Paraguayito de mi corazón: el amor en un cuento de Washington Cucurto

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Washington Cucurto es uno de los narradores argentinos más populares de los últimos 10 años, creador del género que cataloga como Realismo atolondrado. Sus cuentos y novelas están repletos de personajes tipo travestis, desempleados y cumbianteros (amantes de la música Cumbia) que viven situaciones divertidas y surrealistas.

Y Paraguayito de mi corazón es uno de esos relatos, una aventura a través de la cumbia y las fiestas que no tiene otro resultado (como en sus cuentos y novelas) que el amor mismo. Un relato que pertenece al libro El rey de la cumbia, escrito por uno de los narradores latinoamericanos más desenfrenados de los últimos años.

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el rey de la cumbia

El rey de la cumbia, Washington Cucurto. Editorial Estruendomudo. 2011

Paraguayito de mi corazón

Bienvenidos a otra noche de mi vida, entren, entren, les presento a Piratagui, El Pirata del Amor, mi amigazo de toda la vida, mi brodercito, mi compañero, ahí rodeado de chichis cumbianteras en esa mesita del medio del bar La Cubana, O´Brian 156, al lado del Bronco, estamos esperando que Dios nos envíe por encomienda dos tickis bailanteras y con ganas de agitar el bote. Mientras, nos bajamos unas birras frías y ponemos en la fonola lo último de Los Dados Negros. Veo a mi amigo con su camisa a rayas de colores bordó, azul, blanco y amarillos, los colores del amor, en el diome de un nubarrón espeso de humo de cigarrillo, un nubarrón que vuelve oscuros las caras y los culos de las tickis que bailan al lado de las mesas. ¡Kuerá querido, venga pacá que le presento a dos amigas fieles!, me grita desde su mesa y levanta las manos llamandome. ¡Curepí, curepí!, acérquese, que tengo dos bombonachos pa llevarlos a la boca y las tickis le golpean la espalda, chirlos consentidos del amor… Mi amigo, conoce a todos los grupos cumbia que tocan en el Bronco de Constitución. Mirá que tenés suerte curepí, ahorita estamos esperando la Kombi de Mirar Azul que toca esta noche, los muchachos se van a tomar unas copas con nosotros. Venite no seas tímido que estás con hermanos del Paraguay. Me acerco entre chicas bailanteando y borrachos mirándolas invitándolas a bailar y todas la misma respuesta. NO NO y NO. No llego a la mesa que ya escucho desde la cortada unos bocinazos de Kombi. Me doy vuelta y sí, son los del grupo Mirar Azul. ¡Pira del Amor, Pira del Amor!, vení arrimate, se abre la puerta de la kombi y lo llaman. Las dos tickis que están con él pasan frente a mí sin mirarme siquiera y se suben a la kombi que al segundo raja para el garage privado de la bailanta. Me dejan solo, pagando sin pena ni gloria. En un segundo, la mesa se despejó y el Pirata se evaporó con las tres tickis. ¡Qué le vamo a sé!, me siento solo en la mesita mientras alrededor bailan lindas paraguayas parlando guaraní. Yo las miro con amor y miro la rocola, oigo las letras de la cumbia y me entristezco. Imposible no deprimirse con las letras de las cumbias. ¿Por qué Pirata del Amor? ¿No les conté? Perdón, perdón. Le arrancaron un ojo de un botellazo en una gresca por unas guianas de acá del baile, se peleó con media patota, cuatro cinco y a todos les dio hasta que lo ensartaron de un botellazo. Esa madrugada en la agarrona se ganó el respeto de todos. Fue el único que perdió un ojo por amor. Una noche apareció con el parche y en el Bronco todas quieren bailar con él y se embambina a la que quiere. ¡Es mi amigo, mi hermano, mi compañero, el Pirata del Amor! Pensando en estas cumbias de mierda me acuerdo que tengo que entrar en la bailanta, miro pa fuera y ya hay una cola de una cuadra. ¡Esta noche la cumbia revienta, explota, toca Mirar Azul! Me desespero porque puedo quedar arafue por la capacidad de la bailanta que siempre se estira y resiste, 3, 4, 5 veces más, pero esta vez van a ser unas 12, 13 veces más. ¿Qué hago? ¡Ha!, ya sé, corro hacia la callecita Ventura, detrás de la bailanta por la puerta de salida de los grupos. Poca gente sabe que ahí hay una salida auxiliar. Corro, corro y doy la vuelta y veo las luces de la kombi de Mirar Azul, justo enfrente mío. Corro y grito, Pirata del Amor, haceme entrar con ustedes. La Kombi para y abre su puerta, silencio, corro y salto adentro. Entro y veo a las lecheras (así se les dice a las seguidoras de grupo que por noche acompañan al grupo en toda su gira por recitales del gran Buenos Aires) Y las lecheras haciendo su trabajo, prendidas a la modorranga de los músicos, súper mamando a morir. Leche en los asientos, en las puertas, deslizándose por los vidrios polarizados de las ventanillas de la Kombi. Hasta que llegamos y abre la puerta el productor de la banda. Las echa y dice vamos, vamos que hay que tocar… Yo también bajo y me pierdo en el público…

