seguir navegando. Una tenaza aprieta los lados de mi pecho por mi espalda. Volteo. Es Lauri. Viajo con ella en la moto que vuela y el sinfín que dejamos detrás es el espacio que ganamos cuando no pensamos en el tiempo ni en las monedas de cambio que utilizamos para presentarnos los fines de mes, cuando auscultamos nuestras penas y miserias, pero la nuestra es azúcar, nuestros penes y nuestras vaginas son azúcares que derramamos sobre nuestra piel para hundirnos en un océano de peces y bailar y bailar…

(Antes de las 04:30 h) Lauri está llorando, muy fuerte, grita, grita como si quisiera devolverle la audición a un sordo a puro grito. Lauri llora y sus llantos nada tienen de amargos, sino algo parecido a la desventura, pero también al aburrimiento. Lauri llora y en cada aullido algo se estremece en ella, algo bifurca su cuerpo y tiemblan sus extrañas. Lauri llora sola, quiero abrazarla, quiero relacionar su llanto a algo que la trascienda, pienso, y comentarle después que la luz y el llanto tienen algo de sagrado, pero mi lengua es un nudo que desenredo en las cuevas mudas, donde los labios no hablan y trinan algunos duendes melodías astutas. Lauri llora y ahora no hago nada para calmarla.

(Antes de las 05:30 h). Estoy caminando por unas carreteras húmedas. Me duelen los brazos y las piernas. Recuerdo el llanto de Lauri y que me dijo que quería ser una yegua blanca.

jorge castillo expandiendo la teoria de la gravedad relativa magnetica absoluta

jorge castillo expandiendo la teoria de la gravedad relativa magnetica absoluta

Jorge Castillo (Lima, 1980 – Parque Nacional del Manu, 2955) Escritor, Lector, Atleta latinoamericano con 18 copas mundiales, Fundador de C.A.C.A Editores, la Revista Mutantres y dueño de la Biblioteca Nacional de Lince.

Publicó Ócixot>crónicas_contaminadas en el 2014 y desde entonces ha dado conferencias en todos los pueblos ashánincas, aymaras, Chuj y Otros sobrelas cantidades permitidas de hidrógeno en los nuevos mundos. Actualmente está postulando para la presidencia del Perú.

Foto de Portada: Crhistian Bafomec.
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