Kurt Vonnegut: Fragmentos de Desayuno de Campeones

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Desayuno de campeones es una obra maestra. Es un libro que deberían leer todos antes de empezar a leer y antes de empezar a caminar o hablar o pensar porque Kurt Vonnegut es dios y no leerlo es un pecado y merece la muerte. Aquí les mostramos unos fragmentos de este estupendo libro.

Portada de Desayuno de Campeones, edición de La Bestia Equilátera, 2013

Portada de Desayuno de Campeones, edición de La Bestia Equilátera, 2013

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ESTE LIBRO ES EL REGALO QUE ME HAGO A MÍ MISMO AL CUMPLIR CINCUENTA AÑOS. Me siento como si me hubiera trepado al lomo de un techo a dos aguas.

A los cincuenta años estoy programado para actuar como un niño: insultar el himno nacional, garrapatear figuras de una bandera nazi y un ano y muchas otras cosas con un marcador. Para dar una idea de la madurez de las ilustraciones de este libro, he aquí mi dibujo de un ano:

imagen de ano dibujada - vonnegut


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ESCUCHEN:

Trout y Hoover eran ciudadanos de los Estados Unidos de América, cuyos habitantes son estadounidenses o americanos. Este era su himno nacional, que era una sarta de despropósitos, como muchas otras cosas que presuntamente debían tomar en serio:

Oh, say can you see, by the dawn’s early light, 
What so proudly we hailed at the twilight’s last gleaming, 
Whose broad stripes and bright stars through the perilous fight, 
O’er the ramparts we watched were so gallantly streaming? 
And the rockets’ red glare, the bombs bursting in air, 
Gave proof through the night that our flag was still there. 
Oh, say does that star-spangled banner yet wave 
O’er the land of the free and the home of the brave?* 

Había millones de países en el universo, pero el país al que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era el único que tenía un himno nacional que era un galimatías salpicado de signos de interrogación.

Así era la bandera:

bandera de eeuu vonnegut

 

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SI ESTUDIABAN EL PAPEL MONEDA PARA TRATAR DE ENTENDER SU PAÍS, encontraban, entre otras rarezas extravagantes, la imagen de una pirámide trunca con un ojo radiante en la cúspide:

piramide ojo vonnegut


Ni siquiera el presidente de los Estados Unidos sabía qué significaba. Era como si el país dijera a sus ciudadanos: “el disparate es nuestra fuerza”.

Muchos de esos disparates eran el inocente resultado de la actitud juguetona de los padres fundadores del país de Dwayne Hoover y Kilgore Trout. Los fundadores eran aristócratas, y deseaban hacer gala de su inservible educación, que consistía en el estudio de la jerigonza de la antigüedad. Además eran pésimos poetas.

Pero algunos disparates eran malignos, porque ocultaban grandes crímenes. Por ejemplo, los maestros de los niños de los Estados Unidos de América escribían una y otra vez en los pizarrones esta fecha, y pedían a los niños que la memorizaran con orgullo y alegría:

1492 -vonnegut

 

Los maestros enseñaban a los niños que en esa fecha los seres humanos habían descubierto el continente. A decir verdad, en 1492 millones de seres humanos ya vivían vidas plenas en el continente. Ese fue solo el año en que unos piratas comenzaron a engañarlos, saquearlos y matarlos.

He aquí otro disparate maligno que enseñaban a los niños: que los piratas con el tiempo crearon un gobierno que se transformó en faro de libertad para los seres humanos del resto del mundo. Los niños veían imágenes y estatuas de ese faro imaginario. Era como un cucurucho en llamas. Se veía así:

antorcha - desayuno de campeones vonnegut


En realidad, los piratas que más participaron en la creación del nuevo gobierno eran dueños de esclavos. Usaban a los seres humanos como maquinaria y, cuando se abolió la esclavitud, porque era embarazosa, ellos y sus descendientes siguieron pensando que los seres humanos comunes y corrientes eran máquinas.

*¿pueden ver, bajo las primeras luces del aba,/ lo que tanto orgullo saludamos bajo el último destello del ponente,/ cuyas amplias franjas y brillantes estrellas, a través de enconada lucha,/ mirábamos ondear gallardamente sobre las murallas?/ Y el rojo resplandor de los cohetes, las bombas estallando en el aire,/ dieron prueba en la noche de que nuestra bandera seguía ahí./ ¿Aún flamea la enseña constelada de estrellas/sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes?.

 

***

KILGORE TROUT TENÍA UN PERICO LLAMADO BILL. Como Dwayne Hoover, Trout pasaba las noches solo, salvo por su mascota. Trout también le hablaba a su mascota.

Pero cuando Dwayne hablaba con su labrador, divagaba sobre el amor. Cuando Trout hablaba con su perico, mascullaba sobre el fin del mundo.

—En cualquier momento —decía—. Y ya es hora.

Trout tenía la teoría de que la atmósfera pronto sería irrespirable.

Trout suponía que cuando la atmósfera se volviera venenosa, Bill caería redondo minutos antes que él. Le hacía bromas a Bill sobre eso. “¿Cómo anda esa respiración Bill”, le decía, o “Parece que tienes un pequeño enfisema Bill”, o “nunca hablamos del funeral que querías Bill. Nunca me dijiste cuál era tu religión”, Etcétera.