Un velo de bruma azota al escenario, solo se escucha la voz del locutor, se levanta un telón fluorescente lleno de palmeras y minas en bola. ¡Mirarrrr Azulll!, grita el gordo transpirador del locutor. La música suena como si fueran los Rollings Stones, las tickis se vuelven locas, las patoruzitas y guaraníes se muerden los codos, gritan, patalean, se sacan las remeras y empiezan a revolearlas al compas monótono y aburridísimo de la cumbia. ¡Pero a eso a quién le importa si estamos todos saltando! Las guainas todas en cuero, en corpiños y ahí vas a ver las tetas más lindas de la tierra, de la Sudamérica borracha, morocha y perdida pa siempre en el litoral oscuro y áspero de chapas del conurbano bonaerense. Ahí, están saltando, llenas de vida, las reinas inconmensurables de mi vida. Ahí van y vienen al son de la canción, de la dama representante del arte y la música de la raza inferior, quemada, olvidada, explotada por siempre. La responsable de todo, la que paga los platos rotos, las jubilaciones de privilegios y las coimas del Senado, ahí, son setecientos, pero representan a quince millones de pobres, setecientos en cada bailanta a lo largo de setecientas bailantas, en La Matanza, Lomas del Mirador, Fiorito, Morón, Lanús y todo el gran Buenos Aires. Ellos pagan con su vida, generaciones y generaciones, el uno a uno, los cascos verdes a la guerra, las privatizaciones, el defult, y todo todo… Ante sus ojos tienen en este papelito, por única vez en la historia de las gorilas letras cultas de este país de esteticismo europeo, acá los tienen señores, mírenlos espléndidos ejemplares de Patoruzitas con trenzas y nikes y remeras de Los Redondos, solos les falta la boleadoras. 10, 12, 14, 16 añitos completamente quemados y tirados a la basura, en sus cabezotas de chibolos, como la mía, solo entra la cumbia. “El que quiere sexo que levante la mano”, dicen los guachos de Mirar Azul en el escenario, guachos que no saben ni limpiarse el culo ni hacer la “o” con el culo de una botella. Ay, cuantos trillones de pares de tetitas saltando, latiendo, giribardeando, sexycumbeando. Yo las miro a todas con amor, con amor de padre protector y les digo borreguas pónganse las remeritas, se van a resfriar y ellas meta agitar las remeras, las vinchas, alegres, sueltas al aire lúgubre y brumoso de la bailanta. ¡Qué fiesta! Cuanta alegría puede representar una letra vacía y una música monótona cuando nuestra vida viene del infierno, del robo, de la violación… Mas entre tantas yo solamente quiero unita dulce y tierna que me quiera para quererla… Y girar y bailantear hasta desaparecer. Tetitas saltando. ¿Que música hay que seguir en la vida si es esta que nos manda nuestra desesperación? Miren qué paisaje, una gorda culona, gira y gira; gira y gira una flaca delgada palito, de pelo negro hasta la cintura; un viejo de cien años gira y gira de la mano de una borreguita de 12, ¿será la nietita?, gira y gira, brillantea y bailantea, una parejita de nenitos muy juntitos, cumbeantea y cumbeantea, dos nenitas preciosas de la mano besándose y acariciándose la cintura; van, van… abren sus ojos rojos grandes de indiazas mojadas en el rio, en el rioba mejor dicho, y ¡qué gran centella son, chicho! una brillantez sin brillantina por tesuer!, una explosión de vaselina, de crillantinas un centelleo de belleza en el revoltijo de shiomes gronchos que llevan la horripilantez a un punto límite. Tirifilas más putas que las palomas y locas de la banana, atorrantas por naturaleza, fotógrafos, brujas que te atan un amor con solo una foto, ¡Y ahí está la función del fotógrafo, como anillito al dedo! Vendedores de flores y profilácticos y un centenar de sonrientes trabajadoras de la calle, que el dueño de casa contrata por noche pa hacer gastar a la negrada en flores y profis; negritas moquientas que tal vez sean ybycuienses, itacurubienses, caaguazeñas, Luqueñas del Sportivo Luqueño; patoruzitas con olor a pata que voltea los árboles, patricitas, estercitas bailanteras y reinas cumbianteras que hacen la multitud de tineiyers que se mueven al son enloquecedor de la cumbia. La raza inferior en toda su plenitud, salta, aplaude, se conmueve, obedece actúa, no piensa, coge: “Primero coja después piense: primero póngala después córtesela”. En este “local bailable”, en esta pedorra bailanta de baja estopa del rioba de Constitución, neoliberal hasta en las etiquetas de la cerveza, menemista hasta en los posters coloridos de sus paredes, ¡vive, existe, nuestro único y falso federalismo! Finalmente la música me aburre, a un pasito, a un boletito estoy de la muerte, que me levanta la manito y me dice, cóbrese mozo, que nos vamos, ya no hay nada que hacer, no hay nada que remediar cuando tenés treinta años y parecés de cincuenta, hay que pegarse un tiro, hay que percutarse con un cajón de mandarina y morir, dulce, sabroso, sabrosón, bananón, jugoso, enchastrando la veredita pa que fregue manliba, cuando de pronto me entra conversación un lindo muchachito, de 18 o 20 años, de Paraguay, de Encarnación.

