Las dos -últimas- cartas de Andrés Caicedo antes de morir

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Andrés Caicedo es uno de los escritores colombianos más queridos de los últimos años: narrador, lector y cineasta apasionado. Su obra, considerada una de las más originales de la literatura colombiana, culminó junto con él el 04 de Marzo de 1977, cuando decidió quitarse la vida el día que le llegó la primera edición de su única novela  ¡Que viva la música!, apenas a los 25 años de edad.

Ese mismo día, Andrés se despidio de todos con dos cartas: la primera le escribe a su amigo Miguel Marías, corresponsal de la revista Ojo al cine en Madrid, en respuesta a una suya recibida el mismo 4 de marzo de 1977. Esta carta se encontraba en el rodillo de la máquina de escribir. Y la segunda es una carta final a Patricia (su pareja), que siempre guardó su hermana Pilar y que recogió de la mesa del comedor del apartamento de Andrés, el día en que se encontró su cuerpo sin vida. Documentos que nos muestran los últimos pensamientos de este escritor que desde ese momento se convirtió en un mito.

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Patricia restrepo, Héctor Lavoe y Andrés Caicedo. Fotografía: archivo personal.

Patricia restrepo, Héctor Lavoe y Andrés Caicedo. 

Carta de Andrés Caicedo a Miguel Marías

Cali, 4 de marzo de 1977

Querido Miguel:

Te respondo a vuelta de correo, y con una prisa demente, pues mi mujer se acaba de ir (una vez más, y nunca sé para dónde), vengándose de algo que le he hecho y que ignoro. Me alegra tu carta. No vaciles en escribir (favorablemente) sobre Taxi Driver, ya que la revista se va a demorar un poco más de lo que pensamos. Este año no voy a Cartagena, y aunque en El pueblo, no me aceptaron el presupuesto que pasé por la corresponsalía, y yo no le voy a trabajar gratis a los millonarios. Tampoco lo lamento mucho. Considero que realizo un acto de rebeldía. Espero también (ansiosamente) tu crítica a Family Plot, como se te dé la gana hacerla. Acepto alargues Alfredo García y que hables de Killer Elite, y, de ser posible, referencias a sus primeros films: para ver si podemos meter al texto en calidad de artículo. No he leído el libro de Spoto (Esputo) en su totalidad, pero se me hace, en general un tanto mal escrito y exageradamente complaciente. La traducción tiene algunos errores, y además la hice antes de ver la película.

De Baroja (que es uno de mis escritores predilectos) he leído Las inquietudes de Shanti Andía, El laberinto de las sirenas, Los pilotos de altura y La estrella del Capitan Chimista. Adoro los libros que tratan sobre el mar. Últimamente he leído toda la obra narrativa de Gombrowicz y tres novelas de Virginia Woolf, además de algunos capítulos de la autobiografía de su esposo; releo cada vez que puedo, apartes del magnífico Oficio de tinieblas 5. He visto The Great Sinner, de Robert Siodmak (5); Dial M of Murder (5), Fantasma del paraíso (B. de palma, 0), Jules et film (5), Reed, de Paul Leduc (1), El padre de la novia, Minelli, 0, Un americano en Paris (1), Cantando bajo la lluvia (5: el mejor film sobre el cine que se haya hecho nunca); The Hireling, Alan Bridges (3); The Big Scout & Cathouse Thursday, Don Taylor (2); Cannonball, Paul Barter (1), y varias revisiones, varias. Aquí te mando un esbozo de artículo a The Mossouri Breaks, que espero sea de tu agrado.

Un abrazo. Tú También contesta rápido. Pronto te voy a mandar un paco de libros y algunos discos de los Stones. Ya me llegó el primer ejemplar de mi novela ¡Que viva la música! Con suerte, espero estarte enviando el tuyo en unos ocho días. Adiós.

Andrés.

Miguel Marías, crítico de cine español, era el corresponsal en Madrid de la revista Ojo al Cine. Los números al lado de las películas es la clasificación de 1 a 5, que Andrés hacía de estas, de acuerdo a su calidad, según su criterio.