Le decía a Bill que la humanidad merecía una muerte horrible, pues era tan cruel y derrochadora en un planeta tan entrañable.

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Y AHORA VIENE EL CLÍMAX ESPIRITUAL DE ESTE LIBRO, pues en este punto yo, el autor, soy súbitamente transformado por lo que he hecho hasta ahora. Por eso había ido a Midland City: para renacer. Y el Caos anunció que estaba por dar a luz a un nuevo yo al poner estas palabras en labios de Rabo Karabekian:

— ¿Qué clase de hombre transformaría a su hija en un motor fuera de borda?

Ese pequeño comentario tendría consecuencias devastadoras porque la matriz espiritual del piano bar se hallaba en lo que llamaré un estado presísmico. Fuerzas de gran intensidad afectaban nuestras almas, pero no podían operar porque se equilibraban mutuamente.

Pero entonces un grano de arena se desintegró. Una fuerza tenía una súbita ventaja sobre la otra, y continentes espirituales comenzaron a moverse y crujir.

Una de esas fuerzas era la avidez de dinero que infestaba a tanta gente en el piano bar. Sabían lo que Rabo Karabekian había cobrado por su pintura, y también querían cincuenta mil dólares. Se podrían haber divertido mucho con cincuenta mil dólares, o eso creían. Pero en cambio tenían que ganarse el dinero con dificultad, poco a poco. No estaba bien.

Y tambien se debe tener en cuenta mi estrés presísmico, pues era yo quien estaba renaciendo. Que yo sepa, nadie más estaba renaciendo en el piano bar. Los demás (no todos) cambiaron de opinión sobre el valor del arte moderno.

En cuanto a mí: había llegado a la conclusión de que no había nada sagrado en mí ni en ningún otro ser humano, de que todos eramos máquinas condenadas a colisionar una y otra vez. Por falta de algo mejor qué hacer, nos hacíamos fanáticos de las colisiones, y eso significaba que yo era una máquina de escribir en buen estado. A veces escribía mal, y eso significaba que era una máquina de escribir en mal estado. Yo era tan poco sagrado como un Pontiac, una ratonera o un torno.

***

— ¿NO TIENE UNA OPINIÓN ELEVADA DE MARY ALICE MILLER? —dijo—. Bien nosotros no tenemos una opinión elevada de su pintura. He visto muchas pinturas mejores hechas por un chico de cinco años.

Karabekian se bajó del taburete para enfrentar de pie a sus enemigos. Me sorprendió. Esperaba que se replegara bajo una andanada de aceitunas, cerezas al marrasquino y cascaras de limón. Pero actuó con prestancia.

—Escuchen —dijo con toda calma—, he leído el editorial contra mi pintura en su maravilloso periódico. He leído cada palabra de las cartas insultantes que tuvieron la consideración de mandarme a Nueva York.

Esto abochornó a algunas personas.

—La pintura no existía hasta que yo la hice —continuó Karabekian—. Ahora que existe, nada me haría más feliz que verla reproducida una y otra vez, y muy mejorada, por todos los chicos de cinco años de la ciudad. Me encantaría que los hijos de ustedes pasaran un buen rato descubriendo lo que a mí me costó muchos años de furia.

«Ahora les doy mi palabra de honor — continuó—  de que la pintura que posee esta ciudad muestra todo aquello de la vida que realmente importa, sin excluir nada. Es un retrato de la conciencia de cada animal. Es el núcleo inmaterial de cada animal, el “yo soy” al que se envían todos los mensajes. Es todo lo que está vivo en cualquiera de nosotros: un ratón, un ciervo, una mesera. Es inquebrantable y puro, a pesar de las aventuras ridículas que nos ocurran. Una pintura sacra de San Antonio a solas es una franja de imperturbable luz vertical. Si una cucaracha estuviera cerca de él, o una mesera, la pintura mostraría dos franjas de luz. Nuestra conciencia es todo aquello que está vivo y quizá sea sagrado en cualquiera de nosotros. Todo lo demás es maquinaria muerta.»

«Esta mesera, esta franja de luz vertical, me acaba de contar una anécdota sobre su marido y un idiota al que estaban por ejecutar en Shepherdstown. Muy bien… que un chico de cinco años elimine la idiotez, las rejas, la silla eléctrica, la carne y los huesos del guardia. ¿Qué es esa pintura perfecta que cualquier chico de cinco años puede pintar? Dos imperturbables franjas de luz».

El extasis floreció en la cara salvaje de Rabo Karabekian. —Salve, ciudadanos de Midland City —dijo—. ¡Habeis dado asilo a una obra maestra!

Kur Vonnegut sonriéndole a los niños sobrevivientes de la 4ta guerra mundial

Kur Vonnegut sonriéndole a los niños sobrevivientes de la 4ta guerra mundial

Kurt Vonnegut (Indianápolis, 11 de noviembre de 1922 – Nueva York, 11 de abril de 2007) Escritor estadounidense, Corazón Púrpura y Dios. Entre sus libros más conocidos están Las sirenas de Titán (1959), Matadero cinco (1969) y Desayuno de los campeones (1973).

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