¡Cagó la tomuer! Ay, era muy dulce el encarnaceno y con unos faroles marrones que no tenían perdón de dios, en los que cualquier niña podría tirarse a nadar. Mas, él me daba conversación como si fuese una niña y yo le seguía la corriente, hasta el final, de pronto me dice, esperame compadre que voy al baño a descargar la cerveza. Eso, descargar la cerveza, me despertó mi alma mariposa, mi rosa tulipán, mi flor de anís virgen gritando a guaranazos una pinga que la desvirge, que le haga conocer el verdadero mundo completo de las dualidades… yo también voy, le digo, que tengo el caño lleno, y él me mira y sonríe. ¡Ya tengo un lindo amiguito paraguayito de la bailanta! Sano, joven y fuerte como un sol, en el baño me pongo al lado de él y se la miro. ¡Ea, le digo haciéndome el sorprendido, qué caño pa’sé tan chico! Y, ¿ya andás raspando? le digo riéndome y acariciándole el pelo con la mano. Se ríe y me muestra su bellísima sonrisa de potro salvaje, de yasiteré aparecido en medio del monte con la picha en la mano. ¡Me enloquece, me excito, este niño tiene una mujer adentro más que cualquier yegua! Termina de orinar y la guarda. ¡Guarda, guey, no me escondás el cielo ni me apagués el sol!, como dice la cumbia. Si la nutria muerde dejála que muerda, no seais egoísta, cabrito pacharquero. Me toca a mí y pelo mi pichi pachorra esa que tuvieron en la boca y en la chucha millones de paraguayas del Bronco, bolivianas de puerta de supermercado, peruanas del Abasto, cajeras del Coto (¡qué negro agrandado soy, soy cumbiantero, soy Gardel y Le Pera, ¡no me crean nada!, pero escúchenmé todo). Deslizo hasta el piso el cierre de mi taverniti y la sacudo entre otros que pasan sin mirar a los cerámicos. La muestro, porque calzo, el abre la boca y sonríe. ¡Soy hijo de negros!, digo en voz alta, pa que todos me escuchen. Por eso calzo negro… Mi ángel ríe tan dulcemente que hasta le saca el olor a mierda a ese baño mugroso de bailanta, se da vuelta y va hacia los espejos, abre la canilla y se moja el pelo y la cara. Me mira con amor. No te gustaría tenerla en el culo, putito hermoso, y lo apoyo y aprieto contra la pileta. Primero quiero un beso. ¡No! ¡Uno no! ¡Millones de besos por todos lados! Los otros bailanteros que entraban al baño a mojarse y seguir siguiendo tickis miraban asombrados. Nos blanqueaban los ojos como Meteoro siguiendo al Corredor Enmascarado. De lo que me vengo a acordar, chicho, el Corredor Enmascarado, el héroe de mi infancia, lo mejor que se hizo en dibujos animados… Lo besé ahí mismo, en el baño popular y peronísimo de la bailanta, lo único peronacho que queda en este conchudo país de oligarcas y gorilas cagones, o por qué creen que estamos como estamos y existen las bailantas, las telefónicas españolas, las singaderas dominicanas, los cartoneros, Carrefour, sí, sí, por los oligarcas gorilas cagones que gobernaron este país siglos y siglos, hasta que los yanquis les metieron la mano en el bolsillo y salieron a chocar cacerolas, qué papelón, qué inmundicia, los cagan y ellos tocan cacerolas… Pero los yanquis conmigo y con la cumbia no podrán, no nos van a tocar ni un pelito, ni un tantitísito así, aprieto los pulgares, porque estoy acá pa pelear, y no vamos a parar hasta quitarles Panamá, ¡y si es posible Irak!; A mí no me importa nada y a todos les pego si hay que boxear, cuando me caliento, cuando me enloquece, me gusta, voy al frente, porque soy hijo de negros, porque sé pelear, y el que diga algo, el que diga otra cosa que no sea un suspiro, un gemido o un aplauso, que lo piense, porque le bajo los dientes… Besos, besos, con el borreguito, le meto la lengua a fondo y él también, con su manito me agarra la pija, me la aprieta y me largo a desabrocharle la camisa, pero llegan los mastodontes de la Cía, los mandriles de seguridad con sus chalecos fluos y nos sacan de las camisas a la calle… ¡Mejor así, quedo en la calle solo con mi niño mimado, con mi paraguayito que se ha ganado un padre, un hermanote o un primo mayor!… Cruzamos al hotel de enfrente, una parejita del Bronco que espera turno nos mira y les digo, ¿qué pasa chichos? A los dos también les rompo el culo, como que me llamo Norberto Santiago Vega, hijo del Viejo Vega, el mejor vendedor ambulante del Camino Negro…