Carta de Andrés Caicedo a Patricia Restrepo

Cali, 4 de marzo de 1977

De nuevo te llamo Patricita, mi amor único, mi vida entera, mi redención y mi agonía:

Con el horror y la expectativa de que ésta sea la última carta correspondiente al último día de vivienda juntos, después de que a lo largo de dos años hemos intercambiado, modificado por el gozo o por el sufrimiento nuestras vidas, después de que he llegado a un grado de dependencia de tu cuerpo, de tu alma, que difícilmente podría haber llegado a imaginar en años más tempranos de mi existencia Patricia, te espero; ya hice todas las vueltas correspondientes al día de hoy; con el corazón en vilo me vine hasta acá, corriendo, pendiente de la alternativa de la dicha, el alivio, que hubiera significado verte, mas veo solo tu ausencia, o si no de que ya te hubieras marchado del todo, de que (una vez, una vez más) hubieras empacado libros (hay, tantos que aún no he leído) y equipaje, dejándome, para mi eterna tristeza y vergüenza, la camiseta en cuyo frente está inscrito mi nombre. Mas no lo has hecho; he llamado insistentemente a la casa de Ospina a ver si estás allá; unas veces me ha contestado Eduardo (¿te has negado?), otras veces no me contesta nadie (¿te has negado a contestar el teléfono?); y he llamado también a mi mamá, y ella, como siempre, ha quedado de nuevo preocupada, al sabernos en otro acceso de nuestra continua pugna. Finalmente he recorrido la Sexta de arriba abajo, el centro, y partes de la Quince. Oigo sonido de llaves y creo, faltándome la respiración, que eres tú, mas no, es la bruja de al lado. He pensado, se me ha ocurrido la loca idea de llevarme todo tu equipaje para mi casa (mi mamá dice que nos ha preparado un almuerzo rico), pero pensándolo mejor he creído que eso te ofendería y que entonces mayores serían tus motivos para abandonarme. No lo hagas. He recorrido las líneas de aviación, pero en ninguna están autorizadas para dar nombres de las personas que han reservado pasaje, así que, Patricita, vida mía, ¿dónde estás? Veo que te has llevado la plata que había en el escritorio ¿Qué estás haciendo con ella? ¿Has podido desayunar? ¿Estás comprando pasaje para Bogotá? ¿Estás en Telecom hablando con el hombre a quien aborrezco con toda mi alma? ¿Estás en la imprenta Gutiérrez pagando la deuda de los afiches? Vida mía ¿dónde, dónde estás?

No creas que la satisfacción de haber recibido hoy el primer ejemplar de mi novela pueda compararse a la absoluta infelicidad que siento por el desprecio que has alcanzado a tenerme. “¡Te aborrezco- me has dicho- , no sabes el asco que te tengo!” Mi amor, ¿es eso verdad? Ay, apenas son las once y media y quién sabe que clase de actividad será buena para ti a estas horas. Por favor, ven, ven a verme, aunque sea para decirme que has aceptado la propuesta del hombre que odio, que te vas esta misma tarde a dormir con él y que le vas a decir a tu mamá lo degenerado que soy. Yo estaba dispuesto a dejar de hacer todo lo que te producía sufrimiento, mi amor. Pero tu conducta intransigente, antipática, odiosa, me llevo de nuevo al camino de los tranquilizantes. Si no, ¿cómo hubiera hecho para poder dormir, para poder pensar, para poder alcanzar hasta hoy, el día en que iba a recibir el libro?

Patricita, te lo suplico, por favor, créeme, el acto, los movimientos, los gestos que yo hice con H.A. Tenorio no fueron de homosexualismo, yo no soy homosexual. Fue que se me fue contagiando la locura de él, y lo que hice fue para probarle que yo podía hacer cosas mucho más chifladas, mucho más incoherentes, quería pasmarlo y confundirlo, y de hecho lo logré, y así me sentí bien. De resto no es nada más vida mía, por favor, sácate esa obsesión, esa terquedad de la cabeza, ese empecinamiento que te caracteriza. Patricita, ¿y que si llegaras ahora mismo? Voy a pararme, voy a salir, voy a llamar a la casa de Ospina a ver si estás allá, y después voy a llamar de nuevo a mi mamá. Ojalá que este movimiento que me apresto a hacer produzca otro en dirección contraria protagonizado por tu bella, única personita.

Hice todo, y fue infructuoso. Acaba de llegar una carta de Miguel Marías. Dice que sí (ya) a las críticas de Taxi Driver, Family Plot, y ampliar Alfredo García; la crítica de Spoto se le hizo muy mala. Me he encontrado con Bernardo. Ahora me ha entrado, no sé, cierta apatía, cierta no tanto inexplicable como inmovilizadora tristeza, cauda también de que a lo mejor todas estas líneas sean en vano y que ya mi amor no tenga nadie que lo reciba, y que hojees semejantes palabras y pienses, simplemente, con el desprecio que te caracteriza. “Ja”. De todos modos no lo sé.