El concerje del telo nos mira y me mira a mí, el pibe cuantos años tiene, me dice. Yo le respondo, señor, los suficientes y yo tengo el dinero, le digo de mala manera. Acá no va tu dinero y andáte con el niño a otro lado. No aceptamos gays. ¿Gays? Man, tú no sabes lo que es un gay, ¿gays?, ¿gays?, dónde se ha visto en el corazón de este puto mundo de la cumbia tropical, man, enfrente tenés al Samber y al Bronco y hablás de putos, ja, ja, si la cumbia es lo más macho que hay, man, kuera, no seas pelotudo, nosotros somos machos que vamos a darnos un poco de cariño… No le hagas caso, reyecito de oro, le digo a mi paraguayito divino y le propongo ir a tomar y fumar algo a la Plaza. Entre los árboles, le hago de todo y él a mí. Los puesteros de la noche nos miran se excitan y se pajean, vengan que para ustedes también hay, les grito… Dale que pateo para todos lados, juego en todas las posiciones y tiro la pelota, dale que voy re al frente, con vos y el brillo de tus ojos, hijito mío, dulce mariposa mojada por la lluvia. Dale, para mí el amor no tiene machos ni vencedores, ni culos rotos o pichas marimachas, dale, que pa mí el placer no tiene límites ni encarcelamientos. Ni devaluaciones, ni corralitos, ni ná de ná, concha sumadres.

Los escritores argentinos Washington Cucurto y Fabián Casas

Los escritores argentinos Washington Cucurto y Fabián Casas

Washingnton Cucurto (Quilmes, 1973) Narrador, poeta y editor argentino. Inauguró, junto a un grupo de escritores amigos, el estilo llamado “Realismo Atolondrado”. Ha publicado Cosa de negros (Interzona, 2003), El curandero del amor (Emecé, 2007), Hasta quitarle Panamá a los yanquis (Emecé, 2010), La máquina de hacer paraguayitos (Siesta, 1999), entre otros.

Es cofundador y editor de Eloísa Cartonera, editorial cartonera independiente.

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