He hablado con mi mamá otra vez, y me propuso que me fuera para allá inmediatamente, que allá me consentía. Pero no, voy a quedarme aquí todo el día, esperándote. Me encontré con Hernán N., él iba en jeep y paró y yo le mostré ¡Qué viva la música! y se puso, la verdad, bastante contento, y me invitó a que fuera esta tarde a su oficina, para que planeáramos la celebración. Pero yo no quiero hacerlo. Yo solamente querría celebrarlo contigo. Y no haciendo una rumba ni llevándote a comer, sino congraciándonos. Patricita, contentándonos de nuevo. Sería tanta la dicha, sería tanta mi felicidad. No sé, francamente, lo que empezaría a hacer de no estar más a mi lado. Pero no lo vas a estar, lo sé. Qué ironía. Dime, ¿te vas a quedar al menos para la función de esta medianoche? Si llegamos al teatro puedes irte así con algo de plata, y ya tienes la mensualidad de tu mamá asegurada, al menos por un tiempo. Quédate esta noche, por favor. ¿Cómo te vas a ir sin el equipaje?

Dame algo de alegría, porque tú eres mi alegría y yo tengo en estos momentos el corazón en pedazos y ya no sé dónde recogerlos, o no sé qué hacer con ellos. Me deprime también la posición tan inestable mía en este apartamento. Si tú te vas yo me iré, claro, al lado de mi mamá, a intentar crear de nuevo un mecanismo de soledad que sea casi perfecto. Tengo necesidad de ti, amor mío. Puedo acostumbrarme a estar sin ti, pero nunca a olvidarte. Cuánto trasteos, cuántos cambios, cuántos altibajos de estados de ánimo. Ya van a ser la una (o ¿ya son? ¿ Será posible que se haya parado mi reloj? ) Ahora me acabo de cruzar con el León (Cerdo) Corkidi, y no me dijo nada, a pesar de que esta mañana bien temprano le entregué la carta. Mi mamá me dijo (¡ ay, qué lío!) que hoy por la tarde me traían la nevera. Ya no me negué, a mí de todos modos me sirve, en caso (Dios no lo quiera) conozca alguien con la cual merece la pena formar rancho aparte. Creo que no voy a escribir nada más. No tengo otra cosa que decir además de que no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no te vayas, no te vayas, no te vayas, no te vayas, no te vayas ¿ Será posible que a esta hora estés almorzando en Los Turcos? ¿ En Los Mellizos? Dentro de un momentico voy a ver, mejor dicho ya no sé qué hacer, no tengo ni idea de a dónde puedas estar y eso me mata, me mata la indecisión, la inseguridad, quiero verte, Patricia, entregaría mi vida a cambio del privilegio enloquecedor de abrazarte, de recostar mi cabeza en tu pecho, y abrazarte, encontrar la seguridad en ti. Alto ¿ Será que te has ido para ,el campo? ¿ Para Pance?

Ahora vino H.A Tenorio con la idea de sacar una revista trimestral sobre arte en general y quiere que yo colabore y yo claro que con mucho gusto. Pero antes necesito verte, vida mía, amor mío, mi dulce, mi bella, mi placenteramente insoportable perdición. Aparece, Patricia, ven a mí, vente conmigo nuevamente, aunque sea la última. Yo te necesito, ya te lo he repetido mil veces, no soy nada sin tus besos, no me dejes solo, no me dejes solo, vienen a mi mente miles de canciones cursis, pero ninguna alcanza a expresar mis ansias, mis sentimientos. O déjame, está bien, pero concédeme la tranquilidad de no volver a pensar en ti jamás.

Te adoro, te idolatro, si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar cerca. Ahora salgo a buscarte, amor mío.

Andrés Caicedo en una sesión fotográfica por Eduardo Carbajal.

Andrés Caicedo en una sesión fotográfica por Eduardo Carbajal.

Andrés Caicedo (Cali. 29 setiembre 1951 – 4 de marzo 1977) Escritor y cineasta, su obra es considerada como una de las más originales de la literatura colombiana.  Ha escrito ¡Que viva la música!, El atravesado, Calicalabozo, El pretendiente, entre otros. Caicedo lideró diferentes movimientos culturales en la ciudad vallecaucana como el grupo literario los Dialogantes, el Cineclub de Cali y la revista Ojo al Cine.

Uno de sus primeros libros; Calicalabozo, contiene uno de los cuentos más significativos de Andrés; Infección.

En su obra ¡Que viva la música! es en donde asegura que vivir más de 25 años era una vergüenza, lo que es visto por muchos como la razón principal de su suicidio el 4 de marzo de 1977 cuando tenía tan sólo 25 años de edad y había recibido una copia del libro editado por una editorial argentina.

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